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Espectáculo "Tangueros" regresa; ahora al Centro Cultural Universitario

01 Sep 2017
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México, 1 Sep (Notimex).- Música en vivo, canto, danza clásica, tango y 12 bailarines en escena, integran el espectáculo “Tangueros”, que tras su estreno en el Teatro de la Ciudad, en febrero pasado, la compañía ArTaller presentará este viernes en la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario.

El público podrá disfrutar el tango tradicional de Carlos Gardel (1890-1935) hasta autores de música contemporánea como Astor Piazzolla (1921-1992) y Sting mientras en el escenario se desarrolla la vida amorosa de tres mujeres y el lenguaje sensual del tango, explicó la compañía en un comunicado.

Detallaron que “Tangueros”, cuya coreografía está a cargo de Víctor Cervantes, recuerda la fragilidad de nuestra condición y la incesante continuidad y fluidez de la vida. “Compartir con alguien una vida, un momento o un suspiro, es cuestión de elección, los amores van y vienen... y la vida continúa”.

Así, de manera amena y divertida, la obra plantea la cruda necesidad del desapego como herramienta para afrontar las contrariedades que vivimos día con día; desapego, fortaleza y egoísmo.

La obra está dirigida por la bailarina, docente y promotora María O’Reilly, directora y fundadora de ArTaller International A.C. y del grupo Dánzika. También formó parte del Ballet de la Ciudad de México desde su inicio hasta 1996 que ingresó al Taller Coreográfico de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

“Tangueando”, espectáculo pensado para espacios alternativos de poca infraestructura, se estrenó en el marco del Encuentro Nacional de Danza-CDMX el 10 de septiembre de 2016.

El elenco está integrado por el pianista Carlos Gómez Matus, la actriz y cantante María Inés Montilla, los bailarines de danza clásica Vianey Rodríguez, Francisco Osorio, Germán Pizano y Carolina Ureta y los bailarines de tango Carlos Blanco y María Julia Rodríguez Sivera, Karina Guillén, Cristian Omar Sánchez, María O’Reilly y José Luis Zamudio.

 

NTX/NMN

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.