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Vigente la práctica de juego prehispánico de pelota: Ana Claudia Collado

04 Sep 2017
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México, 4 Sep (Notimex).- El juego prehispánico de pelota es una tradición viva en México, debido a su presencia en eventos internacionales, aseguró Ana Claudia Collado, presidenta de la Federación de Juegos y Deportes Autóctonos y Tradicionales, quien se pronunció por una mayor participación de la sociedad en la preservación de esta actividad. 

Entrevistada a propósito de la exhibición del Juego de Pelota Ulama, la víspera en el área llamada Pasajuego, en el Zócalo capitalino, donde se desarolla la IV Fiesta de las Culturas Indígenas, Pueblos y Barrios Originarios de la Ciudad de México, destacó que los juegos de pelota mixteca y purépecha son los más populares, no así el ulama o de cadera.

Éste es un juego de raíces mesoamericanas importante para los pueblos originarios que habitaron Mesoamérica, es una de las actividades más representativas de México y en el marco de la feria viene un grupo que tiene un proyecto que es la recuperación del juego del ulama en esta ciudad.

“El ulama y mixteco son diversas modalidades. En México existe una diversidad de juegos de pelota y la Federación tiene 200 juegos clasificados, algunos tradicionales y otros de origen, pero todos de raíces mesoamericanas: el ulama o juego de la cadera; pelota purépecha o juego de bastón y pelota mixteca, los tres se juegan de diferente manera.

“El Ulama se juega con la pelota y golpe con la cadera y tiene tres modalidades: el de brazo, el de antebrazo y el de cadera. El mixteco que se juega con un guante de cinco kilogramos de peso y se golpea una pelota de un un kilo 200 gramos, mientras que la purépecha, es juego con bastón”, explicó.

En el caso del ulama, anotó Collado, existe una recuperación en el sureste desde hace varios años, "el cual se había aislado y sólo era practicado en el estado de Sinaloa".

En la actualidad hay más gente que se ha ido incorporando y que desea y practica no los tres tipos de juego de pelota.

“Pero nosotros estamos tratando de formalizar que estas actividades se hagan desde el plano educativo, deportivo y haya una participación de la sociedad”, dijo.

En su opinión, el éxito del juego de pelota se debe a la presencia de varios colectivos, así como de la Federación de Juegos y Deportes Autóctonos y Tradicionales que ha visibilizado esta actividad tanto a nivel local como nacional.

“Hemos participado en eventos internacionales y ésto ha permitido que muchas otras miradas vean al juego y el deporte como una expresión única de México, a la par de la riqueza de los pueblos originarios”, puntualizó.

En la plancha del Zócalo capitalino, uno de los grupos invitados por dicha federación ofreció una exhibición de 25 minutos del ulama.

En la actualidad, pocas son las regiones donde aún se practica este juego; Zacatecas, Sinaloa, Michoacán, Guerrero, Oaxaca, incluso en la Ciudad de México.

Las reglas del Ulama moderno se asemejan a las del voleibol, con excepción de la existencia de una red, con cada equipo limitado a una mitad del campo. En la versión más difundida de ulama, la pelota es golpeada de un lado a otro sólo utilizando las caderas, hasta que un equipo no consigue devolver la pelota o hasta que sale de la pista.

Tras la exhibición se ofreció un taller a los interesados, donde se les enseñaron los movimientos del juego y sus reglas básicas.

NTX/MBH/MCV/DIV16


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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.