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Se tenía que decir… Incapacidad. Por: Santiago Cárdenas. Destacado

08 Ene 2020
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Cuando Andrés Manuel López Obrador ganó la elección presidencial de 2018, quedó claro que la mayoría de los mexicanos en edad de votar querían un cambio. A partir de ahí, poco a poco el país se ha ido dividiendo entre quienes apoyan con fe ciega a López Obrador y quienes no le toleran un solo resbalón.

 

Más de 30 millones de mexicanos le otorgaron su voto. Pero una cosa es que un presidente sea popular y querido, y otra muy distinta es que sea o no capaz de gobernar el país.

 

A poco más de un año de gobierno, López Obrador no ha demostrado ser un presidente conciliador, y mucho menos capaz. El rumbo de la economía y la creciente inseguridad en el país son sólo una muestra de ello.

 

Por otra parte, López Obrador pretende aplicar políticas públicas que van en contra de la corriente mundial. Su gobierno se está marcando más por la ideología y la sinrazón que por la eficiencia y los logros. A estas alturas, lo que pretende presentar como un logro es la supuesta disminución del huachicoleo en el país. Se ha demostrado que no hay tal disminución, y las ventas de gasolina, que serían una consecuencia lógica y directa de tal acción, no se han incrementado como se pudiera prever.

 

El gobierno de López Obrador está fundamentado en la entrega de recursos a los beneficiarios de programas sociales. El programa más reciente anunciado es la entrega de 300 pesos mensuales para niños de kínder. El gobierno lopezobradorista está creando una generación de mexicanos acostumbrados a recibir dinero directamente del gobierno.

 

Además, anuncia la edificación por parte del Ejército Mexicano de 2 mil 700 sucursales del recién nombrado Banco del Bienestar, antes BANSEFI. La tendencia mundial es la de disminuir las sucursales y facilitar a la población hacer sus transacciones bancarias desde la comodidad de sus computadoras o teléfonos móviles. El reporte más reciente del Instituto Federal de Telecomunicaciones señala que 93 de cada 100 mexicanos posee un teléfono móvil, y existen 115 millones de líneas telefónicas móviles en el país.

 

Además, de acuerdo con la CONDUSEF, hasta 2017 la institución bancaria con más sucursales en el país es BBVA, con mil 835. López Obrador pretende que existan 2 mil 700 del llamado Banco del Bienestar. ¿Qué población atenderán? ¿Cómo determinaron el número de sucursales que se requieren?

 

Sin embargo, las ocurrencias gubernamentales son ampliamente defendidas en las redes sociales, espacio al que el lopezobradorismo le está otorgando gran relevancia. Así como los temas fundamentales de gobierno se ventilan en las conferencias mañaneras, el debate y la guerra comunicacional se establecen y se desarrollan en las redes sociales.

 

Para el gobierno, las ocurrencias son verdades. De ahí que los aviones se repelen y el avión presidencial está hecho sólo para cubrir rutas largas. Un par de mentiras señaladas como verdades, y defendidas en las redes contra viento y marea.

 

Que un presidente sea popular y querido no significa que sea un buen presidente. El tiempo le hará ver a sus seguidores que López Obrador carece de los conocimientos y la inteligencia para ser un buen presidente, aunque es el más popular que se recuerde.

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.