Finalmente, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) levantó su plantón del Zócalo capitalino y abandonó las calles de la Ciudad de México. Se fueron después de semanas de bloqueos, marchas, amenazas y chantajes que paralizaron buena parte de la actividad económica y administrativa de la capital del país. Pero no se fueron con las manos vacías. Todo lo contrario: la CNTE se retira con las alforjas llenas y con la certeza de que nuevamente logró doblar al gobierno de la llamada Cuarta Transformación.
El mejor ejemplo es Oaxaca. La Sección 22 consiguió una bolsa cercana a los 800 millones de pesos. En Guerrero, Chiapas, Michoacán y otras entidades donde la disidencia magisterial mantiene una presencia importante, los gobernadores ya preparan el billete para evitar nuevos conflictos. El mensaje es claro: la presión funciona, el bloqueo deja dividendos y la movilización radical continúa siendo un mecanismo eficaz para arrancar recursos públicos.
Poco importó el daño ocasionado a millones de ciudadanos. Poco importaron las pérdidas económicas sufridas por comerciantes, restauranteros, hoteleros, transportistas y pequeños empresarios del Centro Histórico de la capital de la CDMX y de las principales vialidades afectadas por los bloqueos. Tampoco pareció preocuparles el impacto sobre miles de trabajadores que durante semanas enfrentaron dificultades para trasladarse a sus centros laborales.
La capital de Oaxaca y zonas aledañas volvieron a padecer el embate de estos pelafustanes.
La factura económica todavía está por cuantificarse plenamente, pero diversos organismos empresariales advirtieron pérdidas de cientos de millones de pesos derivadas de las movilizaciones. Una vez más, la capital del país fue rehén de grupos que encontraron en el chantaje político una herramienta rentable para alcanzar sus objetivos.
Sin embargo, el daño más profundo no se mide en pesos ni en pérdidas comerciales. Se encuentra en las aulas vacías que dejaron los integrantes de la CNTE durante semanas.
Los autodenominados defensores de la educación abandonaron precisamente aquello que dicen defender: a los estudiantes. Cientos de maestros dejaron solos a sus alumnos mientras participaban en marchas, plantones y bloqueos. Lo hicieron, además, sin sufrir consecuencias laborales relevantes. Los salarios siguieron llegando puntualmente. No hubo descuentos ni sanciones ejemplares. Los emolumentos fueron cubiertos como si hubieran cumplido normalmente con sus obligaciones en el salón de clases.
La paradoja es brutal.
Las entidades donde la CNTE tiene mayor influencia son precisamente aquellas que registran los peores indicadores educativos del país. Oaxaca, Chiapas, Guerrero y Michoacán, entre otras, acumulan desde hace décadas rezagos en aprendizaje, infraestructura escolar, abandono escolar y niveles de pobreza. Son regiones donde millones de niños enfrentan enormes dificultades para acceder a una educación de calidad y donde los resultados de diversas evaluaciones nacionales e internacionales muestran importantes deficiencias académicas.
Lejos de contribuir a revertir esta realidad, los paros magisteriales profundizan las desigualdades existentes. Cada día sin clases representa una oportunidad perdida para estudiantes que ya enfrentan enormes desventajas frente a otras regiones del país. La suspensión constante de actividades escolares perpetúa el círculo de marginación, pobreza y falta de oportunidades que la propia CNTE dice combatir.
Pero el conflicto está lejos de haber terminado.
La Coordinadora ya anunció que mantendrá la presión política sobre el gobierno federal. Sus dirigentes amenazan con boicotear actos públicos de la presidenta Claudia Sheinbaum en los estados donde conservan influencia territorial. Además, insisten en la exigencia de cumplir una larga lista de demandas que incluyen modificaciones al sistema de pensiones, aumentos salariales extraordinarios y beneficios laborales cuya viabilidad financiera es altamente cuestionable.
El gobierno federal intentó durante semanas proyectar una imagen conciliatoria y tolerante. Sin embargo, por los resultados, fue un fracaso. La administración terminó negociando recursos, beneficios y concesiones mientras los bloqueos continuaban afectando la vida cotidiana de millones de ciudadanos.
La percepción política es inevitable: la CNTE volvió a ganar.
Y no sólo ganó recursos económicos. También obtuvo una victoria pírrica al demostrar que mantiene capacidad de movilización, poder de presión y margen de maniobra suficiente para obligar al gobierno a sentarse a negociar bajo sus condiciones.
Para el oficialismo el episodio deja lecciones preocupantes. La principal es que amplios sectores de la población comienzan a resentir los costos de una relación históricamente complaciente con grupos que forman parte de la base social de su movimiento. Los comerciantes afectados, los trabajadores y estudiantes atrapados en el caos vial, los padres de familia que vieron interrumpida la educación de sus hijos difícilmente olvidarán lo ocurrido y en general se proyectó al mundo una imagen caótica de la capital del país.
Como se anticipaba desde el inicio del conflicto, la CNTE se va de la capital con los bolsillos llenos.
Y con la certeza de que, una vez más, logró doblar al gobierno de la Cuarta Transformación.