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IPN desarrolla al norte de la CDMX un importante punto de cultura

26 Mar 2018
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* Ofrece a la comunidad politécnica y a todo público manifestaciones musicales, de artes plásticas, de teatro y cine

 

Por Juan Carlos Castellanos C. 

México, 26 Mar (Notimex).- Silvia González Calderón, Directora de Difusión y Fomento a la Cultura del Instituto Politécnico Nacional (IPN) dijo que es de gran importancia dar a conocer a la comunidad académica y estudiantil de esa casa de estudios, el quehacer artístico y cultural de quienes se distinguen con talento y disciplina.

Una de las tareas principales del IPN, independientemente de la estrictamente técnica, es apoyar y difundir el arte para que el estudiantado tenga, además, una formación humana y artística, por eso, “durante la presente gestión se da amplio respaldo a esa tarea, con el fin de dar sitio a eventos culturales impulsando de modo importante a los artistas plásticos”, dijo en entrevista con Notimex.

Entrevistada en el Centro Cultural “Jaime Torres Bodet”, luego de inaugurar la muestra “Ilustradores contemporáneos mexicanos” que actualmente se presenta en ese recinto, González Calderón aseveró que el IPN se ha convertido, en especial por sus instalaciones en Zacatenco, en uno de los polos de cultura más importantes del Norte de esta ciudad.

Es una institución, subrayó la funcionaria, en la que no sólo su comunidad estudiantil, académica, de apoyo y asistencia a la educación, tiene acceso a exposiciones, conciertos, obras de teatro, proyecciones de películas y otras actividades artísticas y culturales, sino que están abiertas a todo público, además, generalmente son para todas las edades.

“De ese modo, el Instituto Politécnico Nacional, institución educativa fundada en 1936 por el entonces Presidente de la República, General Lázaro Cárdenas del Río, cumple con dar servicio de difusión de la cultura a la sociedad mexicana y ejemplificó al citar a Paulo Villagrán, diseñador, profesor e ilustrador, quien actualmente expone su obra en el IPN.

Se trata, dijo la directora de Difusión y Fomento a la Cultura del Poli (como se conoce de manera cariñosa a la institución), de la primera exposición que el IPN presenta en este 2018. Villagrán expone 30 piezas de gran formato, cuyo común denominador es el amor a México, a través de motivos nacionalistas que van de lo precolombino a lo actual.

Paulo Villagrán expone su obra hasta el 18 de mayo; César Evangelista (“Mr. Kone”) llevará su trabajo a la ESIA Zacatenco del 3 de abril al 4 de mayo; Luis Enrique Pérez, (“Smithe”) expondrá en la ESIME Azcapotzalco del 10 de abril al 11 de mayo, y Miguel “Mike” Sandoval expondrá en el CECyT 2, del 17 de abril al 18 de mayo, adelantó ella.

Con esa serie de exposiciones, el IPN continúa su labor de generar proyectos que acercan a la comunidad politécnica a diferentes manifestaciones artísticas, de tal suerte que pone en alto no sólo su lema “La técnica al servicio de la Patria”, sino también “La cultura al servicio de la sociedad mexicana”, concluyó la directora de Difusión y Fomento a la Cultura.

Por otro lado, entre los asistentes a la exposición de Paulo Villagrán se tocó el tema de la mascota del IPN. Cabe decir que es tradición que las instituciones de educación superior, tanto como los equipos deportivos, tengan una mascota. La del IPN es un burro blanco, y hay diferentes versiones de su origen, mismas que se han transmitido por tradición oral.

La más aceptada señala que al establecer los límites del terreno donde se construía el IPN en la Ex Hacienda de Santo Tomás durante los años 30, se quedó encerrada una pequeña burra de color blanco, misma que al ser descubierta por los estudiantes e integrantes del primer equipo de futbol americano, la rescataron, atendieron y tomaron como su mascota.

 

NTX/JCC/LMC

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.