Contáctanos: 5546 8746
Síguenos en:
Fecha:

Estos son los autos que consumen menos gasolina en México

11 Ene 2019
236 veces

El movimiento constante al alza en el precio de la gasolina desde la apertura del mercado y ahora con el desabasto en algunas ciudades podría convertirse en un factor importante al momento de elegir un auto nuevo.

 

En el último estudio “Índice de Satisfacción del Cliente 2018”, que realizó la consultora J.D. Power, muestra que ya era el segundo factor importante después del diseño para que los millennialls se decidieran por un modelo u otro, siendo este mercado el 40 por ciento de las personas que compran un coche nuevo.

Un análisis de El Financiero con información del Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático (INECC), en conjunto con la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco) y la Comisión Nacional para el Uso Eficiente de la Energía (Conuee) se obtuvieron los cinco modelos de menor consumo de gasolina en los segmentos subcompacto, compacto y SUV.

Se tomaron en cuenta estos segmentos porque representan 80 por ciento de la demanda nacional de vehículos, además de solo los modelos 2018 y 2019, que son los más accesibles en el mercado actualmente.

 

En esta categoría se encuentra encabezando la lista Suzuki Ignis, vehículo que tiene un rendimiento de 19.8 kilómetros por cada litro de gasolina, le sigue Suzuki Swift con 18.8, Chevrolet Spark con 18.96, Chevrolet Beat con 18.05 y Chevrolet Aveo con 17.38 kilómetros.

 

Aquí la lista la encabeza Suzuki Ciaz con un rendimiento de 17.20 kilómetros por cada litro de combustible, le sigue Chevrolet Cavalier con 16.59, Chevrolet Cruze con 16.45, Hyundai Elantra con 15.68 y Toyota Corolla con 15.61 kilómetros.

 

Dentro de este segmento la lista comienza con Mazda CX-9 con 18.8 kilometros por litro, luego se encuentra Suzuki Vitara con 15.8 kilómetros, Mazda CX-3 con 15.5, Suzuki S-Cross con 15.4 y Ford Ecosport con 15.02.

Valora este artículo
(0 votos)

El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.