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Desde San Lázaro. Narcolegisladores. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

23 Sep 2025
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Desde San Lázaro. Narcolegisladores. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com

El caso de la diputada federal de Morena, Hilda Araceli Brown Figueredo, quien ha sido incluida en documentos del Departamento del Tesoro de Estados Unidos, en particular de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) por presuntos vínculos con la fracción de Los Mayos del Cártel de Sinaloa, es otro caso más que ratifica la aseveración de que el crimen organizado ha permeado en las estructuras del poder político de nuestro país.

La también exalcaldesa de Playas de Rosarito, BC, formaba parte de la “red de Rosarito” que de acuerdo a la OFAC, se trata de un entramado político y empresarial que servía como brazo de protección y financiamiento para la organización criminal.

Las autoridades estadounidenses señalan que Brown facilitó la penetración del cártel en estructuras políticas locales. Esta red, vinculada a negocios de bares, restaurantes y bienes raíces en Rosarito, presuntamente era utilizada para lavar dinero y proteger cargamentos de droga hacia Estados Unidos.

La sanción impuesta por la OFAC a la legisladora federal de Morena implica que todos sus activos bajo jurisdicción estadounidense quedan congelados y que, ciudadanos y compañías de Estados Unidos, tienen prohibido realizar transacciones con ella. Por su parte, la Unidad de Inteligencia Financiera bloqueó las cuentas bancarias a Brown.

La infiltración de los delincuentes a la nómina del ayuntamiento permitía extorsionar a los empresarios y en general a la población que estaba sometida bajo dos fuegos;  la de  los criminales y la represión gubernamental municipal para exprimirlos en sus recursos económicos.

El retiro del visado norteamericano a la gobernadora morenista de Baja California, Marina del Pilar Ávila y a su esposo, Carlos Torres,  hace cuatro meses, marca esa tendencia inercial de la connivencia de las autoridades estatales y municipales con los malosos, además ratificó la idea que tiene el  gobierno de Washington de que en México gobiernan los cárteles de la droga, tal como lo aseverado el mismo presidente Donald Trump.

El escándalo del huachicoleo fiscal y el caso de Hernán Bermúdez, ex Secretario de Seguridad Pública en tiempos de Adán Augusto López, son parte de todo el entramado criminal nacional  que se enquistó en  parte de los tres niveles de gobierno en el sexenio de López Obrador y que prendió las alertas en la Casa Blanca por tratarse de una amenaza a su seguridad interior.

Como se aprecia, estamos ante un monstruo de mil cabezas que se ha ido destapando conforme el gobierno norteamericano abre la caja de pandora sobre los narcoterroristas y políticos  mexicanos y su impacto en la Unión Americana.

Desde luego, hay que darle cierto mérito al gobierno de la presidenta Sheinbaum en esta cruzada contra la delincuencia, sin embargo, si  no presionará en el nivel que lo está haciendo su contraparte gringa , pues la cosas seguirían como estaban en la anterior administración.

Es necesario que la Jefa del Poder Ejecutivo mande al Congreso, diversas iniciativas de reforma para general todo un esquema jurídico para evitar que los servidores públicos se inmiscuyan en actividades criminales, ya que no bastan las sanciones que se contemplan en los códigos penales, ni las declaraciones patrimoniales y menos las instituciones que los vigilan como la propia FGR o la UIF, sino que se requiere nuevos esquemas punitivos que blinden a todo el aparato político para impedir que sean infiltrados por los cárteles de la droga.

El caso de la diputada federal morenista, Araceli Brown, no es el único y pronto sabremos de otros diputados y senadores del oficialismo que están en franca connivencia con los criminales. Vamos, en este momento ya resulta emblemático el caso del líder de los senadores de Morena, Adán Augusto López, por su estrecha relación con el ex líder del Cártel de la Barredora, Hernán Bermúdez y con el tema del huachicol fiscal.

Ante tantos casos de corrupción del sexenio pasado que han salido a la luz, es inconcebible que AMLO no conociera de las trapacerías de algunos de sus colaboradores como el almirante secretario de Marina, Rafael Ojeda y sus sobrinos, además de las correrías de sus vástagos que aparecen en el expediente que obra en poder la FGR en torno al huachicoleo.

En las mañaneras se aprecia que diario la presidenta intenta encubrir y cambiar la narrativa de que hay varios pájaros de cuenta en las filas de los servidores públicos involucrados en actividades criminales, sin embargo, no es posible tapar el sol con un dedo.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.