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Desde San Lázaro. Brugada no garantiza la gobernabilidad. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

06 Oct 2025
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Desde San Lázaro. Brugada no garantiza la gobernabilidad. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/ClaraBrugadaM

La marcha del 2 de octubre en la capital del país puso en evidencia, una vez más, que la gobernabilidad de la CDMX pende de alfileres toda vez que la Jefa de Gobierno, Clara Brugada carece de la sensibilidad política y de los sistemas de inteligencia adecuados para detectar y enfrentar movilizaciones violentas, al tiempo de soslayar los ataques del crimen organizado contra funcionarios públicos y por supuesto contra la ciudadanía.

La consigna de los transgresores de  leyes que violentaron las marcha del 2 de octubre era madrear a los policías y a quien se les pusiera enfrente, además de saquear comercios y joyerías, sabedores de que esa tarde-noche, los cuerpos policiacos estuvieron maniatados por órdenes superiores que  ordenaron tajantemente no responder a las agresiones, no obstante que estas pusieran en riesgo sus vidas, tal como ocurrió con un centenar de lesionados, entre ellos, 16 policías que se encuentran al momento hospitalizados y en cuidados intensivos.

Clara Brugada no tiene la capacidad para gobernar la metrópoli, en virtud de que diversos sucesos la han rebasado como el asesinato de sus dos colaboradores más cercanos, lo que implica que el crimen organizado mantiene el control en buena parte del territorio capitalino.

El percance mortal de la pipa en Iztapalapa en otra ominosa señal de como la autoridad es laxa en eso de establecer controles en la circulación de unidades móviles que son una bomba de tiempo.

El gobierno capitalino no está preparado para enfrentar temas de emergencia o de violencia y menos detectar con anticipación conflictos potenciales que atentan contra la paz social y la misma gobernabilidad.

La manga ancha que tiene Clara Brugada ante movilizaciones dizque estudiantiles que han destrozado, por ejemplo, a  instalaciones de la UNAM tiene más que preocupada a la presidenta Claudia Sheinbaum, por lo que ya conformó una comisión de trabajo presidida por Rosa Icela Rodríguez, Secretaria de Gobernación y Omar García Harfuch, titular de la SSC y Alejandro Gertz Manero, Fiscal General,  para evitar que sucesos violentos como el del 2 de octubre no vuelvan a ocurrir en el futuro, además de realizar las  investigaciones correspondientes  para deslindar responsabilidades de la propia Jefa de Gobierno capitalino y de diversos liderazgos de Morena en la capital del país.

Las imágenes de los actos vandálicos en la Ciudad de México en donde se aprecian elementos policiacos ardiendo en llamas o el derribo de cortinas para saquear joyerías y otros establecimientos, aparecieron en los principales diarios del mundo y ello en la víspera de la inauguración del mundial de futbol que se celebrará en la capital del país dentro de 10 meses, con lo que surge la real preocupación de si México está preparado para organizar este tipo de eventos que congregan a millones de aficionados con una cobertura mundial  en los medios de comunicación.

De hecho, el propio presidente de Estados Unidos, Donald Trump ha declarado en más de una ocasión, que le gustaría que el partido inaugural fuera en ese país y no en el estadio Azteca por el riesgo que representa para la seguridad de los asistentes.

El haber subestimado al grupo de criminales que esbozados y con la consigna de sembrar el caos, marcharon el 2 de octubre, infiltrados en la marcha conmemorativa por  los funestos acontecimientos ocurridos el 2 de octubre de 1968, conlleva una grave responsabilidad de la Jefa de Gobierno y de su secretario de Gobierno, Cesar Cravioto, por mandar a la guerra y sin fusil a 500 elementos para resguardar el orden, cuando en un partido de futbol de fin de semana comisionan alrededor de tres mil policías.

Dicen ellos que no son un gobierno represor por ello a los grupos que son afines a la 4T los dejan realizar actos vandálicos, pero que no se trate de movilizaciones opositores al régimen, porque allí si mandan toda la caballería para apaciguar a los revoltosos, como a los padres de niños con cáncer,  las madres de desaparecidos o el movimiento feminista.

Hay que decirlo con todas sus letras, una cosa es evitar provocaciones que puedan desencadenar conflictos mayores y otra, resguardar a la ciudadanía y su patrimonio de actos criminales  que, incluso, atentan contra su vida.

Resulta absurdo, por decir lo menos, que luego de las imágenes que registraron los rostros de los delincuentes que prendieron fuego a policías y agredieron a reporteros y encargados de establecimientos comerciales, solo hayan detenido a una persona.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.