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Desde San Lázaro. Sin inversión, condenado el sexenio a la mediocridad económica. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

21 Oct 2025
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Desde San Lázaro. Sin inversión, condenado el sexenio a la mediocridad económica. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/SE_mx

Que tiempos aquellos en los que México crecía en promedio al 2% anual del PIB y no porque fuera muy positivo, sino porque ahora con la 4T no se llega ni al 1% (con AMLO 0.9% y con Sheinbaum 0.7) y como están las cosas, el promedio de crecimiento económico del PIB en el sexenio de la presidenta no rebasará el uno por ciento y ello de suyo, es grave si consideramos que los márgenes de pobreza y marginación son superiores al 60 por ciento de la población.

Las mentiras de AMLO en torno al crecimiento del PIB en su administración NO se pudieron sostener ante la cruda realidad, por lo que decidió que la medición del PIB no era suficiente y por eso propuso un índice alternativo para medir el bienestar, el crecimiento, la desigualdad social y la felicidad del pueblo, aunque con esto no pudo contener la crisis económica, al contrario la profundizó con sus medidas populistas de izquierda.  

El estancamiento económico por el que transita nuestro país en la actualidad se debe a diversos efectos externos e internos que confluyen para inhibir el crecimiento y la generación de empleos formales e índices aceptables en la política social.

La política arancelaría impuesta por el presidente Donald Trump y el riesgo que corre la renegociación del T-MEC son parte de esos elementos exógenos que comprometen el crecimiento nacional y si a ello le agregamos que el gobierno estadounidense no quitará el dedo del renglón en el combate a los narcoterroristas mexicanos y que, mientras el gobierno de la 4T no demuestre con hechos que va en serio en combatir a los cárteles de la droga y a sus cómplices incrustados en los tres niveles de gobierno, pues seguirán las represalias comerciales y de otro tipo contra México.

En el escenario nacional, el oficialismo se dio un balazo en el pie con la elección de jueces y ahora con la aprobación de la nueva Ley de amparo que han vulnerado el estado de derecho y comprometido la inversión por la desconfianza que prevalece ante la incertidumbre jurídica en donde la leyes protegen al Estado por encima de los ciudadanos y de las empresas.

No existen garantías constitucionales para que los inversionistas defiendan su patrimonio ante intentos de expropiación o de cobros desmesurados e injustos de impuestos.

No existe país en el mundo detonantes de crecimiento económico que no consideren de forma relevante a la inversión pública y privada, en este sentido, el actual gobierno no tiene posibilidades de revertir la ausencia de inversiones nacionales e internacionales con el actual diseño del poder judicial y la ley de amparo; y en general con inhibir la participación del capital privado en sectores estratégicos de la economía.

Cuando los grandes capitales observan que los órganos jurisdiccionales no son autónomos ni independientes del Poder Ejecutivo como sucede, incluso con la Suprema Corte de Justicia de la Nación, prefieren voltear hacia otras latitudes en donde el estado de derecho sea robusto y se respete como la piedra angular de todo el sistema político y social.

En una entrevista al Sol de México, José Ángel Gurría, secretario general de la OCDE, aseguró precisamente que se extraña esos niveles de crecimiento del PIB de por lo menos 2 por ciento anual y que en buena medida, ahora no se alcanzan porque la inversión privada y pública ha dejado de fluir como a principios de este siglo.

Una cosa son las mentiras de la mañanera en torno a que la economía va muy bien,  y otra, muy diferente, la cruda realidad que subraya el hecho del estancamiento económico por el que transita México y que, como van las cosas, estamos caminando en la línea tenue entre estancamiento y recesión económica.

Ahora con la aprobación de la Ley de Ingresos por parte de la Cámara de Diputados para el próximo año, se fortalece el déficit fiscal con la contratación de deuda de 1.5 billones de pesos que coloca a la gestión de Sheinbaum como la que más ha endeuda al país luego de que el record en este rubro lo tuviera AMLO.

Mientras la presidenta no corte el cordón umbilical que la ata con su mentor y de un golpe de timón con una nueva estrategia económica en donde considere a la iniciativa privada como aliado relevante y establezca nuevas condiciones jurisdiccionales para la seguridad jurídica de sus inversiones, pues no existe poder humano que pueda sacar al país del decrecimiento económico.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.