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Desde San Lázaro. Se acaba la paciencia de Trump. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

14 Ene 2026
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Desde San Lázaro. Se acaba la paciencia de Trump. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/realDonaldTrump

La conclusión simplista y convenenciera de que la presidenta mexicana ganó a su contraparte norteamericana en la conversión telefónica de 15 minutos que sostuvieron ambos mandatarios recientemente, responde más un apunte que refleja ignorancia e incomprensión de la delicada situación que se vive entre ambos gobiernos, en virtud de que Claudia Sheinbaum se niega a entender el riesgo en el que se encuentra por tratar de encubrir a su mentor y varios de sus más cercanos colaboradores.

El tema  central para Donald Trump es entregar a los narcopolíticos mexicanos y no solamente a los capos de la droga y en ello se juega Claudia Sheinbaum  su capital político y sobre todo,   el lograr equilibrar las fuerzas en las mesas de negociación en torno al T-MEC y otros asuntos como la prohibición de exportar carne por culpa del gusano barrenador,  la imposición de aranceles, el cierre del AIFA a vuelos provenientes de Estados Unidos y otros tantos temas que agobian al gobierno de la 4T, en una agenda bilateral que, como pocas veces en la historia, es de lo más complicada.

El envío de petróleo mexicano a Cuba para sostener a la dictadura es otra afrenta para la Casa Blanca y se convierte en un dolor de cabeza para el mandatario norteamericano, quien, por cierto, tiene el diseño completo de la estrategia para deponer a Miguel Díaz-Canel, como presidente cubano, para dar paso a la apertura democrática de la Isla y en ello está, por supuesto estrechar el bloqueo comercial.

La extracción de Nicolás Maduro por parte de las fuerzas armadas de EU ha modificado las estimaciones y los escenarios de prospectiva para medir el alcance de las amenazas vertidas por Trump contra México y ello, no lo ha dimensionado con toda amplitud Claudia Sheinbaum.

Ya no son “baladronadas y loqueras”, se trata de amenazas reales en torno a la intervención militar para extraer a capos de la droga y a narcopolíticos mexicanos.

Desde la mañanera se insiste en esgrimir el discurso de proteger la soberanía, argumento insulso porque no está en riesgo, en lugar de proceder conforme a la ley para dejar de proteger a criminales que han sido señalados por los testigos protegidos como el Mayo Zambada y los Chapitos, entre otros, como sus cómplices en la gigantesca operación de trasiego de drogas sintéticos, como el fentanilo, a Estados Unidos.

Mientras no se capturen a los políticos mexicanos cómplices de los narcos, no hay acción válida para quitarse la bota gringa del cuello.

No son con llamados a levantarse contra el imperio, porque ese cuento nadie se lo cree, sino de restablecer el estado de derecho y mantener el orden constitucional que tutela los derechos humanos de todos los mexicanos. 

Hay que decirlo con todas sus letras, el gobierno de la 4T carece del apoyo popular para acuerpar a la presidenta en su intento de mostrar músculo ante Trump, ya que ella misma se ha dedicado a dejar de lado a la población que no simpatiza con su proyecto.

Los adeptos de Morena y aliados políticos no superan los 15 millones de personas, cuando en el padrón electoral hay más de 100 millones de ciudadanos.

El país está dividido por culpa de AMLO y ahora de la presidenta porque desde Palacio Nacional se alienta a diario esa polarización para establecer una narrativa oficial en contra de la clase media, de los ”fifís” y de  “conservadores”, quienes, al final de cuentas son los que fondean a los programas de asistencia social a través de los impuestos que pagan.

En momentos en que la negociación del T-MEC entra en su fase definitoria, en el oficialismo se hace de todo para ser el país más afectado de los tres que componen el acuerdo comercial. Como están las cosas, seguirá el nuevo tratado comercial bilateral, pero con un sentido proteccionismo hacia las empresas y consumidores norteamericanos.

REFORMA ELECTORAL DE LA DICTADURA.

Sorprendieron a algunos ilusos, las palabras del “luchador social de izquierda” Pablo Gómez al rechazar contundentemente la autonomía e independencia de los órganos electorales, lo que anticipa con la reforma electoral de Sheinbaum,  que el INE y por supuesto el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación serán un apéndice de la Secretaria de Gobernación como en los mejores tiempos de la dictadura perfecta, como calificara el escritor peruano, Mario Vargas Llosa al  PRI del siglo pasado.  

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.