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Desde San Lázaro. Reculan PVEM y PT como siempre. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

16 Ene 2026
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Desde San Lázaro. Reculan PVEM y PT como siempre. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/PartidoMorenaMx

Mientras que la oposición advierte que la reforma electoral del oficialismo es para imponer la dictadura de Morena en el país, para la presidenta Sheinbaum se trata de una herramienta para fortalecer la democracia, ante estas dos posturas encontradas diremos que, es tanto el temor real de la 4T por perder el poder en el 2030, que requieren de todos los artilugios necesarios para que no ocurra la tan temida alternancia  y por eso dinamitan el puente por donde pasaron ellos para impedir que otros se encumbren en la presidencia de la República.

Así de simple. Si realmente tuviera la doctora el 65 por ciento de aprobación de la gente no estaría imponiendo una reforma electoral que, a todas luces, le cierra la puerta a las minorías en el Congreso, al tiempo de reducirles a la mitad el financiamiento público y acotarles los espacios políticos y tiempos oficiales para inhibir su influencia entre la ciudadanía, además de apoderarse de los organismos electorales como el INE y el TEPJF.

La imposición de la “Ley Maduro” como la bautizó el senador panista, Ricardo Anaya, a la reforma electoral de la presidenta, pretende aniquilar a la democracia y consolidar un régimen autoritario mediante el control absoluto de las instituciones.

No obstante que el narcotraficante Nicolás Maduro está preso en Estados Unidos, el modelo político que gestó Hugo Chávez para imponer la dictadura en Venezuela sigue vigente en ese país y ahora se pretende emular por  AMLO-Sheinbaum al imponerlo en nuestro país con una reforma electoral regresiva, autoritaria y represiva.

El radical de derecha disfrazado de comunista, Pablo Gómez, resultó el defensor más recalcitrante del modelo autoritario que durante toda su vida política combatió, empero, ahora que está en el poder, se comporta como un aristócrata imperial.

En todo este vergonzoso asunto, falta ver como actuarán el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) y el Partido del Trabajo (PT), que de comparsa del oficialismo pasarán a la extinción al quedar huérfanos de papa gobierno.

Está claro que con la sobrerrepresentación que les regaló el INE y el Tribunal Electoral (de Mónica Soto) a estos dos partidos políticos, tendrían una presencia marginal en la Cámara de Senadores y en la colegisladora y si no existieran los plurinominales y el traspaso de votos entre integrantes de una coalición, ya hubieran perdido el registro como franquicias políticas nacionales. 

Si se aprueba la reforma electoral como está redactada el día de hoy, no dude estimado lector, que nos habremos librado de los Verdes y los petistas, aunque, seguramente habrán algunos pequeños ajustes a la iniciativa presidencial para mantenerlos como aliados políticos del oficialismo a estos rémoras.

El quid del asunto, es que ambos partidos políticos no saben caminar solos sin la tutela del partido en el poder, sobre todo los ecologistas que han dejado atrás su ideología para coaligarse con Vicente Fox, Felipe Calderón, Enrique Peña Nieto, AMLO y ahora como Claudia Sheinbaum.

Dígase lo que se diga, la chiquillada tendrá que comer camote y aprobar la reforma electoral de la 4T  que reduce a los pluris,  recorta  casi el 50 por ciento al presupuesto de los partidos y modifica la composición de las Cámaras del Congreso, amén de otras tantas modificaciones para apuntalar a Morena en el poder e impedir la alternancia.

Si hubiera tantita dignidad entre los dueños de estos partidos, hablamos del “Niño Verde”, Emilio González y de Alberto Anaya, romperían con el oficialismo, pero esto de ninguna manera va a ocurrir ya que por una cuantas monedas y alguna gubernatura (SLP), se apaciguarán como siempre lo han hecho, al fin y al cabo son el prototipo de lo que representa ser un mercenario de la política.

Los electores están atentos ante los desesperados intentos del obradorato de imponer el modelo venezolano en México y de todas las maromas que hacen sus aliados políticos para no perder las canonjías y prebendas de poder.

Veremos en las urnas en el 2027 que pasará, mientras tanto hay que chutarnos los supuestos ejercicios de democracia participativa que se organizarán en el Congreso para despresurizar un poco el asunto, para, al final del día,  dejar la reforma electoral tal como está redactada en estos momentos.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.