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Desde San Lázaro. La contradicción en el trato con la corona española. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

23 Ene 2026
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Desde San Lázaro. La contradicción en el trato con la corona española. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/SECTUR_mx

La participación de México en la Feria Internacional de Turismo (FITUR), celebrada anualmente en Madrid, suele presentarse como una oportunidad estratégica para fortalecer la promoción del país, atraer inversiones y consolidar alianzas con mercados clave, particularmente el europeo. No obstante, el balance de la más reciente edición deja más dudas que resultados tangibles, sobre todo si se observa con atención el desempeño de una delegación mexicana integrada por un número considerable de funcionarios estatales y federales cuyo protagonismo difícilmente se tradujo en beneficios concretos para el sector turístico nacional.

Más allá de los discursos optimistas y las fotografías difundidas en redes sociales, FITUR volvió a exhibir una práctica recurrente en la administración pública mexicana: el uso de foros internacionales como escaparates personales y espacios de recreación política. Para muchos de los representantes que acudieron a Madrid, la feria pareció ser menos una plataforma de trabajo y más un paseo institucional financiado con recursos públicos. Las agendas oficiales, en no pocos casos, se limitaron a inauguraciones simbólicas, recorridos por pabellones y encuentros protocolares carentes de seguimiento, métricas o compromisos verificables.

Resulta particularmente llamativo que, pese a la numerosa presencia de secretarios de turismo estatales, alcaldes, legisladores y funcionarios federales, no se hayan anunciado acuerdos de gran calado, inversiones sustantivas ni estrategias innovadoras que posicionen a México de forma diferenciada frente a otros destinos competidores. Mientras países con delegaciones más compactas acudieron con objetivos claros, portafolios de proyectos bien estructurados y mensajes alineados con sus políticas de desarrollo, México volvió a apostar por la cantidad antes que por la efectividad.

Esta dinámica refuerza la percepción de que FITUR se ha convertido, para ciertos actores políticos, en una pasarela de autopromoción. Trajes típicos, conferencias improvisadas y mensajes grandilocuentes sustituyeron a la planeación técnica, al análisis serio de mercados y a la profesionalización de la promoción turística. El turismo, uno de los pilares económicos del país —generador de divisas, empleo y desarrollo regional—, exige mucho más que presencia mediática y buenas intenciones.

Sin embargo, sería un error colocar a todos los actores en el mismo costal. En contraste con el desempeño errático de buena parte de la delegación, destaca el trabajo del embajador de México en España, Quirino Ordaz Coppel, quien ha optado por una diplomacia discreta, constante y eficaz. A pesar del rechazo abierto que enfrenta desde el ala más radical de Morena, el embajador ha sabido tejer fino en el país ibérico, construyendo puentes con empresarios, fondos de inversión y grupos hoteleros españoles interesados en expandir su presencia en México.

La labor de Ordaz se ha concentrado especialmente en la industria de la hospitalidad, un sector en el que España es potencia global y México un destino natural por su conectividad, diversidad turística y potencial de crecimiento. Lejos de los reflectores y la estridencia ideológica, el embajador ha privilegiado reuniones de trabajo, interlocución permanente y una narrativa centrada en la certidumbre jurídica, la rentabilidad y la cooperación de largo plazo. Es, precisamente, este enfoque el que debería marcar la pauta de la presencia mexicana en ferias como FITUR.

El valor de esta diplomacia adquiere mayor relevancia si se considera el contexto político que ha marcado la relación entre el gobierno de México y la Corona española. En los últimos años, el vínculo bilateral ha estado condicionado por tensiones discursivas, exigencias simbólicas y una narrativa histórica que ha generado fricciones innecesarias. En ese entorno, recomponer confianzas y atraer capital español no es tarea menor, y mucho menos automática.

La contradicción es evidente: mientras desde ciertos sectores del poder se mantiene un discurso distante —cuando no abiertamente hostil— hacia España y su monarquía, se aprovecha la infraestructura, el prestigio y la visibilidad de una feria organizada bajo el auspicio de la Corona española para proyectar una imagen turística positiva. Esta ambivalencia no solo resta coherencia a la política exterior mexicana, sino que debilita su posicionamiento como socio serio y confiable. Frente a ello, la labor de diplomáticos con oficio resulta clave para evitar que la retórica política termine por cerrar oportunidades económicas reales.

FITUR debería ser, ante todo, un espacio de diplomacia económica y cultural, no un escenario de incongruencias ni de turismo político. La experiencia reciente demuestra que cuando hay estrategia, profesionalismo y visión de Estado, los resultados son posibles. Cuando no los hay, la feria se reduce a un desfile costoso y estéril.

El balance final deja una lección clara: México necesita menos funcionarios paseando por pabellones y más diplomacia efectiva; menos protagonismo personal y más política pública orientada a resultados. En un país con enormes retos económicos, el uso responsable de los recursos públicos y la atracción estratégica de inversión no son opcionales, sino indispensables. Porque al final, el turismo —como la economía— no se construye con discursos ni con fotografías, sino con trabajo serio, coherencia política y resultados concretos.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.