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Desde San Lázaro. Juego de vencidas en la casa guinda. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

03 Mar 2026
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Desde San Lázaro. Juego de vencidas en la casa guinda. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/PartidoMorenaMx

En los corrillos legislativos el tema ya no es sólo la agenda por la reforma electoral. El murmullo constante gira en torno a 2027. La disputa por la definición de candidaturas dentro de Morena —a gubernaturas, diputaciones federales y cargos locales— ha comenzado antes de tiempo y con una intensidad que anticipa un auténtico juego de vencidas.

El partido en el poder enfrenta el dilema clásico de toda fuerza dominante: cómo administrar el éxito sin fracturarse. Morena dejó de ser un movimiento aglutinado por la oposición para convertirse en una estructura de gobierno con presupuestos, posiciones y márgenes de maniobra. Eso ha detonado una competencia feroz por el control del aparato partidista y, sobre todo, por la decisión final en la selección de candidaturas.

En 2027 se renovará la Cámara de Diputados en su totalidad y estarán en juego 17 gubernaturas. El control de San Lázaro implica manejar el presupuesto en la segunda mitad del sexenio y definir la viabilidad legislativa del proyecto político dominante. Por eso cada distrito y cada estado son piezas estratégicas en un tablero mayor.

Hasta ahora, el discurso oficial insiste en que los métodos de selección seguirán basados en encuestas y criterios de paridad. Pero la verdadera discusión no es técnica, sino política: ¿quién define el método?, ¿quién valida los resultados?, ¿quién tiene la última palabra cuando los números no favorecen a un grupo?

Aquí entra un factor determinante: el peso de la presidenta Claudia Sheinbaum.  Aunque formalmente el partido tiene órganos colegiados, nadie en la estructura ignora que su influencia es definitiva. Su capacidad para enviar señales —un respaldo público, una gira compartida, un nombramiento estratégico— puede convertir a un aspirante en favorito indiscutible o enfriar una candidatura en cuestión de días.

Sin embargo, el otro gran actor en esta ecuación es Andrés Manuel López Obrador y su ascendencia política y moral sobre amplios sectores del movimiento. Gobernadores, legisladores y dirigentes formados a su sombra no dejan de mirar hacia él en busca de orientación o legitimidad.

La combinación de ambos liderazgos —la presidenta en funciones y el fundador del movimiento— configura un equilibrio delicado. Para algunos, será una relación de coordinación estratégica; para otros, un inevitable juego de vencidas. ¿Prevalecerá la lógica institucional del gobierno en turno o el peso histórico del liderazgo que dio origen al partido?

En los estados, la disputa adquiere matices adicionales. Gobernadores morenistas que han consolidado estructuras locales buscan influir en la sucesión y colocar perfiles cercanos. Esa aspiración a veces choca con la dirigencia nacional y con los intereses de grupos parlamentarios. Si además se suman señales cruzadas desde la Presidencia o desde el liderazgo histórico del movimiento, el escenario puede tensarse aún más.

En el Congreso ya se perciben alineamientos. Legisladores que responden a distintos liderazgos operan con lógica de precampaña: tejen alianzas, negocian presidencias de comisión y construyen redes territoriales. La disciplina legislativa se mantiene en las votaciones clave, pero bajo la superficie se desarrolla una competencia abierta por posiciones futuras.

Cierto, la nueva reforma electoral moverá de manera relevante el tablero político y en dónde se vislumbra el control total de Morena en la nueva Cámara de Diputados

A este escenario se agregan factores externos que incidirán con fuerza en 2027. La reforma electoral aprobada en el actual sexenio modificará las reglas de representación y fiscalización.

Asimismo, la irrupción de nuevos partidos políticos puede fragmentar el voto en regiones específicas. Aunque no representen una amenaza nacional inmediata, sí podrían alterar ecuaciones locales en contiendas cerradas. Morena ya no competirá únicamente contra una oposición tradicional debilitada, sino contra un mosaico más complejo.

En ese terreno, el declive de fuerzas como el Partido Revolucionario Institucional, las tensiones internas en el Partido Acción Nacional y la estrategia de crecimiento de Movimiento Ciudadano no simplifican necesariamente el panorama. Por el contrario, obligan al oficialismo a administrar con mayor cuidado sus propias fracturas, pues el voto opositor puede reorganizarse de manera impredecible.

En las elecciones intermedias, la historia muestra que el partido dominante suele enfrentar desgaste natural del ejercicio del poder. Si a este factor se suma una confrontación interna mal resuelta, el costo puede traducirse en pérdida de escaños o de gubernaturas clave. Por eso la definición de candidaturas no es sólo una pugna de ambiciones personales: es una cuestión de supervivencia política.

La pregunta de fondo es si Morena logrará procesar sus diferencias mediante mecanismos institucionales o si prevalecerán las imposiciones respaldadas por uno u otro liderazgo. En un escenario donde la presidenta tiene la facultad formal y el control del aparato gubernamental, pero López Obrador conserva una influencia simbólica y política considerable, el equilibrio será determinante.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.