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Desde San Lázaro. Federalismo y revocación de mandato. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

18 Mar 2026
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Desde San Lázaro. Federalismo y revocación de mandato. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/Claudiashein

En política, las derrotas legislativas rara vez significan retiradas. Con frecuencia son apenas una pausa para reorganizar el contrataque. Eso es exactamente lo que ocurre hoy en el Congreso con el llamado “Plan B” de la reforma electoral impulsado por la presidenta Claudia Sheinbaum: una ruta alterna que, lejos de corregir los excesos de la propuesta original, los recicla y les pone otro antifaz.

Tras no alcanzar la mayoría calificada, el oficialismo optó por rediseñar su estrategia. El nuevo paquete privilegia cambios legales que  requieren reformas constitucionales, por las medidas que buscan reducir estructuras locales legislativas, imponer límites presupuestales a congresos estatales y rediseñar la representación política en las entidades.

El problema de fondo no es administrativo ni presupuestal. Es político y constitucional. El Plan B abre la puerta a una intromisión federal en la vida interna de los estados que pone en riesgo uno de los pilares del sistema mexicano: el federalismo. Bajo el argumento de austeridad, se pretende incidir en la integración de los congresos locales, en la organización municipal y en la distribución del poder político en las entidades federativas.

Dicho de otra manera: el centro vuelve a mirar hacia los estados no como entidades soberanas, sino como extensiones administrativas sujetas a rediseño.

Esta lógica no es nueva. Tiene antecedentes claros en el intento de recentralización política que caracterizó buena parte del sexenio de Andrés Manuel López Obrador, particularmente en su fallido “Plan B” electoral, que fue invalidado por la Suprema Corte. Hoy, la historia parece repetirse, aunque con un nuevo envoltorio.

Otro tema espinoso del Plan B es la revocación de mandato que se buscaría llevarla a cabo junto con la elección intermedia del 2027.

La propuesta de adelantar este mecanismo de consulta popular para que coincida con los comicios del próximo año no es menor. Significa fusionar un instrumento de evaluación ciudadana con una contienda electoral en la que estarán en juego cargos legislativos, gubernaturas y ayuntamientos.

El resultado previsible es un proceso profundamente desequilibrado. La revocación dejaría de ser un ejercicio excepcional de control democrático para convertirse en una herramienta de movilización político-electoral al servicio del oficialismo. La figura del Ejecutivo en turno dominaría la agenda, la narrativa y, por supuesto, la movilización territorial.

No es casualidad que este instrumento tenga antecedentes en América Latina asociados a procesos de concentración de poder. La revocación de mandato fue incorporada como herramienta política en el modelo impulsado por Hugo Chávez, donde terminó funcionando más como mecanismo de ratificación que de remoción.

En México, su primera aplicación durante el gobierno de López Obrador evidenció sus límites: baja participación y cuestionamientos sobre su utilidad real como mecanismo democrático. Lejos de fortalecer la rendición de cuentas, se convirtió en una consulta costosa con resultados previsibles.

Hoy, el intento de empatarla con elecciones constitucionales no solo desvirtúa su naturaleza, sino que inclina la balanza de manera clara. El oficialismo competiría con una ventaja estructural: la exposición permanente del Ejecutivo, la movilización de su base política y la narrativa plebiscitaria de “continuidad o retroceso”.

En términos simples: no habría piso parejo.

A ello se suma otro dato revelador del momento político que vive la coalición gobernante. El llamado Plan B no es únicamente el resultado de una estrategia, sino también de una negociación forzada. Los partidos aliados —el PT y el PVEM— lograron frenar algunos de los cambios más profundos planteados originalmente, particularmente aquellos relacionados con la eliminación de legisladores plurinominales y la reducción del financiamiento público.

El mensaje es claro: la presidenta no gobierna en solitario. Depende de una coalición que tiene capacidad de veto y que, llegado el momento, puede doblar al Ejecutivo para preservar sus propios intereses.

Así, mientras el discurso oficial habla de austeridad y transformación, en los hechos se mantienen intactos los mecanismos que garantizan la supervivencia política de los partidos satélite.

La contradicción es evidente.

El oficialismo ya con todos sus engranes –PT y PVEM- se alista a aprobar el Plan B ya que con sus aliados alcanza la mayoría calificada para aprobar reformas constitucionales

La oposición, por su parte, se enfrenta al reto de articular una defensa no solo institucional, sino narrativa: explicar por qué esta reforma no es un ajuste técnico, sino un rediseño político que afecta el equilibrio federal y la competencia democrática.

Porque ese es el punto central: el Plan B no trata únicamente de reducir costos o simplificar estructuras. Trata de redefinir quién tiene el control del sistema político.

Y en ese rediseño, los estados pierden autonomía, la competencia se vuelve desigual y los contrapesos se debilitan.

México ya ha transitado antes por rutas de concentración del poder. La historia muestra que desmontar equilibrios es mucho más fácil que reconstruirlos.

La pregunta que queda en el aire es si estamos ante una reforma electoral… o ante el inicio de una nueva etapa de centralismo político disfrazado de austeridad.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.