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Desde San Lázaro. Respeto a la neutralidad jurisdiccional. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

10 Abr 2026
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Desde San Lázaro. Respeto a la neutralidad jurisdiccional. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/LeniaBatres

La Suprema Corte de Justicia de la Nación no fue diseñada para reflejar mayorías políticas ni para representar causas ideológicas. Su función es otra: imponer el orden constitucional. Por ello, la imparcialidad judicial no es una virtud deseable, sino una obligación ordenada por el Constituyente.

A dos años de la llegada de la ministra Lenia Batres Guadarrama al máximo tribunal, comienza a consolidarse un debate que rebasa el terreno personal y se instala en una discusión institucional de fondo: los límites entre convicción ideológica y deber de neutralidad jurisdiccional.

El tema no surge de opiniones aisladas, sino de la revisión de datos verificables. Durante este periodo, la ministra ha participado como ponente en 1,165 asuntos y ha intervenido en la votación en cerca de cuatro mil expedientes. Se trata de una actividad intensa dentro del tribunal constitucional. Sin embargo, el análisis de sus resoluciones muestra un rasgo constante: no se identifica hasta ahora un caso en el que haya respaldado la posición jurídica de una empresa privada en controversias frente al Estado.

El dato, por sí mismo, no implica irregularidad jurídica. La independencia judicial garantiza libertad absoluta de criterio y ningún ministro está obligado a repartir fallos en proporciones equilibradas. Pero cuando la uniformidad se mantiene sin excepciones a lo largo de cientos de decisiones, la discusión deja de ser estadística y se vuelve institucional: ¿existe suficiente apertura argumentativa frente a todas las partes que acuden al tribunal?

El constitucionalismo mexicano parte de un principio claro: los derechos no dependen de la identidad del litigante. La Constitución reconoce garantías tanto a personas físicas como morales, incluyendo seguridad jurídica, debido proceso y acceso efectivo a la justicia. En el juicio de amparo, la Corte no evalúa quién litiga, sino si el acto de autoridad respeta o no el orden constitucional.

Por ello, la neutralidad judicial no exige ausencia de ideas personales —algo imposible— sino la capacidad de someter esas ideas al análisis jurídico caso por caso.

La discusión adquiere mayor relevancia cuando ciertas posiciones expresadas en el debate público sostienen que la concesión de amparos puede resultar inconveniente si genera impactos al erario. Desde la teoría constitucional clásica, este argumento plantea tensiones importantes: el costo financiero de una sentencia nunca ha sido criterio determinante para reconocer o negar derechos fundamentales. El control constitucional examina legalidad y constitucionalidad, no conveniencia presupuestaria.

Aceptar lo contrario implicaría introducir un elemento político en la función jurisdiccional: los derechos serían exigibles solo cuando resultaran fiscalmente cómodos para el Estado.

La historia del amparo mexicano demuestra precisamente lo opuesto. Su creación respondió a la necesidad de limitar al poder público, aun cuando ello implicara rectificaciones administrativas, regulatorias o económicas. La supremacía constitucional supone que la legalidad precede a la conveniencia gubernamental.

En este contexto, el debate sobre el desempeño de la ministra Batres no debe entenderse como una confrontación entre visiones económicas o modelos de desarrollo. El punto central es la confianza institucional. Un tribunal constitucional depende, para su legitimidad, de que todos los justiciables —ciudadanos, organizaciones sociales o empresas— perciban que serán escuchados bajo las mismas reglas.

La imparcialidad posee, como señalan estándares internacionales de independencia judicial, una dimensión objetiva: no basta con ser neutral; también debe parecerlo ante la sociedad. Cuando un patrón constante de decisiones genera la percepción de una predisposición estructural frente a cierto tipo de litigantes, la Corte enfrenta un desafío reputacional que trasciende a cualquiera de sus integrantes.

Desde la perspectiva política, el papel de la Suprema Corte adquiere una relevancia aún mayor. En un contexto de polarización creciente, el máximo tribunal funciona como último espacio de equilibrio institucional. Su fortaleza depende menos de discursos y más de la confianza que generan sus resoluciones.

La independencia judicial no consiste en alinearse con el gobierno ni en confrontarlo sistemáticamente. Consiste en algo más complejo: decidir siempre contra quien viole la Constitución, sin importar si se trata del Estado, de una empresa o de un ciudadano.

A dos años de ejercicio, el desempeño de la llamada “ministra del pueblo” abre una reflexión necesaria sobre el papel contemporáneo de la Corte mexicana. La legitimidad de un juez constitucional no proviene de representar causas populares ni de sostener posiciones ideológicas coherentes, sino de demostrar —en cada voto— que ninguna conclusión está escrita antes de estudiar el caso.

Porque la fortaleza del Estado de derecho descansa en una premisa simple pero irrenunciable: ante la justicia constitucional, todos deben tener la posibilidad real de ganar… y también de perder.

Cuando esa expectativa desaparece, lo que se debilita no es una parte en litigio, sino la confianza misma en la Constitución y por supuesto en la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.