Contáctanos: 5546 8746
Síguenos en:
Fecha:

Desde San Lázaro. Muertes bajo la custodia de ICE. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

16 Abr 2026
50 veces
Desde San Lázaro. Muertes bajo la custodia de ICE. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/ElFinanciero_Mx

La muerte de mexicanos bajo custodia de autoridades migratorias en Estados Unidos ha dejado de ser un hecho aislado para convertirse en un patrón alarmante. A la fecha, suman al menos 15 connacionales fallecidos mientras se encontraban detenidos por el Immigration and Customs Enforcement (ICE), en circunstancias que, en varios casos, siguen sin esclarecerse con total transparencia.

No es un tema menor. Es un asunto de derechos humanos, de responsabilidad internacional y, sobre todo, de dignidad nacional.

Cada uno de estos casos representa una falla grave en la protección de personas bajo custodia del Estado. Porque cuando un individuo —sin importar su estatus migratorio— es detenido por una autoridad, esa autoridad asume la obligación plena de garantizar su integridad física y su vida. No hay matices posibles en este principio.

Sin embargo, la realidad muestra una cara macabra de ICE.

Los reportes sobre condiciones de detención deficientes, atención médica tardía o inexistente, y protocolos opacos en torno a las muertes, dibujan un panorama preocupante. Más aún cuando las circunstancias de varios de estos decesos han sido calificadas como “extrañas” o insuficientemente documentadas.

La lectura es inevitable: la respuesta institucional de ambos lados de la frontera ha sido, hasta ahora, insuficiente.

La Secretaría de Relaciones Exteriores, ahora de Roberto Velazco, ha emitido comunicados y ha solicitado información a su contraparte estadounidense. También ha activado los canales consulares y ha reiterado la necesidad de esclarecer los hechos. Pero frente a la gravedad de los casos, el tono diplomático parece quedarse corto.

Porque hay momentos en los que la diplomacia debe acompañarse de firmeza política.

La protección de los mexicanos en el exterior no puede limitarse a notas diplomáticas. Requiere una postura clara, directa y contundente desde el más alto nivel del Estado. La presidenta Claudia Sheinbaum tiene en este tema una prueba de liderazgo en política exterior: exigir explicaciones puntuales, investigaciones independientes y garantías de no repetición.

No se trata de confrontación gratuita. Se trata de legítima defensa.

Más aún cuando el contexto político en Estados Unidos añade complejidad al tema migratorio. La retórica dura y las políticas restrictivas que han marcado la agenda de figuras como Donald Trump han contribuido a un ambiente donde la migración se aborda desde la óptica de seguridad, no de derechos. 

Y en ese entorno, los migrantes —documentados o no— quedan en una zona de vulnerabilidad extrema.

Es importante subrayarlo: el respeto a los derechos humanos no depende del estatus migratorio. Es un principio universal. La legalidad de la estancia no determina la dignidad de la persona ni su derecho a la vida.

Por eso, lo ocurrido en centros de detención migratoria no puede normalizarse.

Las autoridades estadounidenses tienen la responsabilidad de investigar a fondo cada uno de estos fallecimientos, establecer responsabilidades y, en su caso, sancionar a quienes hayan actuado con negligencia o abuso. La transparencia en estos procesos no es opcional; es indispensable para mantener la confianza entre ambos países.

Pero también México debe asumir su parte.

La política migratoria no puede limitarse a la contención en la frontera sur ni a la gestión de flujos hacia el norte. Debe incluir una estrategia integral de protección consular, seguimiento puntual de casos y presión diplomática efectiva cuando los derechos de los mexicanos sean vulnerados.

Porque, de lo contrario, el mensaje es equivocado: que la vida de los migrantes vale menos.

La exigencia es clara: no basta con solicitar información; es necesario exigir resultados. No basta con expresar preocupación; se requiere acción concreta.

La relación con Estados Unidos es, sin duda, estratégica. En lo económico, en lo comercial, en lo político. Pero precisamente por esa relevancia, México no puede permitirse una postura pasiva cuando están en juego los derechos fundamentales de sus ciudadanos.

La cooperación bilateral no debe implicar silencio ante hechos graves.

Cada uno de los 15 casos connacionales fallecidos representa una historia truncada, una familia afectada y una responsabilidad pendiente. No son cifras; son vidas. Y su esclarecimiento no puede quedar sujeto a tiempos burocráticos ni a explicaciones ambiguas.

La exigencia de una investigación rápida, exhaustiva e independiente no es un gesto político; es una obligación moral y jurídica.

Porque cuando una persona muere bajo custodia del Estado, la pregunta no es si hubo responsabilidad, sino dónde y en qué nivel se encuentra.

Y esa respuesta, hasta ahora, sigue sin llegar.

La conclusión es contundente: la defensa de los migrantes mexicanos no puede ser reactiva ni limitada. Debe ser firme, constante y visible. Porque en política exterior, como en cualquier otra esfera del poder, la omisión también tiene consecuencias.

Y en este caso, esas consecuencias se miden en vidas perdidas.

Desde luego, hay que reconocer que todos esos millones de expulsados a Estados Unidos en busca del sueño americano, es por la falta de oportunidades y condiciones de seguridad en territorio nacional.

Valora este artículo
(0 votos)

El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.