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Desde San Lázaro. Maru Campos para presidenta. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

30 Abr 2026
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Desde San Lázaro. Maru Campos para presidenta. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/MaruCampos_G

Desde el oficialismo se construyen candidaturas de la oposición. La mayoría de las veces sin proponérselo, otras con torpeza estratégica. Lo cierto es que el fenómeno no es nuevo: quien es colocado sistemáticamente en el centro del debate, quien es señalado, atacado y confrontado desde el poder, termina por adquirir una visibilidad que difícilmente lograría por sí mismo. Y hoy, ese proceso parece estar ocurriendo con María Eugenia Campos Galván, gobernadora de Chihuahua.

La historia reciente ofrece un antecedente claro. Fue el propio Andrés Manuel López Obrador quien, con sus constantes señalamientos, terminó por catapultar a Xóchitl Gálvez como figura central de la oposición. Aquella escena en la que Gálvez intentó ingresar a Palacio Nacional para ejercer su derecho de réplica no solo generó un choque mediático, sino que detonó una narrativa de confrontación que la posicionó rápidamente en el imaginario público. El efecto fue inmediato: de figura relevante pasó a convertirse en candidata presidencial.

Hoy, la historia parece repetirse, aunque con distintos protagonistas. La presidenta Claudia Sheinbaum ha colocado en la mira a la gobernadora de Chihuahua, insistiendo en una supuesta violación a la ley de seguridad nacional derivada de la incursión de agentes extranjeros en territorio estatal. El señalamiento es delicado, sin duda, pero también ha sido reiterado con una intensidad que trasciende lo meramente institucional.

La respuesta de Maru Campos ha sido clara y constante: no tenía conocimiento del operativo y, por lo tanto, no existe delito que perseguir en su contra. La gobernadora ha optado por una línea de defensa que combina negación de responsabilidad con un llamado a no politizar el tema. Sin embargo, en política, la narrativa no siempre se define por los hechos, sino por la insistencia con la que estos se colocan en la agenda.

El Congreso no ha sido ajeno a esta dinámica. Desde la mayoría oficialista, legisladores de Morena han escalado el tono al plantear la posibilidad de un juicio político e incluso su desafuero. El argumento: la supuesta desatención a un llamado de la Cámara alta. Pero aquí hay un matiz importante que no debe perderse de vista: no se trataba de una comparecencia obligatoria, sino de una invitación. Convertir una invitación en causal de sanción revela, cuando menos, una sobrerreacción con tintes políticos.

Este tipo de embates suelen tener un efecto paradójico y contradictorio. Lejos de debilitar al objetivo, pueden fortalecerlo. En un escenario donde el Partido Acción Nacional atraviesa por una evidente falta de liderazgos nacionales consolidados, la exposición constante de Maru Campos en el debate público comienza a perfilarla como una figura con proyección más allá de su estado.

La lógica es sencilla: a mayor ataque, mayor visibilidad; a mayor visibilidad, mayor posicionamiento. Y en un país donde las candidaturas presidenciales se construyen, en buena medida, a partir del reconocimiento público, ese posicionamiento es oro puro.

No se trata de afirmar que Maru Campos sea ya una candidata inevitable, pero sí de reconocer que el oficialismo podría estar contribuyendo, sin quererlo, a su construcción política. La insistencia en señalarla, en confrontarla y en elevar el conflicto al plano nacional la coloca en un nivel que trasciende la política local.

Para la presidenta Sheinbaum, el cálculo puede ser distinto. Marcar distancia, fijar postura y demostrar firmeza frente a posibles irregularidades forma parte de su responsabilidad institucional. Sin embargo, en política, la forma importa tanto como el fondo. Y cuando la crítica se vuelve recurrente y personalizada, el efecto puede ser contrario al esperado.

El PAN, por su parte, observa. En un contexto donde la oposición ha tenido dificultades para articular una figura competitiva a nivel nacional, la emergencia de perfiles con capacidad de confrontar al oficialismo se vuelve estratégica. Si Maru Campos logra capitalizar esta exposición, no sería descabellado pensar en su eventual proyección como candidata presidencial.

Desde San Lázaro, donde se procesan muchas de estas tensiones, el ambiente refleja una polarización creciente. Las mayorías legislativas actúan con disciplina, pero también con una lógica de confrontación que, en ocasiones, termina alimentando a sus adversarios.

La pregunta de fondo es si el oficialismo está midiendo correctamente los efectos de sus acciones. La política no siempre se gana debilitando al otro; a veces, en el intento, se le fortalece. Y eso parece estar ocurriendo en este caso.

Porque al final, más allá de los expedientes, los señalamientos y las disputas legislativas, lo que queda en la percepción pública es una figura que resiste, que responde y que permanece en el centro del debate. Y en tiempos de definición política, eso puede ser el primer paso hacia una candidatura.

Así, sin proponérselo abiertamente, el oficialismo podría estar incubando a una nueva contendiente. La historia ya mostró que no sería la primera vez.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.