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Desde San Lázaro. O los entregan o vienen por ellos. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

06 May 2026
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Desde San Lázaro. O los entregan o vienen por ellos. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/rochamoya_

La presentación de la nueva Estrategia Nacional de Control de Drogas por parte del gobierno de Estados Unidos no es un documento más en la larga lista de planes antidrogas del vecino del norte. Es, en los hechos, un aviso político y jurídico: las extradiciones desde México serán prioridad, y la cooperación bilateral será evaluada con criterios “robustos, sostenidos y medibles”. Traducido al lenguaje político, significa que la paciencia se agotó y que la presión escalará.

El documento, impulsado bajo la influencia del entorno político de Donald Trump, coloca a México en una posición particularmente incómoda. Ya no se trata únicamente de contener el tráfico de drogas, sino de responder con acciones concretas —y visibles— frente a una crisis que en Estados Unidos tiene nombre y apellido: fentanilo. En ese contexto, las extradiciones dejan de ser un mecanismo jurídico para convertirse en una herramienta de política exterior.

Desde Washington, la narrativa es clara: sin cooperación efectiva no habrá indulgencia. Y esa cooperación pasa, inevitablemente, por la entrega de objetivos prioritarios que, según las autoridades estadounidenses, han operado con distintos niveles de protección política en territorio mexicano.

El problema para el gobierno encabezado por Claudia Sheinbaum es que el margen de maniobra es extremadamente reducido. Por un lado, enfrenta la presión directa de Estados Unidos, que exige resultados inmediatos; por el otro, carga con las tensiones internas de un movimiento político que se resiste a entregar a figuras vinculadas —directa o indirectamente— con el poder.

El caso más emblemático, por el momento, es el del gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya. Mientras el gobierno mexicano ha optado por una estrategia de tiempos largos —retrasos, revisiones, procesos administrativos—, en Estados Unidos se barajan distintos escenarios para garantizar su comparecencia ante la justicia. La dilación mexicana no pasa desapercibida y comienza a ser interpretada como falta de voluntad política.

El diferendo no tardará en trasladarse a otros terrenos de la relación bilateral. La historia reciente demuestra que, cuando Washington decide presionar, lo hace de manera integral: comercio, seguridad, migración y cooperación financiera pueden convertirse en fichas de negociación.

El riesgo es evidente. La resistencia del oficialismo a proceder con detenciones y extradiciones podría detonar represalias que impacten directamente en la agenda económica. En momentos donde la negociación sobre el tratado comercial con Estados Unidos es crucial, abrir un frente de confrontación por temas de seguridad parece una apuesta de alto riesgo.

El argumento del gobierno mexicano ha sido, hasta ahora, la defensa de la soberanía y el respeto a los procesos legales internos. Sin embargo, esa narrativa pierde fuerza cuando se percibe una falta de acción concreta frente a casos específicos. La diferencia entre prudencia jurídica y dilación política, en este contexto, cada vez más difícil de sostener.

A ello se suma un factor adicional: el calendario electoral. Tanto en México como en Estados Unidos, los tiempos políticos juegan un papel determinante. Para Donald Trump, endurecer la postura frente al narcotráfico y exigir resultados a México representa una oportunidad para fortalecer su narrativa de mano dura. Para Claudia Sheinbaum, el reto es evitar que esa presión se traduzca en un costo político interno que debilite a su movimiento de cara a los comicios intermedios del próximo año.

El dilema es profundo. Ceder a las exigencias estadounidenses podría generar fracturas dentro de la coalición gobernante; resistirlas podría escalar el conflicto bilateral con consecuencias económicas y diplomáticas de gran calado. No hay, en este escenario, una salida sin costos.

Mientras tanto, el tiempo corre. La estrategia estadounidense no solo fija objetivos, también establece métricas. Y en ese esquema, los retrasos acumulados por el gobierno mexicano en la captura de presuntos narcopolíticos comienzan a pesar. La percepción de inacción alimenta la narrativa de que el problema no es de capacidad, sino de voluntad.

El margen para la ambigüedad se ha reducido al mínimo. La relación con Estados Unidos entra en una fase donde las definiciones serán inevitables. O se fortalece la cooperación con acciones concretas, o se asume el costo de un diferendo que podría extenderse mucho más allá del ámbito de la seguridad.

La Estrategia Nacional de Control de Drogas marca, así, un punto de inflexión. No solo redefine las prioridades de Estados Unidos, sino que obliga a México a tomar decisiones que hasta ahora ha buscado posponer. En política, como en diplomacia, los tiempos importan. Y todo indica que el reloj ha comenzado a correr en contra.

Porque en este juego de presiones cruzadas, lo que está en disputa no es únicamente la entrega de ciertos personajes, sino la credibilidad de un gobierno frente a su principal socio. Y esa, una vez erosionada, no se recupera con discursos, sino con hechos.

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El apunte del director

  • Mayo 2026

    América: entre el arbitraje y la terquedad de Jardine, las Águilas exigen una renovación total

    El Club América atraviesa uno de los momentos más delicados de los últimos años. Lo que hace apenas unos meses parecía el inicio de una era dominante, hoy se ha convertido en una etapa de frustración, desgaste y decisiones equivocadas. Entre un arbitraje -CESAR ARTURO RAMOS PALAZUELOS y el VAR- que volvió a perjudicar al equipo en momentos determinantes y la evidente falta de autocrítica de André Jardine, las Águilas acumulan otro fracaso que obliga a una profunda reconstrucción.

    El crédito del entrenador brasileño se ha agotado.

    Nadie puede negar que Jardine escribió páginas doradas con el tricampeonato, una hazaña que quedará para siempre en la historia azulcrema. Sin embargo, en el futbol el pasado no garantiza el futuro. El técnico se ha aferrado a fórmulas desgastadas, ha insistido en jugadores que ya no marcan diferencia y ha mostrado poca capacidad para reinventar al equipo en los momentos de mayor exigencia.

    Durante el último año, el América ha sufrido golpes que contrastan con la grandeza de la institución. La eliminación en la CONCACAF Champions Cup, la pérdida de protagonismo en la Liga MX y el descenso en el nivel colectivo confirman que el plantel ha entrado en una peligrosa zona de confort.

    A ello se suman decisiones arbitrales sumamente cuestionables, marcaciones polémicas y criterios inconsistentes que terminaron inclinando partidos importantes. Pero sería un error reducir el fracaso únicamente al silbante. El verdadero problema está dentro del vestidor y en el banquillo.

    Jardine perdió el control del proyecto

    El América dejó de ser ese equipo agresivo, dinámico y contundente que asfixiaba a sus rivales. Hoy luce predecible, lento y sin variantes ofensivas. El técnico parece incapaz de modificar el rumbo cuando los encuentros se complican.

    Sus cambios suelen llegar tarde, la lectura táctica es limitada y la confianza en ciertos jugadores parece obedecer más a la terquedad que al rendimiento. Cuando un entrenador deja de tomar decisiones con base en el presente, el ciclo inevitablemente entra en decadencia.

    El club no puede seguir viviendo de la nostalgia del tricampeonato. La exigencia del América obliga a competir y ganar siempre.

    Los extranjeros que deben salir

    La directiva encabezada por Emilio Azcárraga Jean debe emprender una depuración profunda del plantel. La base actual ha mostrado claros signos de agotamiento.

    La reestructuración debe comenzar con los jugadores extranjeros que no justifican su permanencia. Salvo dos excepciones, el resto ha quedado a deber.

    Brian Rodríguez

    Es uno de los pocos elementos desequilibrantes. Su velocidad, capacidad de desborde y generación de peligro lo convierten en una pieza valiosa para el futuro.

    Alejandro Zendejas

    Aunque ha tenido altibajos, mantiene intensidad, compromiso y una productividad ofensiva superior al promedio.

    Otros futbolistas que durante mucho tiempo fueron considerados fundamentales han disminuido notablemente su nivel. Algunos están lejos de su mejor versión física; otros simplemente ya no aportan lo necesario para sostener un proyecto ganador.

    Los tres brasileños, que ni mencionar sus nombres, resultaron un verdadero fracaso.

    El América necesita hambre, competencia interna y jugadores comprometidos con recuperar la hegemonía. El prestigio no puede ser garantía de titularidad.

    Es una lástima que Henry Martí tenga que terminar su ciclo en el campeonísimo de una forma lastimosa y no solo hablamos del penal que fallo ante Pumas que significaba el pase a semifinales, sino por el cúmulo de lesiones que arrastra y que no podrá recuperarse.

    Refuerzos con jerarquía y hambre de triunfo

    La institución debe aprovechar el próximo mercado para incorporar futbolistas de alto nivel, con personalidad y capacidad para marcar diferencia inmediata. No se trata de contratar por nombre, sino de reclutar elementos con ambición y carácter.

    Las Águilas necesitan:

    3 delanteros contundentes.

    1 mediocampista con creatividad.

    2 defensas centrales con liderazgo.

    3 Laterales con mayor profundidad.

    ¿Continuidad o cambio en el banquillo?

    La gran interrogante es si Jardine debe continuar.

    El reconocimiento por sus títulos es incuestionable, pero el presente exige decisiones frías. Si la directiva concluye que el entrenador ya no puede renovar al equipo ni recuperar la intensidad competitiva, entonces el relevo debe concretarse de inmediato.

    En el América no hay espacio para procesos sostenidos únicamente por gratitud.

    La afición ya no tolera más fracasos

    La afición azulcrema es la más exigente del país. Acostumbrada a títulos y protagonismo, no acepta excusas. El arbitraje pudo influir, pero no explica la falta de funcionamiento, la escasa reacción y la pérdida de identidad.

    El descontento es creciente y la paciencia se agota.

    Se acabó el tiempo de las contemplaciones

    El América enfrenta compromisos de máxima exigencia en los próximos meses y necesita presentarse con una imagen renovada. La plantilla requiere una sacudida profunda y la dirección técnica debe demostrar, de manera inmediata, que todavía tiene capacidad para liderar un proyecto ganador.

    Si no hay cambios de fondo, el equipo seguirá acumulando decepciones.

    Porque en el América, el pasado se respeta, pero el presente manda. Y hoy, entre decisiones arbitrales polémicas y los errores de André Jardine, queda claro que las Águilas necesitan una purga total para volver a volar hacia lo más alto del futbol mexicano.