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Desde San Lázaro. Por la cancelación de la Reforma Judicial. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

08 May 2026
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Desde San Lázaro. Por la cancelación de la Reforma Judicial. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/SCJN

La reforma judicial impulsada por el oficialismo comienza a exhibir sus propias contradicciones. Lo que hace apenas unos meses fue presentado como una transformación histórica para “democratizar” al Poder Judicial, hoy enfrenta tal nivel de cuestionamientos, incertidumbre y desgaste político que el propio bloque gobernante ya plantea aplazar parte de su implementación. En San Lázaro se cocina un periodo extraordinario para aprobar que la segunda etapa de la elección de juzgadores se recorra de 2027 a 2028. El problema es que posponer un proceso viciado no corrige sus defectos de origen.

La señal es contundente: el oficialismo reconoce implícitamente que la reforma nació atropellada, mal diseñada y políticamente contaminada. De otro modo, no existiría necesidad de modificar sobre la marcha el calendario de una de las reformas que el régimen presumió como piedra angular de la llamada Cuarta Transformación.

En contraparte, la oposición —particularmente Partido Acción Nacional y Partido Revolucionario Institucional— ha elevado el tono y propone ir más allá del aplazamiento: revertir por completo la reforma judicial. El argumento central no es menor. Consideran que el nuevo modelo no solo ha fracasado antes de entrar plenamente en vigor, sino que ha generado incertidumbre jurídica y ahuyentado inversiones nacionales y extranjeras.

Y hay razones para entender esa preocupación. Ningún inversionista apuesta capital de largo plazo en países donde el sistema judicial pierde independencia o queda sujeto a intereses políticos. La certeza jurídica no es un lujo académico; es la base de cualquier economía moderna. Cuando empresarios y mercados perciben que jueces, magistrados o ministros podrían responder a presiones del poder político, el mensaje es demoledor: el Estado de derecho deja de ser confiable.

Ese es precisamente el temor que ha despertado la reforma impulsada por el oficialismo. La posibilidad de contar con jueces electos bajo una lógica partidista y con una Suprema Corte de Justicia de la Nación alineada a los designios presidenciales representa una concentración de poder que resulta poco saludable para cualquier democracia republicana.

La división de poderes no es un simple principio decorativo; es el mecanismo diseñado para impedir excesos y garantizar equilibrios. Un Poder Judicial subordinado al Ejecutivo destruye ese contrapeso y abre la puerta a decisiones motivadas más por intereses políticos que por criterios constitucionales.

Pero quizá el aspecto más delicado del proceso ha sido la forma en que se seleccionaron perfiles y candidaturas. Desde distintos sectores se denunció la intervención abierta del aparato gubernamental en la construcción de listas y apoyos. Los famosos “acordeones” —que orientaban el voto y marcaban líneas de respaldo político— terminaron por exhibir la enorme injerencia oficial en un proceso que supuestamente debía garantizar independencia.

Ahí radica una de las grandes paradojas de esta reforma: se prometió acercar la justicia al pueblo, pero el resultado ha sido una creciente percepción de control político sobre el Poder Judicial. Lejos de fortalecer la autonomía de los juzgadores, el modelo parece orientado a construir un sistema de lealtades.

En San Lázaro, incluso algunos legisladores oficialistas reconocen en privado que la reforma ha generado más problemas de los previstos. El aplazamiento de la segunda etapa electoral no responde únicamente a razones técnicas o presupuestales; también busca bajar la tensión política y evitar que el desgaste continúe creciendo rumbo a los procesos electorales de 2027.

Sin embargo, diferir la elección no resuelve el fondo del problema. El proceso seguirá siendo cuestionado mientras persista la percepción de que el Ejecutivo busca moldear un Poder Judicial a conveniencia. Cambiar fechas no modifica la naturaleza de una reforma cuya legitimidad ha sido severamente erosionada desde el arranque.

La oposición, consciente de ello, ha encontrado un punto de coincidencia poco común. Tanto el PRI como el PAN sostienen que la única salida viable es desmontar la reforma y abrir un nuevo debate nacional que permita construir un modelo judicial verdaderamente autónomo, profesional e imparcial. La pregunta es si el oficialismo estará dispuesto a reconocer el fracaso de una de sus apuestas más emblemáticas.

Porque más allá del discurso ideológico, los efectos comienzan a sentirse en la realidad económica y política del país. La incertidumbre jurídica impacta inversiones, afecta la confianza empresarial y deteriora la percepción internacional de México. Y eso, tarde o temprano, termina traduciéndose en menor crecimiento, menor empleo y mayores costos financieros.

Si el bloque gobernante realmente quisiera hacerle un favor al país, debería abrir la puerta a una revisión profunda de la reforma judicial. No para regresar intactos al modelo anterior, sino para construir uno que garantice independencia, profesionalismo y equilibrio de poderes. La justicia no puede funcionar bajo criterios de obediencia política.

Y más aún, los juzgados están colapsados por contar con jueces bisoños e ineptos, producto de la elección judicial.


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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.