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Desde San Lázaro. De la soberanía energética a la ruta de extinción. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

19 May 2026
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Desde San Lázaro. De la soberanía energética a la ruta de extinción. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/Pemex

La salida de Víctor Rodríguez Padilla de la dirección general de Petróleos Mexicanos confirma lo que desde hace meses era evidente, su incompetencia impactó en los mercados, a proveedores, al interior del propio gobierno y por supuesto de la misma empresa; la petrolera del Estado atraviesa una de las crisis más profundas de su historia y el relevo en la cúpula no garantiza, por sí mismo, una solución.

Rodríguez apenas permaneció un año y medio al frente de Pemex. Su gestión pasará a la historia como una de las más breves y accidentadas, marcada por la caída de la producción, el deterioro financiero, los accidentes operativos y un episodio que sintetizó la magnitud de la descomposición administrativa: el reconocimiento público de que sus propios subalternos no le informaron con veracidad sobre el derrame de petróleo ocurrido en el Golfo de México.

En cualquier empresa del mundo, admitir que el director general desconocía la verdadera dimensión de un desastre ambiental equivaldría a una confesión de incompetencia institucional. En Pemex, esa declaración confirmó que el control interno es precario, la comunicación está fracturada y la capacidad de reacción es insuficiente.

La presidenta ha decidido sustituirlo con Juan Carlos Carpio, un perfil eminentemente financiero, de formación tecnócrata y con cercanía política con la mandataria. Su principal activo es la confianza presidencial. Su principal debilidad, la falta de experiencia directa en la compleja operación petrolera.

Y no recibe una empresa en dificultades menores. Hereda una estructura al borde del colapso.

La producción de crudo ronda apenas 1.4 millones de barriles diarios, muy lejos de las metas oficiales y a gran distancia de los niveles que alguna vez convirtieron a México en potencia energética. La deuda con proveedores supera los 375 mil millones de pesos, ahogando a miles de empresas contratistas y afectando cadenas productivas enteras.

A ello se suma el repunte del robo de combustibles. Durante 2025, los piquetes a ductos crecieron 43 por ciento, generando pérdidas estimadas en 60 mil millones de pesos. Es decir, el huachicol, que fue presentado como un problema prácticamente resuelto al inicio del sexenio pasado, sigue siendo una hemorragia financiera y operativa.

Las refinerías tampoco ofrecen mejores noticias.

Explosiones, fugas, paros no programados y bajos niveles de utilización reflejan el deterioro acumulado de instalaciones que requieren inversiones millonarias y una disciplina técnica que ha sido sustituida por decisiones políticas. La promesa de autosuficiencia en combustibles se ha topado con una realidad incuestionable: refinar más no ha significado refinar mejor ni con rentabilidad.

Dos Bocas se mueve entre los percances mortales y la baja productividad.

En paralelo, los derrames y contingencias ambientales incrementan los costos reputacionales y legales de la empresa. Cada incidente erosiona la credibilidad de la narrativa oficial y confirma que la infraestructura opera bajo una presión cada vez mayor.

Juan Carlos Carpio tendrá la oportunidad de intentar un rescate, pero también el riesgo de convertirse en el tercer integrante de una trilogía que podría ser recordada como la que le dio la puntilla a Pemex: Octavio Romero Oropeza, Víctor Rodríguez Padilla y ahora Carpio.

Romero heredó una empresa debilitada, pero apostó por una estrategia centrada en la soberanía energética como consigna política e hizo de la corrupción su modus vivendi. Rodríguez profundizó la crisis con una administración errática y falta de control. Carpio deberá demostrar, en muy poco tiempo, si cuenta con la capacidad para corregir el rumbo o si será apenas otro administrador de la decadencia.

El problema de fondo es que Pemex ya no enfrenta únicamente una crisis coyuntural. Su modelo de negocio muestra signos estructurales de agotamiento.

La empresa arrastra una pesada carga fiscal y financiera, enfrenta yacimientos maduros, opera instalaciones envejecidas y compite en un mercado energético global cada vez más exigente. Mientras otras petroleras estatales se modernizan y diversifican, Pemex sigue subordinada a decisiones políticas de corto plazo.

Legisladores y analistas coinciden en que el cambio de director no resolverá por sí solo los problemas de endeudamiento, productividad y gobernanza. Se requiere una estrategia integral, con disciplina presupuestal, transparencia, inversión eficiente y decisiones técnicas libres de dogmas ideológicos.

La narrativa de la soberanía energética prometió rescatar a la petrolera y devolverle su papel protagónico. Lo que hoy se observa es una empresa con menor producción, mayores deudas, infraestructura deteriorada y creciente vulnerabilidad operativa.

Juan Carlos Carpio todavía puede cambiar el desenlace. Pero el reto es mayúsculo y está atrapado en ideas ideológicas de izquierda que piensan que la égida del Estado es la razón de ser de PEMEX.

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El apunte del director

  • El quinto partido está más cerca que nunca

    La Selección Mexicana de futbol se encuentra ante una oportunidad histórica. Después de que concluya la fase de grupos como líder de su sector tras imponerse con autoridad al representativo de Corea y de República Checa, el camino hacia el anhelado quinto partido luce más despejado que en cualquier otra Copa del Mundo.

    Durante décadas, el famoso "quinto partido" se convirtió en una especie de maldición para el futbol mexicano. Generaciones enteras de jugadores se quedaron a las puertas de romper esa barrera psicológica y deportiva que ha perseguido al Tricolor desde que se instauró el actual formato de competencia. Sin embargo, el Mundial de 2026 ofrece condiciones inéditas que pueden cambiar la historia.

    Hay que considerar para este apunte que, al ser 48 selecciones, pues el quinto partido en realidad sería el cuarto con menos equipos.

    Terminar en el primer lugar del grupo no es un detalle menor. Significa evitar en la siguiente ronda a una potencia mundial y enfrentar a un tercer lugar clasificado, un rival que, al menos en el papel, tendría menor jerarquía futbolística. Pero existe otro factor que juega a favor de México y que podría resultar determinante: la localía.

    El Estadio Azteca volverá a convertirse en el escenario de las grandes gestas nacionales. El Coloso de Santa Úrsula no es un estadio cualquiera. Su historia, su ambiente y sus más de dos mil metros de altitud sobre el nivel del mar representan una ventaja competitiva que pocas selecciones pueden presumir. Ahí han sufrido campeones del mundo, ahí se han escrito páginas legendarias del futbol internacional y ahí la Selección Mexicana suele multiplicar su rendimiento.

    Si los pronósticos se cumplen y México supera con éxito la ronda de eliminación directa frente al tercer lugar clasificado, el tan esperado quinto partido también se disputaría en el Azteca. Nuevamente, el Tricolor tendría de su lado a más de 80 mil aficionados convertidos en un auténtico jugador número doce, además de unas condiciones climáticas y geográficas que suelen incomodar a los visitantes.

    Por supuesto, a partir de los cuartos de final ya no existen rivales sencillos. Del otro lado aparecería una selección de primer nivel, una potencia acostumbrada a disputar las instancias definitivas de los mundiales. Sin embargo, incluso esos gigantes tendrían que enfrentar la presión de un estadio volcado completamente a favor del equipo mexicano y adaptarse a una altitud que históricamente ha sido un factor determinante.

    La ilusión, por primera vez en mucho tiempo, parece sustentarse en argumentos deportivos y no solamente en el entusiasmo de la afición. México ha mostrado orden táctico, personalidad y una generación de futbolistas que entiende la trascendencia de jugar un Mundial en casa. Además, el cuerpo técnico ha sabido gestionar la presión y aprovechar las ventajas que ofrece ser anfitrión.

    Por ello, no resulta exagerado pensar que el famoso quinto partido está al alcance de la mano. Más aún, existen condiciones reales para creer que el Tricolor puede ir más allá y buscar el sexto encuentro, una hazaña que colocaría a esta generación en el sitio más alto de la historia del futbol mexicano.

    El sueño ya no parece una utopía. El Azteca está listo, la afición está entregada y la Selección tiene el destino en sus manos. La oportunidad es inmejorable. Ahora corresponde al Tricolor convertir la ilusión de millones de mexicanos en una realidad que el país ha esperado durante décadas.