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Desde San Lázaro. Reforma judicial y revocación de mandato; farsas de la 4T. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

20 May 2026
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Desde San Lázaro. Reforma judicial y revocación de mandato; farsas de la 4T. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/Claudiashein

La Cuarta Transformación ha perfeccionado un método político tan eficaz como peligroso: presentar como avances democráticos lo que en realidad son mecanismos del autoritarismo. Bajo el discurso de “darle voz al pueblo”, el oficialismo ha impulsado reformas que, lejos de fortalecer a las instituciones, las subordinan a los intereses del gobierno de la autollamada 4T.

Dos ejemplos ilustran con claridad esta estrategia: la reforma judicial y la revocación de mandato.

Ambas fueron vendidas como instrumentos de participación ciudadana y democratización. En los hechos, se han convertido en farsas cuidadosamente diseñadas para consolidar el predominio del partido gobernante y debilitar los contrapesos constitucionales.

La reforma judicial es, quizá, el caso más delicado.

Con el argumento de combatir privilegios y acercar la justicia al pueblo, el oficialismo impulsó la elección popular de jueces, magistrados y ministros. Sobre el papel suena atractivo. En la práctica, ha representado un grave riesgo para la independencia judicial.

La impartición de justicia requiere preparación técnica, autonomía y protección frente a presiones políticas. Un juez no debe resolver con base en la popularidad, sino conforme a la Constitución y las leyes. Someter su designación a campañas electorales y a la influencia de estructuras partidistas significa politizar la justicia.

Y eso es exactamente lo que ocurrió.

La llamada elección de jueces estuvo marcada por la operación de los célebres “acordeones”: listas distribuidas para inducir el voto por candidatos afines al régimen. En vez de un proceso genuinamente ciudadano, lo que se observó fue una movilización diseñada para garantizar el control del Poder Judicial.

El resultado es una señal preocupante para los mercados, para los inversionistas y para cualquier persona que dependa de tribunales imparciales para defender sus derechos.

Cuando el Poder Judicial deja de ser un contrapeso y se convierte en un apéndice del Ejecutivo, se debilita el Estado de derecho. Y cuando no existe certeza jurídica, la inversión se retrae, los proyectos se posponen y la economía resiente el impacto.

Ningún empresario serio quiere arriesgar su capital en un país donde los jueces puedan responder más a intereses políticos que a la ley.

La otra gran simulación es la revocación de mandato.

En teoría, se trata de un instrumento para que la ciudadanía retire anticipadamente a un gobernante que ha perdido la confianza popular. En la práctica mexicana, ha sido transformado en una herramienta propagandística para ratificar al presidente.

El mecanismo es tan absurdo como inútil.

Los propios simpatizantes del oficialismo recaban las firmas necesarias para solicitar la consulta. Después, la maquinaria gubernamental y partidista moviliza a sus bases para acudir a las urnas y votar porque el mandatario continúe en el cargo.

Es decir, quienes promueven el proceso son los mismos que aseguran su resultado.

Un tongo digno del Óscar.

Lejos de constituir un control ciudadano, la revocación de mandato se convierte en un ejercicio de autoafirmación política financiado con recursos públicos y utilizado para medir la capacidad de movilización del partido en el poder.

Este modelo no es nuevo en América Latina.

Regímenes como los de Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela utilizaron mecanismos plebiscitarios para legitimar su permanencia y erosionar gradualmente los contrapesos democráticos. La consulta, en lugar de limitar al poder, terminó fortaleciendo al líder.

Cuando se combinan consultas diseñadas para la ratificación del gobernante con un Poder Judicial subordinado al Ejecutivo, el sistema democrático pierde equilibrio. El presidente concentra cada vez más facultades y las instituciones dejan de funcionar como auténticos contrapesos.

La democracia se diluye entre las manos de una incipiente autocracia a la mexicana.

La democracia no se consolida con elecciones tramposas, sino con reglas que impidan el abuso del poder. Un Poder Judicial independiente y mecanismos de rendición de cuentas auténticamente ciudadanos son indispensables para preservar las libertades.

Ni la reforma judicial ni la revocación de mandato cumplen ese objetivo.

La primera pone en riesgo la autonomía de los jueces. La segunda convierte un supuesto instrumento ciudadano en una plataforma de propaganda política.

Ambas figuras deberían revisarse a fondo y, de ser necesario, derogarse.

México necesita instituciones sólidas, no simulaciones costosas; contrapesos reales, no plebiscitos a modo; justicia imparcial, no tribunales sometidos al poder político.

Si de verdad se quiere fortalecer el régimen democrático y el Estado de derecho, el camino no pasa por mecanismos diseñados para concentrar poder, sino por restablecer la autonomía de las instituciones.

Porque cuando la democracia se convierte en espectáculo y los contrapesos son domesticados, el país deja de avanzar hacia una república de leyes y comienza a transitar hacia un sistema donde el poder se perpetúa bajo la apariencia de legitimidad popular.

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El apunte del director

  • El quinto partido está más cerca que nunca

    La Selección Mexicana de futbol se encuentra ante una oportunidad histórica. Después de que concluya la fase de grupos como líder de su sector tras imponerse con autoridad al representativo de Corea y de República Checa, el camino hacia el anhelado quinto partido luce más despejado que en cualquier otra Copa del Mundo.

    Durante décadas, el famoso "quinto partido" se convirtió en una especie de maldición para el futbol mexicano. Generaciones enteras de jugadores se quedaron a las puertas de romper esa barrera psicológica y deportiva que ha perseguido al Tricolor desde que se instauró el actual formato de competencia. Sin embargo, el Mundial de 2026 ofrece condiciones inéditas que pueden cambiar la historia.

    Hay que considerar para este apunte que, al ser 48 selecciones, pues el quinto partido en realidad sería el cuarto con menos equipos.

    Terminar en el primer lugar del grupo no es un detalle menor. Significa evitar en la siguiente ronda a una potencia mundial y enfrentar a un tercer lugar clasificado, un rival que, al menos en el papel, tendría menor jerarquía futbolística. Pero existe otro factor que juega a favor de México y que podría resultar determinante: la localía.

    El Estadio Azteca volverá a convertirse en el escenario de las grandes gestas nacionales. El Coloso de Santa Úrsula no es un estadio cualquiera. Su historia, su ambiente y sus más de dos mil metros de altitud sobre el nivel del mar representan una ventaja competitiva que pocas selecciones pueden presumir. Ahí han sufrido campeones del mundo, ahí se han escrito páginas legendarias del futbol internacional y ahí la Selección Mexicana suele multiplicar su rendimiento.

    Si los pronósticos se cumplen y México supera con éxito la ronda de eliminación directa frente al tercer lugar clasificado, el tan esperado quinto partido también se disputaría en el Azteca. Nuevamente, el Tricolor tendría de su lado a más de 80 mil aficionados convertidos en un auténtico jugador número doce, además de unas condiciones climáticas y geográficas que suelen incomodar a los visitantes.

    Por supuesto, a partir de los cuartos de final ya no existen rivales sencillos. Del otro lado aparecería una selección de primer nivel, una potencia acostumbrada a disputar las instancias definitivas de los mundiales. Sin embargo, incluso esos gigantes tendrían que enfrentar la presión de un estadio volcado completamente a favor del equipo mexicano y adaptarse a una altitud que históricamente ha sido un factor determinante.

    La ilusión, por primera vez en mucho tiempo, parece sustentarse en argumentos deportivos y no solamente en el entusiasmo de la afición. México ha mostrado orden táctico, personalidad y una generación de futbolistas que entiende la trascendencia de jugar un Mundial en casa. Además, el cuerpo técnico ha sabido gestionar la presión y aprovechar las ventajas que ofrece ser anfitrión.

    Por ello, no resulta exagerado pensar que el famoso quinto partido está al alcance de la mano. Más aún, existen condiciones reales para creer que el Tricolor puede ir más allá y buscar el sexto encuentro, una hazaña que colocaría a esta generación en el sitio más alto de la historia del futbol mexicano.

    El sueño ya no parece una utopía. El Azteca está listo, la afición está entregada y la Selección tiene el destino en sus manos. La oportunidad es inmejorable. Ahora corresponde al Tricolor convertir la ilusión de millones de mexicanos en una realidad que el país ha esperado durante décadas.