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Desde San Lázaro. “Somos lo mismo” Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

26 May 2026
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Desde San Lázaro. “Somos lo mismo” Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com

“Somos lo mismo, somos el mismo proyecto”. La frase pronunciada por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo no deja espacio para interpretaciones: el obradorismo no terminó con la salida de Andrés Manuel López Obrador de Palacio Nacional. Sigue vivo, operando, definiendo decisiones y marcando la ruta política del actual gobierno.

La continuidad no solamente se refleja en el discurso. También está presente en las formas, en la connivencia, en las estrategias de movilización y en la narrativa de confrontación permanente que caracterizó al sexenio anterior.

La presidenta ha decidido celebrar el segundo aniversario de su triunfo electoral con concentraciones masivas en las 32 entidades del país, replicando el estilo de movilización política que durante años utilizó López Obrador para medir fuerza, cohesionar estructuras y enviar mensajes de poder.

No se trata únicamente de una celebración partidista.

El objetivo es exhibir músculo político, llenar plazas con miles de acarreados y con ello mandar una señal tanto al interior del país como al exterior, particularmente a la Casa Blanca en Washington: la Cuarta Transformación mantiene respaldo popular y capacidad de movilización territorial.

El problema es que esa narrativa dista de reflejar la realidad completa del país.

México sigue profundamente polarizado. Más de la mitad de los mexicanos no comparte muchas de las decisiones, posturas o reformas impulsadas por el oficialismo. Incluso entre beneficiarios de programas sociales existe creciente inconformidad por temas como inseguridad, crisis económica, deterioro institucional y falta de resultados en áreas clave.

Los programas asistenciales han consolidado una base electoral importante para Morena, pero eso no significa unanimidad social ni respaldo absoluto.

Sin embargo, el obradorato entiende perfectamente el valor político de la imagen pública.

Las plazas llenas, las concentraciones multitudinarias y los eventos masivos forman parte de una estrategia diseñada para proyectar fortaleza frente a adversarios internos y externos. Y hoy, el principal frente externo se encuentra en Washington.

La relación con el gobierno de Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más tensos.

El fracaso de la reunión celebrada la semana pasada en Palacio Nacional entre la mandataria mexicana y Markwayne Mullin, el director de Homeland Segurity, avivó la postura estadounidense contra su contraparte mexicana y ello provocará de inmediato, nuevas listas de narcopolíticos mexicanos que saldrán a la luz, además de los 10 de Sinaloa.

Las investigaciones abiertas en cortes estadounidenses contra personajes vinculados con Morena han elevado la presión política sobre el gobierno mexicano. Particularmente delicado resulta el caso de los llamados “narcopolíticos” de Sinaloa, encabezados por el gobernador con licencia Rubén Rocha Moya y otros funcionarios y exfuncionarios señalados por autoridades norteamericanas.

Ahí es donde la continuidad del obradorato se vuelve más evidente.

Lejos de marcar distancia o permitir investigaciones independientes, la presidenta ha asumido una defensa política frontal de Rocha Moya y del senador Enrique Inzunza Cázarez, incluso después de que dos de los implicados – el general retirado Gerardo Mérida y Enrique Diaz Vega-  decidieran entregarse a autoridades estadounidenses para buscar beneficios judiciales como testigos protegidos.

La lógica política parece clara: proteger a los cuadros del movimiento para evitar que las investigaciones escalen hacia niveles superiores del obradorato.

Y ahí es donde surge la sospecha que comienza a recorrer los pasillos de San Lázaro.

Porque la intensidad de la defensa presidencial genera inevitablemente preguntas incómodas. ¿Por qué asumir un costo político tan elevado por personajes bajo investigación? ¿Por qué desgastar al gobierno defendiendo a funcionarios señalados por cortes extranjeras?

La respuesta que muchos opositores sugieren es contundente: porque el objetivo real sería blindar no solamente a los acusados actuales, sino también al legado político del sexenio anterior.

La presidenta parece dispuesta a pagar el costo político que implique proteger a su antecesor y evitar que las investigaciones estadounidenses terminen salpicando al círculo más cercano del expresidente.

Y ese costo puede ser enorme.

En Washington entienden perfectamente que las investigaciones relacionadas con la narcopolítica mexicana tienen un enorme potencial en las elecciones intermedias de noviembre próximo.

Los legisladores oficialistas saben que el obradorismo sigue siendo el eje rector del poder. Claudia Sheinbaum gobierna, sí, pero bajo la enorme sombra política de López Obrador.

Las decisiones estratégicas, las movilizaciones masivas, la confrontación con organismos internacionales y la defensa cerrada del movimiento reflejan una continuidad absoluta.

No hay ruptura. No hay deslinde.

Y mientras la presidenta mantenga la decisión de proteger a lo más pestilente del movimiento político que representa, incluso frente a investigaciones internacionales, el costo político podría crecer peligrosamente para una administración que prometió continuidad, pero que ahora enfrenta el riesgo de cargar también con los pasivos más oscuros del sexenio anterior.

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El apunte del director

  • El quinto partido está más cerca que nunca

    La Selección Mexicana de futbol se encuentra ante una oportunidad histórica. Después de que concluya la fase de grupos como líder de su sector tras imponerse con autoridad al representativo de Corea y de República Checa, el camino hacia el anhelado quinto partido luce más despejado que en cualquier otra Copa del Mundo.

    Durante décadas, el famoso "quinto partido" se convirtió en una especie de maldición para el futbol mexicano. Generaciones enteras de jugadores se quedaron a las puertas de romper esa barrera psicológica y deportiva que ha perseguido al Tricolor desde que se instauró el actual formato de competencia. Sin embargo, el Mundial de 2026 ofrece condiciones inéditas que pueden cambiar la historia.

    Hay que considerar para este apunte que, al ser 48 selecciones, pues el quinto partido en realidad sería el cuarto con menos equipos.

    Terminar en el primer lugar del grupo no es un detalle menor. Significa evitar en la siguiente ronda a una potencia mundial y enfrentar a un tercer lugar clasificado, un rival que, al menos en el papel, tendría menor jerarquía futbolística. Pero existe otro factor que juega a favor de México y que podría resultar determinante: la localía.

    El Estadio Azteca volverá a convertirse en el escenario de las grandes gestas nacionales. El Coloso de Santa Úrsula no es un estadio cualquiera. Su historia, su ambiente y sus más de dos mil metros de altitud sobre el nivel del mar representan una ventaja competitiva que pocas selecciones pueden presumir. Ahí han sufrido campeones del mundo, ahí se han escrito páginas legendarias del futbol internacional y ahí la Selección Mexicana suele multiplicar su rendimiento.

    Si los pronósticos se cumplen y México supera con éxito la ronda de eliminación directa frente al tercer lugar clasificado, el tan esperado quinto partido también se disputaría en el Azteca. Nuevamente, el Tricolor tendría de su lado a más de 80 mil aficionados convertidos en un auténtico jugador número doce, además de unas condiciones climáticas y geográficas que suelen incomodar a los visitantes.

    Por supuesto, a partir de los cuartos de final ya no existen rivales sencillos. Del otro lado aparecería una selección de primer nivel, una potencia acostumbrada a disputar las instancias definitivas de los mundiales. Sin embargo, incluso esos gigantes tendrían que enfrentar la presión de un estadio volcado completamente a favor del equipo mexicano y adaptarse a una altitud que históricamente ha sido un factor determinante.

    La ilusión, por primera vez en mucho tiempo, parece sustentarse en argumentos deportivos y no solamente en el entusiasmo de la afición. México ha mostrado orden táctico, personalidad y una generación de futbolistas que entiende la trascendencia de jugar un Mundial en casa. Además, el cuerpo técnico ha sabido gestionar la presión y aprovechar las ventajas que ofrece ser anfitrión.

    Por ello, no resulta exagerado pensar que el famoso quinto partido está al alcance de la mano. Más aún, existen condiciones reales para creer que el Tricolor puede ir más allá y buscar el sexto encuentro, una hazaña que colocaría a esta generación en el sitio más alto de la historia del futbol mexicano.

    El sueño ya no parece una utopía. El Azteca está listo, la afición está entregada y la Selección tiene el destino en sus manos. La oportunidad es inmejorable. Ahora corresponde al Tricolor convertir la ilusión de millones de mexicanos en una realidad que el país ha esperado durante décadas.