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Desde San Lázaro. El miedo no anda en burro. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

05 Jun 2026
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Desde San Lázaro. El miedo no anda en burro. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/lopezobrador_

En política, pocas cosas delatan más que la necesidad de anticiparse a los acontecimientos. Cuando un actor político siente la necesidad de explicar lo que nadie le ha preguntado, justificar lo que nadie le ha imputado o defenderse de acusaciones que formalmente aún no existen, es porque algo se mueve bajo la superficie.

Por eso llamó la atención la reciente carta pública difundida por Andrés Manuel López Obrador. Más allá de su contenido, el momento elegido para hacerla pública resulta particularmente significativo. La misiva apareció en medio de una creciente tensión en la relación bilateral entre México y Estados Unidos, justo cuando diversos temas relacionados con seguridad, narcotráfico y presuntos vínculos entre organizaciones criminales y actores políticos mexicanos ocupan espacios relevantes en la agenda pública.

El texto, lejos de contribuir a disminuir la tensión, agrega más combustible a una relación que atraviesa momentos delicados.

No puede ignorarse que en Estados Unidos existen investigaciones abiertas relacionadas con organizaciones criminales mexicanas y sus redes de protección política. Tampoco puede soslayarse que diversos personajes de la vida pública nacional han sido objeto de señalamientos por testigos protegidos, por filtraciones o versiones periodísticas sobre supuestos nexos con grupos delictivos. Hasta ahora, una cosa son las acusaciones y otra muy distinta las pruebas judiciales, aunque la jueza federal de Nueva York, Katherine Polk, aseveró que la evidencia presentada en el proceso contra el general Mérida es extensa.  Sin embargo, el tema ha comenzado a ocupar espacios cada vez más importantes en la conversación bilateral.

En ese contexto, la carta del exmandatario parece formar parte de una narrativa política que busca colocar el debate en el terreno de la soberanía nacional e injerencia en el proceso electoral de México, antes que en el de las posibles responsabilidades individuales.

La coincidencia con el discurso pronunciado recientemente por la presidenta Claudia Sheinbaum no pasa inadvertida. Ambos mensajes comparten una misma línea argumentativa: advertir sobre presuntas injerencias externas, defender la soberanía y rechazar cualquier intento extranjero de influir en asuntos internos del país.

El problema es que el verdadero debate no gira alrededor de la soberanía, sino de la seguridad y la justicia.

Porque la soberanía nacional no la vulnera una investigación judicial realizada por otro país dentro de su jurisdicción legal. La soberanía la vulneran los grupos criminales que controlan territorios completos, imponen reglas a comunidades enteras, desafían a las autoridades legítimas y construyen redes de complicidad dentro de las instituciones públicas.

Son los criminales quienes atentan contra el Estado mexicano.

Y si existieran funcionarios públicos que colaboraron con ellos, serían esos actos de corrupción y complicidad los que representarían una traición a la confianza ciudadana y una agresión directa a la soberanía del país.

Por ello resulta cuestionable que el oficialismo pretenda envolverse en el lábaro patrio para convertir cualquier cuestionamiento en un supuesto ataque contra México. La defensa de la nación no puede confundirse con la defensa de personas, partidos o proyectos políticos.

Si existen investigaciones serias, deben llegar hasta sus últimas consecuencias.

Si no existen pruebas, corresponde a las autoridades demostrarlo mediante procedimientos transparentes y creíbles.

Lo que no resulta aceptable es utilizar el nacionalismo como escudo preventivo frente a eventuales responsabilidades individuales.

La situación adquiere mayor relevancia porque la credibilidad institucional se encuentra bajo presión. Cada vez que una investigación relevante parece avanzar con lentitud o cada vez que las explicaciones oficiales generan más dudas que certezas, se fortalece la percepción de que el sistema político protege a determinados personajes.

La presidenta Sheinbaum enfrenta el enorme desafío de demostrar que su administración está comprometida con el Estado de derecho sin importar colores partidistas ni lealtades políticas. La exigencia ciudadana es clara: quien haya cometido delitos debe responder ante la justicia, independientemente de su cargo, influencia o cercanía con el poder.

Lo contrario alimentaría la sospecha de que existe una justicia selectiva.

Lo paradójico es que el mayor problema para la autollamada Cuarta Transformación no parece provenir de la oposición ni de actores externos. El desgaste más profundo surge de los errores, contradicciones y decisiones de algunos de sus propios integrantes.

Las crisis políticas más severas suelen producirse cuando los proyectos comienzan a ser erosionados desde dentro. Ninguna fuerza política está exenta de ello.

Por eso el oficialismo enfrenta hoy una prueba decisiva. No basta con denunciar conspiraciones, injerencias o campañas mediáticas. Lo que “el pueblo” demanda son resultados concretos, investigaciones creíbles y una aplicación imparcial de la ley.

Porque al final, los ciudadanos distinguen perfectamente entre la defensa de la soberanía nacional y la defensa de intereses políticos particulares.

El temor ya desbordó a la inteligencia, la ecuanimidad y la visión de Estado. Lamentable papel del gobierno mexicano al proteger a criminales.


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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.