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Desde San Lázaro. Campañas eternas, árbitros vendidos. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

03 Ago 2026
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Desde San Lázaro. Campañas eternas, árbitros vendidos. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/INEMexico

Mientras continúen los actos anticipados de campaña, como el registro iniciado desde el pasado 22 de junio de los aspirantes a coordinadores de la defensa de la transformación de Morena, el Instituto Nacional Electoral podrá emitir todos los exhortos y llamados que quiera, pero sus advertencias carecen de credibilidad. El organismo encabezado por Guadalupe Taddei ha dejado la percepción de ser un árbitro firme e imparcial para convertirse, a los ojos de amplios sectores de la opinión pública, en un acompañante complaciente del oficialismo. Y cuando el árbitro parece inclinar la balanza hacia uno de los contendientes, el principio del piso parejo se desvanece y la democracia pierde legitimidad.

La legislación electoral mexicana fue diseñada precisamente para evitar campañas permanentes. El objetivo era impedir que quienes ostentan el poder utilizaran recursos políticos, mediáticos y de exposición pública durante meses o incluso años para obtener una ventaja indebida sobre sus adversarios. Por ello, las campañas para las gubernaturas tienen una duración máxima de 60 días previos a la jornada electoral. Sin embargo, los hechos demuestran que esa disposición ha quedado reducida a letra muerta.

Los aspirantes de Morena han comenzado un largo recorrido por las entidades federativas bajo la figura de "coordinadores de la defensa de la transformación", un eufemismo que intenta disfrazar lo que, en los hechos, son auténticas precampañas. Si el proceso arrancó el 22 de junio y la elección se celebrará dentro de casi un año, el país presencia campañas de alrededor de 346 días, casi seis veces más largas de lo permitido por la legislación. Es decir, la excepción terminó convirtiéndose en la regla.

La responsabilidad de este deterioro institucional no recae únicamente en Morena. También alcanza al INE y al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, instituciones llamadas precisamente a hacer cumplir la ley sin distingos partidistas. Cuando ambas autoridades toleran mecanismos que evidentemente buscan eludir las prohibiciones legales, envían un mensaje demoledor: la norma puede ser burlada siempre y cuando exista creatividad política para cambiarle el nombre a las campañas.

Lo más preocupante es que la simulación se ha normalizado. Nadie cree que esos recorridos sean simples ejercicios de organización partidista. Nadie ignora que las entrevistas, los mítines, las reuniones con estructuras territoriales y la promoción sistemática en redes sociales tienen un propósito eminentemente electoral. Cambia el nombre, pero no la esencia.

Ante ese escenario, la oposición tampoco permanecerá inmóvil. Acción Nacional y el PRI han comenzado a mover sus propias piezas, conscientes de que competir respetando estrictamente los tiempos legales equivaldría a regalar meses de ventaja al oficialismo. La consecuencia es inevitable: todos adelantan sus procesos y México entra formalmente en una dinámica de campañas políticas prácticamente permanentes.

El problema es mucho más profundo que una simple disputa entre partidos. Cuando la clase política vive en campaña durante casi todo el sexenio, deja de gobernar para comenzar a administrar expectativas electorales. Los congresistas privilegian la promoción personal sobre el trabajo legislativo; los gobernadores recorren municipios pensando en la siguiente elección; los alcaldes inauguran obras con fines propagandísticos; los funcionarios públicos dedican buena parte de su tiempo a fortalecer proyectos políticos en lugar de resolver problemas públicos.

Mientras los aspirantes recorren el país buscando simpatías, los grandes desafíos nacionales pasan a un segundo plano. La inseguridad continúa golpeando amplias regiones del territorio; el crecimiento económico sigue sin alcanzar el ritmo que demanda la generación de empleos; los sistemas de salud y educación enfrentan enormes rezagos; Pemex mantiene severos problemas financieros; la relación con Estados Unidos atraviesa momentos de alta tensión y la inversión permanece condicionada por un clima de incertidumbre jurídica y política.

Sin embargo, esas prioridades parecen perder importancia frente a la lógica electoral permanente. La política deja de ser un instrumento para resolver problemas y se convierte en una competencia ininterrumpida por conservar o conquistar el poder.

Quizá el mayor daño no sea jurídico, sino institucional. Cada proceso adelantado que queda impune erosiona un poco más la confianza ciudadana en las autoridades electorales. Si la ley sólo se aplica a unos y se interpreta con flexibilidad para otros, la percepción de imparcialidad desaparece. Y una democracia sin árbitros confiables termina convirtiéndose en una competencia donde los resultados son cuestionados incluso antes de que inicie formalmente la contienda.

México necesita autoridades electorales que hagan valer la ley con el mismo rigor para todos los partidos, sin importar quién gobierne. De lo contrario, las campañas dejarán de durar 60 días para extenderse prácticamente durante todo el ciclo político, con el enorme costo que ello implica para la gobernabilidad, la rendición de cuentas y la atención de los problemas que verdaderamente preocupan a los ciudadanos.

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El apunte del director

  • El quinto partido está más cerca que nunca

    La Selección Mexicana de futbol se encuentra ante una oportunidad histórica. Después de que concluya la fase de grupos como líder de su sector tras imponerse con autoridad al representativo de Corea y de República Checa, el camino hacia el anhelado quinto partido luce más despejado que en cualquier otra Copa del Mundo.

    Durante décadas, el famoso "quinto partido" se convirtió en una especie de maldición para el futbol mexicano. Generaciones enteras de jugadores se quedaron a las puertas de romper esa barrera psicológica y deportiva que ha perseguido al Tricolor desde que se instauró el actual formato de competencia. Sin embargo, el Mundial de 2026 ofrece condiciones inéditas que pueden cambiar la historia.

    Hay que considerar para este apunte que, al ser 48 selecciones, pues el quinto partido en realidad sería el cuarto con menos equipos.

    Terminar en el primer lugar del grupo no es un detalle menor. Significa evitar en la siguiente ronda a una potencia mundial y enfrentar a un tercer lugar clasificado, un rival que, al menos en el papel, tendría menor jerarquía futbolística. Pero existe otro factor que juega a favor de México y que podría resultar determinante: la localía.

    El Estadio Azteca volverá a convertirse en el escenario de las grandes gestas nacionales. El Coloso de Santa Úrsula no es un estadio cualquiera. Su historia, su ambiente y sus más de dos mil metros de altitud sobre el nivel del mar representan una ventaja competitiva que pocas selecciones pueden presumir. Ahí han sufrido campeones del mundo, ahí se han escrito páginas legendarias del futbol internacional y ahí la Selección Mexicana suele multiplicar su rendimiento.

    Si los pronósticos se cumplen y México supera con éxito la ronda de eliminación directa frente al tercer lugar clasificado, el tan esperado quinto partido también se disputaría en el Azteca. Nuevamente, el Tricolor tendría de su lado a más de 80 mil aficionados convertidos en un auténtico jugador número doce, además de unas condiciones climáticas y geográficas que suelen incomodar a los visitantes.

    Por supuesto, a partir de los cuartos de final ya no existen rivales sencillos. Del otro lado aparecería una selección de primer nivel, una potencia acostumbrada a disputar las instancias definitivas de los mundiales. Sin embargo, incluso esos gigantes tendrían que enfrentar la presión de un estadio volcado completamente a favor del equipo mexicano y adaptarse a una altitud que históricamente ha sido un factor determinante.

    La ilusión, por primera vez en mucho tiempo, parece sustentarse en argumentos deportivos y no solamente en el entusiasmo de la afición. México ha mostrado orden táctico, personalidad y una generación de futbolistas que entiende la trascendencia de jugar un Mundial en casa. Además, el cuerpo técnico ha sabido gestionar la presión y aprovechar las ventajas que ofrece ser anfitrión.

    Por ello, no resulta exagerado pensar que el famoso quinto partido está al alcance de la mano. Más aún, existen condiciones reales para creer que el Tricolor puede ir más allá y buscar el sexto encuentro, una hazaña que colocaría a esta generación en el sitio más alto de la historia del futbol mexicano.

    El sueño ya no parece una utopía. El Azteca está listo, la afición está entregada y la Selección tiene el destino en sus manos. La oportunidad es inmejorable. Ahora corresponde al Tricolor convertir la ilusión de millones de mexicanos en una realidad que el país ha esperado durante décadas.