¿Estará Omar García Harfuch preparado para asumir responsabilidades políticas de mayor nivel que la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana? La pregunta dejó de ser una simple especulación de café después de lo ocurrido en Buenos Aires, donde el poderoso director de la DEA, Terrance Cole, prácticamente llenó de elogios al funcionario mexicano frente a representantes de más de cien países reunidos en la Conferencia Internacional para el Control de Drogas.
Cole llamó a Harfuch “socio de confianza” y “buen amigo”, reconoció su liderazgo, valentía y colaboración y recordó incluso que sobrevivió al atentado perpetrado en su contra en junio de 2020 y regresó a cumplir con sus responsabilidades públicas.
Este epíteto de halagos, provienen del director de la agencia antidrogas estadounidense en momentos particularmente complicados de la relación entre México y Estados Unidos.
Y eso tiene enorme valor político.
En Buenos Aires, el secretario mexicano presentó resultados que fortalecen su posición: habló de 63 mil 500 detenidos por delitos de alto impacto, 32 mil 800 armas aseguradas y 518 toneladas de drogas decomisadas durante la actual administración. También destacó el intercambio de inteligencia prácticamente en tiempo real con las agencias estadounidenses y la cooperación entre la Unidad de Inteligencia Financiera y la OFAC para perseguir las estructuras financieras del crimen organizado.
Más allá de la discusión que necesariamente debe darse sobre las cifras oficiales de homicidios y su metodología, resulta evidente que la política de seguridad de Claudia Sheinbaum es sustancialmente diferente a la aplicada durante el sexenio anterior.
Ahora se detiene a criminales, se realizan operativos, se decomisan armas y drogas y se golpean estructuras financieras.
Y el rostro de esa estrategia se llama Omar García Harfuch.
Hay Que recordar que Harfuch quiso convertirse en candidato de Morena a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México en 2023 y ganó claramente la encuesta interna: obtuvo 40.5 por ciento de las preferencias contra 26.7 por ciento de Clara Brugada, pero no fue el candidato. La aplicación del criterio de paridad de género terminó colocando a Brugada en la candidatura y Harfuch aceptó la decisión sin romper con Morena, sin confrontarse públicamente con Andrés Manuel López Obrador y sin provocar una crisis interna.
Esa disciplina política también cuenta.
Porque desde entonces quedó demostrado algo que sus adversarios internos difícilmente pueden ignorar: Harfuch tiene posibilidades electorales.
Dentro de Morena existen sectores radicales que nunca lo han visto con buenos ojos. Harfuch no pertenece al núcleo histórico de la izquierda partidista, no proviene de las luchas sociales que dieron origen al movimiento y representa un perfil institucional, policiaco y pragmático muy diferente al de los cuadros tradicionales de la 4T.
Sin embargo, tiene algo que muchos de sus detractores internos no poseen: capacidad, resultados, exposición nacional, reconocimiento ciudadano, interlocución con Estados Unidos y, sobre todo, la confianza absoluta de Claudia Sheinbaum.
Esa última condición es fundamental.
Harfuch ha demostrado una lealtad prácticamente irrestricta hacia la Presidenta. No construye públicamente un proyecto paralelo, evita protagonizar confrontaciones políticas y concentra sus apariciones en los asuntos relacionados con seguridad.
Pero precisamente ese comportamiento fortalece su capital político.
Mientras otros personajes de Morena aparecen constantemente involucrados en escándalos, disputas internas, declaraciones desafortunadas o luchas por candidaturas, Harfuch construye una imagen basada esencialmente en resultados.
¿Qué sigue para Omar García Harfuch?
La Secretaría de Gobernación podría ser eventualmente una posibilidad, pero existe otra posibilidad que seguramente incomodará muchísimo a los sectores radicales de Morena.
La Presidencia de la República.
Faltan cuatro años para 2030 y hablar ahora de candidatos presidenciales parecería prematuro si no fuera porque en México las sucesiones comienzan prácticamente desde el momento en que toma posesión un presidente.
Harfuch tendría entonces 48 años.
No significa que Omar tenga asegurado absolutamente nada.
Cuatro años constituyen una eternidad política y la seguridad pública es posiblemente la responsabilidad más peligrosa del gobierno mexicano. Un acontecimiento de alto impacto puede destruir en días el prestigio acumulado durante años.
Estados Unidos parece haber encontrado en Harfuch un interlocutor confiable en México y Claudia Sheinbaum tiene en él a uno de sus funcionarios políticamente más rentables.
Por eso los radicales de Morena deberían comenzar a acostumbrarse a una realidad incómoda: aquel policía al que no querían como candidato a jefe de Gobierno puede terminar convertido en uno de los personajes más fuertes del sexenio y el principal del que viene.
