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Desde San Lázaro. Monitoreo electoral de la libertad de expresión. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

27 Ago 2026
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Desde San Lázaro. Monitoreo electoral de la libertad de expresión. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/TEPJF_informa

Con la salida de Mónica Soto de la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación se cierra una etapa controvertida en la máxima autoridad jurisdiccional electoral del país. La magistrada presentó su renuncia el pasado 17 de agosto y ésta tendrá efectos a partir del 31 del mismo mes, después de que la Comisión Permanente la aprobara por 26 votos a favor, cinco en contra y cinco abstenciones. Su gestión quedará inevitablemente sometida al juicio público por decisiones que la oposición consideró favorables al oficialismo y que alimentaron durante años la percepción de una justicia electoral muy cercana al poder.

Ahora, sin embargo, el Tribunal Electoral enfrenta una prueba que puede resultar todavía más trascendente: decidir hasta dónde puede llegar el Instituto Nacional Electoral en el monitoreo de los medios de comunicación durante las campañas de 2027 sin cruzar la delicadísima frontera que separa la fiscalización electoral de la censura.

El asunto no es menor. El Consejo General del INE aprobó la metodología para monitorear los programas de radio y televisión que difundan noticias durante el proceso electoral federal 2026-2027. El esquema contempla 14 variables y una de ellas lleva un nombre tan rebuscado como preocupante: “mecanismos discursivos indirectos de descalificación de personas precandidatas o candidatas”. Su propósito declarado es detectar expresiones que, aun sin constituir una agresión explícita, transmitan menosprecio, cuestionamiento o descalificación hacia quienes compiten por un cargo de elección popular.

Hasta ahí podría argumentarse que estamos simplemente frente a otro ejercicio de monitoreo. El problema comienza cuando la autoridad pretende internarse en terrenos profundamente subjetivos: la ironía, el sarcasmo, la minimización de logros, los cuestionamientos implícitos de legitimidad y otras formas de expresión que forman parte natural del periodismo político, particularmente del análisis y la opinión.

Más inquietante todavía es la interpretación de que podrían evaluarse elementos como el tono de voz, los gestos, las muecas o la actitud corporal de quienes informan sobre candidatos y campañas. Precisamente esa controversia ha llegado al Tribunal Electoral, donde corresponderá analizar la validez de la metodología aprobada por el INE.

¿Desde cuándo levantar una ceja, utilizar el sarcasmo o adoptar determinado tono frente a las declaraciones de un candidato puede convertirse en materia de evaluación de una autoridad electoral?

El propio INE sostiene que su metodología no pretende sustituir el criterio editorial de los medios ni calificar la validez de las opiniones periodísticas, sino ofrecer información pública sobre el tratamiento que reciben las candidaturas. Esa explicación debe tomarse en cuenta. Pero también debe advertirse que cuando una autoridad comienza a clasificar las formas mediante las cuales periodistas y comunicadores expresan críticas, ironías o cuestionamientos, se abre una puerta peligrosísima para la discrecionalidad.

Porque hoy se llama monitoreo; mañana puede convertirse en señalamiento y pasado mañana en sanción.

Y allí aparece la contradicción política del INE. Mientras prácticamente todo el país observa desde hace semanas a aspirantes de Morena recorrer estados, encabezar reuniones, promocionar su imagen, construir estructuras territoriales y disputar abiertamente candidaturas para 2027, la autoridad electoral parece particularmente interesada en estudiar cómo habla un periodista, qué gesto hace un conductor o cuánto sarcasmo utiliza un analista.

El oficialismo está a dando a conocer los que serán sus candidatos para disputar las gubernaturas en 17 entidades del país, no obstante que ello debería hacerse hasta el otro año, conforme a los ordenamientos electorales vigentes.

El INE debería concentrar buena parte de sus energías institucionales en garantizar que nadie se adelante ilegalmente a las campañas, fiscalizar recursos, impedir el uso electoral de estructuras gubernamentales y asegurar condiciones equitativas para todos los contendientes. No convertirse en una especie de policía del lenguaje corporal de los comunicadores.

El periodismo político no puede ejercerse con un manual de gesticulación colocado junto al micrófono.

Un conductor no puede estar preguntándose si levantar las cejas será interpretado como descalificación. Un analista no puede medir cada ironía pensando que posteriormente será clasificada por una institución académica contratada por el INE. Un caricaturista, comentarista o periodista tampoco puede ejercer su oficio bajo la amenaza implícita de que la autoridad determine qué quiso decir más allá de las palabras que efectivamente pronunció.

Por ello, la resolución del Tribunal Electoral adquiere una dimensión mucho mayor que una simple controversia administrativa. Los magistrados tendrán que establecer si semejante metodología es compatible con la libertad de expresión consagrada en la Constitución o si representa una invasión excesiva del Estado sobre el trabajo editorial de los medios.

La democracia necesita autoridades electorales fuertes, pero también necesita periodistas incómodos, comentaristas críticos y medios capaces de cuestionar al poder sin pedir permiso.

Porque si el INE termina calificando palabras, tonos de voz, sarcasmos, gestos y hasta muecas, estaremos peligrosamente cerca de pasar del monitoreo electoral al monitoreo del pensamiento.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.