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Desde San Lázaro. La violencia también entró a las aulas. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

07 Sep 2026
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Desde San Lázaro. La violencia también entró a las aulas. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/SnteNacional

La iniciativa presentada por el senador Alfonso Cepeda Salas, dirigente nacional del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), para enfrentar la violencia en el ámbito escolar toca uno de los problemas más delicados y, al mismo tiempo, menos atendidos en toda su dimensión: la normalización de la violencia entre niños y jóvenes y su inevitable traslado a las aulas.

El tema no es nuevo para el dirigente magisterial. Desde hace tiempo el SNTE impulsa acciones para construir escuelas seguras y una cultura de paz, mientras Cepeda ha advertido que los problemas educativos no pueden separarse de la desigualdad, la exclusión y la falta de oportunidades que padecen millones de jóvenes.

La propuesta merece discutirse sin prejuicios partidistas porque la violencia escolar dejó hace mucho de reducirse al bullying. En las escuelas confluyen hoy agresiones físicas, amenazas, hostigamiento en redes sociales, consumo de drogas, extorsiones y, en algunas regiones del país, la presencia cercana del crimen organizado. El propio Cepeda ha denunciado casos de estudiantes que amenazan o incluso agreden a profesores, además de planteles donde maestros necesitan protocolos para reaccionar ante balaceras o situaciones de inseguridad.

Pero sería un grave error pensar que una reforma legal resolverá por sí misma el problema. La violencia que estalla en un salón de clases generalmente comenzó mucho antes de que el alumno atravesara la puerta de la escuela.

Comienza, en muchos casos, dentro de hogares fracturados, con padres ausentes por largas jornadas laborales, violencia intrafamiliar o simplemente incapacidad para acompañar emocionalmente a niños y adolescentes. La escuela termina recibiendo problemas que se gestaron en la familia y que después se magnifican en la calle, las redes sociales y un entorno donde la agresividad se convierte paulatinamente en una forma aceptada de relacionarse.

A ello se suma una poderosa industria de mensajes aspiracionales que vende a los jóvenes una idea perversa del éxito: tener dinero rápido, automóviles, ropa de marca, poder y reconocimiento social, sin importar demasiado cómo se obtengan.

En ese ecosistema también aparecen ciertos narcocorridos y contenidos que glorifican al traficante, al sicario o al jefe criminal. No se trata de responsabilizar a una canción de la violencia nacional ni de abrir la puerta a la censura. El problema es más complejo: cuando esos mensajes llegan a jóvenes que viven rodeados de pobreza, abandono escolar, drogas y ausencia de expectativas, la narrativa del delincuente poderoso puede convertirse en un modelo aspiracional.

Y allí aparece otro fenómeno todavía más peligroso: el reclutamiento de adolescentes por organizaciones criminales.

¿Qué alternativa puede ofrecer el Estado a un muchacho que abandona la secundaria o el bachillerato, que no encuentra empleo digno y que observa todos los días cómo el delincuente de su colonia tiene dinero, armas, vehículos y poder? Esa batalla no se gana únicamente con policías ni mucho menos colocando detectores de metales en las escuelas.

Se gana reconstruyendo expectativas.

El propio Cepeda ha sostenido que la deserción escolar está relacionada con desigualdad, exclusión, falta de oportunidades y ausencia de políticas capaces de acompañar a los estudiantes. Esa reflexión debería formar parte central de cualquier estrategia contra la violencia escolar.

Por ello, la iniciativa debe ir acompañada de una política nacional mucho más ambiciosa en la que participen la SEP, las secretarías de Salud y Seguridad, los gobiernos estatales, municipios, padres de familia y, desde luego, los maestros, cuyo foco toral es la inclusión social.

Los docentes necesitan protocolos claros para enfrentar situaciones de violencia, pero también respaldo institucional. No puede ocurrir que un maestro tenga miedo de imponer disciplina, reprobar a un alumno o denunciar una agresión porque después queda abandonado frente a amenazas de estudiantes o familiares.

La escuela debe recuperar autoridad, pero una autoridad sustentada en reglas, respeto y responsabilidades compartidas.

También es indispensable fortalecer la atención psicológica y socioemocional dentro de los planteles. La propia SEP ha reconocido la importancia de que las escuelas sean espacios seguros y de desarrollar habilidades socioemocionales frente a entornos de violencia que incluyen las redes sociales.

La iniciativa de Alfonso Cepeda puede ser un buen punto de partida, siempre que el Congreso no caiga en la vieja tentación mexicana de creer que todos los problemas desaparecen publicando nuevas disposiciones en el Diario Oficial.

Porque ninguna ley podrá sustituir a una familia presente, a un maestro respaldado, a una escuela segura ni, sobre todo, a un Estado capaz de ofrecer futuro a sus jóvenes.

La violencia escolar no nació en las aulas, su génesis es multifactorial en donde efectivamente, se requieren muros institucionales, políticas públicas, familiares y profesores para contenerla y revertirla.

Es momento, no solo de combatir las consecuencias, sino también el origen del problema.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.