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Desde San Lázaro. Los gatos de Palacio. Por: Alejo Sánchez Cano. Destacado

04 Jun 2019
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Los mininos que habitan Palacio Nacional son  parte del inventario. Ahora que hay más afluencia de personas, pues llama más la atención su presencia, sin embargo, desde que  acudo al recinto, poco más de 20 años, los he visto, por supuesto no son los mismos, o tal vez sí,  seguramente ahora están otras generaciones, pero de la misma manera sorprenden a propios y extraños.

Esos descendientes de los felinos mayores cohabitan con fantasmas, duendes y aparecidos que también reclaman su derecho de residencia ya que se han integrado a la lista, conforme fallecen, a “los fantasmas de Palacio”, aunque todavía no se van al más allá.

Algunos dicen que en la mañana son gatos y en la noche transmigran a espectros vivientes.

Habría que recordar que Palacio Nacional se empezó a construir al inicio de 1522 como segunda residencia privada de Hernán Cortés, para posteriormente ser sede de la realeza, no sin antes sufrir varios incendios y calamidades.

Palacio Nacional han sido testigo de acontecimientos que marcaron la vida de la nación, así como de hechos violentos. Fue usado como cuartel, en donde el trajín cotidiano de soldados, caballos, monjas, sacerdotes  y por supuesto de cadáveres, conformaron una espectral energía que se percibe aún en nuestros días.

Entre los visitantes y trabajadores se comentan varias apariciones, desde “la monja ultrajada”, “el niño huérfano”, “la niña de los dulces”, “el soldado herido” y “la mujer abandonada”.

Seguramente hay más almas perdidas, pero estas son de las que tengo registro.

Personalmente fui testigo del testimonio de un elemento del Estado Mayor Presidencial en torno a la aparición del “niño huérfano” a un compañero que, “era de los más bragados”, pero que después de la visión, renunció de inmediato.

De igual manera, escuche a colaboradores de los expresidentes Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, manifestar que vieron y escucharon a esas figuras espectrales. No solo sus lamentos y gritos, sino sus figuras, que no son como las que se ven grabadas en video, difusas y etéreas,  sino totalmente nítidas.

Su presencia se percibe cuando uno recorre los pasillos y salones, las escalinatas y los patios, aunque, hay que decirlo, hay algunas habitaciones en donde ni el más osado entra solo en la noche.

Cuando desaparecen los gatos, emergen los muertos.

Es común que se trabaje a altas horas de la noche en Palacio Nacional y ahora que despacha en ese lugar el presidente  Andrés Manuel López Obrador y todo su séquito de ayudantes, se observa más personas cuando las sombras caen y los gatos desaparecen. “Los nuevos están inquietos en la noche, no solo las mujeres, sino también los hombres. Los más osados ya cuentas sus propias historias en torno a los aparecidos”, cuenta una veterana secretaria.

El salón de Tesorería, lugar en donde se llevan a cabo las llamadas mañaneras, siempre es un congelador, aún en verano, y los reporteros que acuden todavía de madrugada, han percibido la presencia de esos desgraciados que lamentan no haberse ido con la luz.

Los ruidos del  vejestorio palacio son extraordinarios. Las paredes, techos y pisos crujen a toda hora, con un lenguaje críptico, pero anacrónico y a lo lejos se oye uno que otro maullido que a la postre se transforma en algún grito desgarrador.

Cuando ya eres un visitante cotidiano, ya por trabajo, ya por gusto, te vas familiarizando, que no acostumbrando, a esas presencias y si al principio te sobresaltabas hasta quedar paralizado, ahora, solo atinas a decir “Son los gatos”

Para aquellos que están preocupados por los  micifuces, solo decirles que ellos perdurarán allí, mientras que todos los demás, acudirán  puntuales a su inexorable destino.

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El apunte del director

  • MARZO 2026

    EN COAPA NO SE VIVE DEL PASADO, SE VIVE DE GANAR CAMPEONATOS

    El 4-1  no fue solamente una derrota. Fue un golpe directo al orgullo de un club que no está acostumbrado a que lo exhiban en su propia casa. Club América fue superado de principio a fin por Tigres UANL, y la herida duele más porque el tricampeonato reciente había elevado la vara a niveles casi imposibles.

    Hoy el americanismo no discute un mal partido. Discute el rumbo.

    La gestión de André Jardine, que hace meses era intocable por los títulos conquistados, comienza a entrar en zona de turbulencia. El crédito del tricampeonato no es infinito. Y cuando el equipo pierde identidad, intensidad y carácter en casa, la memoria del éxito se vuelve frágil.

    El reclamo en tribunas y redes es claro: El América no puede verse así. No puede ser vulnerable en defensa, predecible en ataque y emocionalmente desbordado ante un rival directo. La goleada ante Tigres no solo expone errores tácticos; expone dudas estructurales.

    En Coapa lo saben.

    Emilio Azcárraga Jean no suele actuar por impulso, pero tampoco es ajeno a la presión de resultados. La historia del club está construida sobre decisiones firmes cuando el proyecto pierde fuerza. Y aunque públicamente se respalde al entrenador, en privado ya existe un plan alternativo si el campeonato no llega.

    Ese “plan B” tiene nombre conocido.

    Miguel Herrera vuelve a sonar en los pasillos como posibilidad real. El “Piojo” conoce la casa, entiende la exigencia y ha sabido manejar vestidores de alto voltaje. Su figura divide opiniones, pero conecta con una parte del americanismo que hoy exige carácter más que discurso.

    La pregunta de fondo no es si Jardine merece salir. La pregunta es si el equipo muestra señales de reacción suficientes para sostenerlo. Porque en el América no se evalúan procesos largos: se evalúan campeonatos.

    Después de un tricampeonato histórico, la caída sería aún más estruendosa. Y el margen de error, mínimo.

    Y cuando el América pierde 4-1 en casa, el banquillo siempre tiembla.

    Pero hay otro espejo que empieza a reflejar inquietud. La Selección Mexicana de Fútbol también transita un momento de exigencia máxima rumbo a la próxima Copa del Mundo. El famoso “quinto partido” ya no es suficiente en el discurso colectivo; hoy se habla del sexto como meta mínima. Si México vuelve a quedarse antes de esa barrera simbólica, el impacto no será solo deportivo, será estructural.

    América y la Selección parecen caminos distintos, pero podrían encontrarse en el mismo punto: el de las decisiones drásticas. Si el club no levanta la corona y el Tri no rompe el techo histórico, el mensaje sería claro: los ciclos se agotan incluso después del éxito. Y entonces, tanto en Coapa como en el proyecto nacional, la palabra renovación dejaría de ser amenaza para convertirse en obligación.