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Paciente celebra éxito de trasplante de hígado y riñón que recibió

11 Jul 2017
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Guadalajara, 11 Jul (Notimex).- Ángela María Villa Estrada, de 50 años, se convirtió en la segunda paciente en recibir un trasplante simultáneo de hígado y riñón en la historia del Hospital de Especialidades del IMSS.

"Recibir un órgano es una maravilla, una bendición. Aunque al inicio el trasplante de dos órganos fue un proceso demasiado duro, porque el cuerpo tarda en asimilar lo que no es suyo, valió la pena.

Disfruto a mis dos hijos cada mañana, lo primero que hago al despertar es dar gracias por un nuevo día. A cuatro años de la cirugía estoy bien, me cuido mucho”, afirmó Ángela María Villa Estrada, originaria de Puerto Vallarta, Jalisco.

Está paciente recibió este doble trasplante simultáneo de hígado y riñón en la historia del Hospital de Especialidades del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) en la entidad, el 17 de julio del 2012.

Hasta los 24 años de edad se consideraba una persona sana, afecta al ejercicio, pero luego de perder a su primogénito, los médicos descubrieron que padecía una enfermedad genética, una poliquistosis renal-hepática que conduce, paulatinamente, a la falla de riñones e hígado.

“A raíz de eso me empecé a cuidar, a consumir menos carne, a llevar una vida más saludable, a llevar un tratamiento”, compartió Ángela, quien agregó que Su salud se mantuvo estable de este modo durante 14 años, pero un trasplante, primero hepático, se hacía cada vez más necesario.

Así, recibió un llamado de su médico para saber si era compatible con un hígado que estaba por llegar, lo mismo que otro paciente. Por desgracia, el órgano no resultó apto para cirugía.

“Tendría yo unos 38 años y creo que me desanimé, me despegué un poco del tratamiento y dije, ‘si Dios me quiere así, así voy a estar’”, recordó.

Confesó que buscó otro tipo de alternativa de orden naturista, pero el desgaste de sus órganos era irreversible y cuando decidió ir nuevamente a consulta, ya tenía también falla en ambos riñones. Fueron momentos difíciles que tuvo que afrontar, junto con sus hijos pequeños, y una separación temporal de su marido.

Fueron el jefe de Cirugía, José Manuel Hermosillo, y el experto en trasplante de hígado, Federico Mendoza, del Hospital de Especialidades, quienes “me tomaron uno de cada lado”, y la apoyaron para concluir un protocolo que le permitió recibir un trasplante simultáneo de hígado y riñón.

"Tuve la fortuna de que me hablaran en poco tiempo, un muchachito sufrió un accidente y tuvo muerte cerebral. Sus papás decidieron donar sus órganos y yo fui la más compatible; aquí estoy”manifestó.

Luego de cuatro años de un proceso que no ha sido fácil, porque ha implicado un fuerte auto-compromiso con la salud por parte de Ángela María, continúa brindándosele un seguimiento puntual por parte de todos los niveles de atención médica de la dependencia.

“Para el IMSS yo tengo las mejores palabras porque he visto muchos casos de trasplantes y enfermedades como el cáncer”, dijo la paciente.

"Si no fuera por el Instituto no sé qué hubiéramos hecho, porque en aquel entonces mi cirugía estaba valuada en medio millón de dólares, ¿de dónde saca uno esa cantidad? Simplemente en medicamentos, el gasto es fuertísimo porque son de por vida, lo que uno aporta en realidad es nada”.

Ángela María invitó a crear más cultura de la donación de órganos y tejidos “muchos luchamos por vivir y hacemos lo posible por tener calidad de vida".

Cuando una persona está a punto de partir, muchas veces para los familiares no es fácil, pero cuando ya no hay esperanza para un paciente, tenemos mucha fe en que a sus órganos se les va a dar la mayor utilidad posible y que vamos a cuidarlo para poder estar en mejores condiciones, porque vivir pegado a un aparato es muy duro”, dijo.

NTX/LEL/AEG
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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.