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Nicolás Bravo, patriota tres veces presidente de México

30 Ago 2017
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México, 27 Ago (Notimex).- Patriota, presidente de México en tres ocasiones y decidido opositor al imperio que intentó establecer Agustín de Iturbide, Nicolás Bravo nació el 10 de septiembre de 1786, en la hacienda de Chihihualco, en Guerrero.

Fue hijo de Leonardo Bravo, un rico hacendado criollo opuesto a la corona española, quien participó en los primeros levantamientos de independencia, por lo que en 1810 el joven Nicolás decidió sumarse a las fuerzas rebeldes comandadas por su padre.

Al año siguiente, de acuerdo con información del portal electrónico “biogafiasyvidas.com”, pasó a servir bajo el mando de Hermenegildo Galeana, líder de la revolución de independencia en el vecino estado de Morelos.

De pensamiento más bien conservador, peleó además al lado de los líderes independentistas José María Morelos y Pavón y Vicente Guerrero, liberales, y junto a otros destacados republicanos consiguió la renuncia del emperador Iturbide a inicios de 1923.

Luego de ello, con la nueva Constitución del país fue designado miembro del Poder Ejecutivo hasta la llegada a la presidencia de Guadalupe Victoria, el 1 de octubre de 1824.

Según el sitio “presidentes.mx”, se casó con María Antonieta Guevara y Muñiz y tuvo una buena reputación entre la sociedad, considerado generoso y de buena voluntad, lo que si bien en política no era suficiente. Llegó a ser presidente del país por primera vez del 11 de julio al 17 de julio de 1839.

Bravo volvería a ocupar el principal cargo del país en dos ocasiones más, la primera del 26 de octubre de 1842 al 14 de mayo de 1843 y la segunda del 28 de julio al 6 de agosto de 1846, según la misma fuente.

En su paso por la silla presidencial intentó anular las medidas impuestas por Antonio López de Santa Anna, disolvió al Congreso y mandó a apresar a los legisladores, a los que también encarceló.

Como presidente le tocó vivir momentos significativos de la historia nacional, en una época en la que la inestabilidad y convulsión eran la norma, como la guerra con Estados Unidos en 1846, ante lo cual se ocupó de las armas para defender al país.

En dicha ocasión, dirigió al ejército del país en la conocida Batalla de Chapultepec en la Ciudad de México, en la que fue derrotado e incluso fue apresado por los estadounidenses. No obstante, a Bravo se le conoce también por sus numerosas victorias en la guerra.

En 1846 fue vicepresidente en el régimen de Mariano Paredes, quien al verse en la necesidad de defender al país de la invasión estadounidense, ocupó por tercera vez la primera magistratura de la nación, del 28 de julio al 6 de agosto de ese año.

Tras este episodio, que incluyó su ya mencionada detención por parte del ejército estadounidense, se retiró de la vida política y se aisló al lado de su familia en la hacienda de Chichihualco, cercana a la ciudad de Chilpancingo, donde falleció el 22 de abril de 1854.

Fue declarado “Benemérito de la Patria” y su nombre su encuentra plasmado con letras doradas en la Cámara de Diputados en la Ciudad de México.

NTX/RML/MCV

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.