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Ofrece Serge Barbeau luz a los “Últimos testigos” de la Guerra de Castas

17 Mar 2018
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* El artista canadiense habló de su exposición en el Museo Archivo de la Fotografía

 

Por Juan Carlos Castellanos C.

México, 17 Mar (Notimex).- A los 25 retratos a color, montados en gran formato, que a partir de hoy expone Serge Barbeau en el Museo Archivo de la Fotografía (MAF) en esta ciudad, “hay que acercarse con el ánimo de descubrir y conocer un universo casi olvidado dentro de México, el de los descendientes directos de la Guerra de Castas del siglo XIX”.

Así lo dijo a Notimex Barbeau, esta tarde en entrevista, tras señalar que saber de la existencia de esos rostros, que pertenecen a personas vivas cargadas de una herencia histórica, social, cultural y artística inmensamente valiosa, es bueno para los mexicanos, para el mundo y para la humanidad en su conjunto, pues son depositarios de una historia.

Lo interesante de la exposición es que muestra a quienes habitan en un rincón del país, en Quintana Roo. “Dentro de ese sitio hay otro todavía más pequeño y olvidado, que es el núcleo social donde viven los descendientes de rebeldes indígenas que a mediados del Siglo XIX, enfrentaron la injusticia política, económica y cultural de criollos y mestizos”.

De acuerdo con el entrevistado, quien durante tres años (20011-2013) capturó con su cámara los rasgos, gestos, actitudes y expresión corporal de esas personas, al visitar en numerosas ocasiones Quintana Roo vio la posibilidad de hacer una suerte de documental fotográfico que recogiera tanto los rostros como las historias en torno a aquella guerra.

“Me interesaba mucho que las personas me platicaran las historias, anécdotas, situaciones y vivencias que a su vez les transmitieron sus padres y a ellos sus abuelos. Una vez que tuve los materiales fotográficos listos, los expuse primero en Mérida, Yucatán, y luego en Múnich, Alemania; ya estoy viendo que la muestra viaje a París y otras naciones”, señaló.

Canadiense radicado en el sur de México desde hace más de una década, el fotógrafo hizo la curaduría de esa exposición que ha causado diversas reacciones hasta hoy y al respecto señaló que en Mérida la reacción del público fue más emocional, acaso por la cercanía de los retratados, mientras que en Múnich fue apreciada con ojos y sentido antropológicos.

Titulada “Últimos testigos”, la exposición que permanecerá en ese recinto hasta el 27 de mayo próximo da testimonio del pasado maya en la península de Yucatán. Son retratos expresivos, vivos, de los descendientes de los mayas que lucharon hasta la muerte por recuperar su identidad, libertad y territorio en la llamada Guerra de Castas (1847-1901).

El artista comentó que la exposición cuenta con un doble propósito, por un lado, poder reconocer la importancia de los ancianos en la transmisión de saberes y tradiciones mayas, y por otro, ofrecer al turista de México y el resto del mundo una visión íntima de la vida de ese pueblo ligada a un periodo histórico determinante en la vida de este país.

Dijo que al abordar un tema tan crítico para el país, como el de la resistencia indígena, su condición de extranjero le permite “observarlo todo sin prejuicios”, consecuentemente, el título de la muestra, surgió porque en un mundo tan convulso, “desafortunadamente para los mayas y para la humanidad, los últimos testigos son precisamente eso, los últimos”.

Explicó que cada fotografía de la muestra se acompaña de fragmento de conversación que sostuvo con los retratados. Los testimonios refieren a episodios de la guerra, así como a tradiciones, ceremonias, creencias y costumbres que, aunque no vivieron directamente, conocieron gracias a las narraciones de sus padres, abuelos o bisabuelos.

Entre los fotografiados se encuentran los familiares directos de dos líderes e iniciadores del levantamiento: Cecilio Chi y Jacinto Pat, así como algunos de los herederos de los aldeanos que presenciaron la lucha por la independencia indígena de primera mano; la persona contactada más grande tiene 107 años de edad y feliz, se prestó a ser retratada.

NTX/JCC/LRL

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.