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Joven mixteca busca contagiar a su comunidad de su pasión por el cine

19 Mar 2018
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* La cineasta salió de su pueblo en busca de conocimiento y ahora quiere compartirlo con los jóvenes

 

Por Maricruz González May. Enviada

Oaxaca, 19 Mar (Notimex).- Originaria de Santa Rosa de Lima, un pueblo a orilla de carretera en la llamada costa chica mixteca, Dinazar Urbina Mata estudió comunicación en la UAM Xochimilco, luego cine documental en Ambulante y ahora busca convertirse en gestora cultural de su comunidad.

Aunque reconoce que fue difícil tomar la decisión entre regresarse a su pueblo o trabajar en la Ciudad de México, a sus 26 años de edad ve en su comunidad la oportunidad de compartir sus conocimientos y de, quizá, inspirar a otros jóvenes a contar historias a través del cine.

Es directora de “Siempre andamos caminando”, documental sobre la historia de  Alberta, Julia y Catalina, mujeres migrantes de origen chatino que han tenido que dejar sus pueblos originarios para trabajar en la costa de Oaxaca.

Catalina vende comida, y Alberta y Julia trabajan en los cultivos de papaya y limón. En su búsqueda de mejorar la calidad de vida de sus familias, enfrentan discriminación y dificultades para subsistir en un territorio desconocido.

“Estas mujeres son del pueblo de (Santa Cruz) Zenzontepec, en la sierra Sur, y llegaban a mi pueblo en Santa Rosa de Lima desde que yo era chiquita, por eso llamaron mi atención, quise saber de dónde venían y a dónde van”, compartió la joven documentalista que presenta su trabajo en la Gira Ambulante 2018.

“Ese sentimiento de estar fuera de casa es fuerte y aunque te acostumbras también te acostumbras a extrañar, por eso elegí este tema para debutar en el cine”, comentó Dinazar.

La egresada de la carrera de Comunicación en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), plantel Xochimilco, está convencida de que historias de ese tipo hay muchas en su comunidad.

De ahí que busque impulsar el desarrollo de guiones y películas a través de los conocimientos que adquirió mientras estuvo fuera de su pueblo.

“Me gusta la gestión cultural y aunque en Oaxaca hay muchos proyectos culturales, en la región donde nací no hay nada, ni cine tenemos, quienes los conocemos es porque hemos salido de ahí”, compartió.

Respecto a las líneas que pretende seguir para hacer realidad su objetivo, detalló que comenzará con la exhibición de cine para su pueblo, que por su reciente formación, hace cerca de 60 años, sólo cuenta con cerca de tres mil habitantes.

“Ahí existe una mezcla racial muy importante, es gente mixteca, gente de la costa y afromexicanos, y culturalmente no tenemos mucha oferta, por eso quiero poner mi granito de arena y compartirles mi experiencia, quiero hacer cine en mi comunidad”, indicó la joven creadora.

De acuerdo con Dinazar Urbina Mata, desde pequeña le gustaba conocer las historias de sus antepasados y disfrutaba mucho de todo lo que su madre le contaba de su abuela y bisabuela.

“Hay tantas historias en ese rincón de México que es imposible contarlas todas yo misma, por eso espero que otros jóvenes se animen y sepan que existen apoyos para conseguirlo”, expresó con emoción.

Por ahora además de trabajar en la planeación de exhibiciones en su comunidad, para lo cual cuenta con el apoyo de autoridades e institutos culturales, Dinazar presenta en festivales su segundo trabajo audiovisual “Carrizos”, cortometraje ganador del concurso de regiones del Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine) para la producción en el suroeste de México.

Respecto a la historia la también guionista de la ficción de 10 minutos dijo que, inspirada en las tradiciones de la cultura Ñuu sávi, en ella se narra el poder de la imaginación que una niña puede tener y su deseo por conseguir lo que quiere.

“Se trata de una niña que vive con sus abuelitos en la costa de Oaxaca, en el municipio de Tututepec, donde se vive una sequía, y ella tiene la idea inocente de que puede hacer llover”, compartió la realizadora, quien probablemente viaje en mayo a Zaragoza, España, para presentar su material en reconocido festival.

NTX/MAY/IAM

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.