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Anticuarios en México se transforman Luis Morton

22 Mar 2018
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* Afirma el empresario y coleccionista que este tipo de negocios padecen un resurgimiento, al ofrecer piezas y escenografías atractivas

 

Por Manuel Bello Hernández

México, 22 Mar (Notimex).- Objetos considerados antigüedad, por haber sido realizados hace más de 100 años, por su valor histórico, por su fina manufactura o por tener características que así los permitan ser considerados, el mercado del anticuario en México se está transformando.

Luis Morton, coleccionista y empresario, consideró que en la actualidad este tipo de negocios tienen un resurgimiento, al ofrecer piezas y escenografías atractivas, así como promociones y otras formas de vender.

“Hay anticuarios nuevos que entran en el negocio y están cambiando la forma de ser el anticuario con otra clase de escenografías para las piezas, son más dinámicos, ofrecen piezas atractivas.

“Tiene que haber una trasformación, tiene que cambiarse la forma de vender, a lo mejor las tiendas tienen mejores escenografías, promoción y formas de vender, pero de que seguirán existiendo, así será, porque las antigüedades no se van acabar”, dijo en entrevista a Notimex.

El rescate de obras exquisitas que triunfaron sobre el tiempo para formar parte de una herencia, grandes colecciones o museos, que se pone al alcance de sus clientes tanto nacionales como allende las fronteras, para Morton, ser anticuario no es recatar una pieza, sino aquella persona que se dedica a vender las pertenecías de un coleccionista que tuvo cosas importantes, y buscarles casa nueva.

“Es un puente entre el coleccionista anterior y el nuevo”, afirmó el empresario y agregó que en este negocio se dedica aquella gente que comenzó desde el principio como coleccionista o bien porque en su casa tuvieron antigüedades y vieron la oportunidad de negocio.

“Este negocio tiene una parte muy importante en el gusto de entender lo que es vender una antigüedad, porque se necesita conocimiento, estar al pendiente revisando libros y museos para tener un mejor conocimiento.

“Muchos de los anticuarios a nivel mundial, quizás son segunda o tercera generación, y es lo mismo con galeristas, se trata de gente que comenzó como se maneja y les gustó y le dan seguimiento”, señaló.

Con 10 años como anticuario y 21 como subastador, Morton cuenta que su gusto por el arte y las antigüedades, es herencia tanto de su padre como de su abuelo, principalmente.

“Me involucré porque mi abuelo compraba, era vendedor viajero, y andaba por todo el país. Él estudió arquitectura en Notre Dame y la parte de la venta y compra se le daba bien.

“Al llegar a las tiendas de antigüedades o anticuarios, compraba y se llevaba la colección; después, dejó de ser vendedor viajero y abrió una tienda de antigüedades que se llamaba Chipendale y de ahí pasó a fabricar muebles, porque mucha gente deseaba cosas antiguas y se hacían las reproducciones.

"Es el gusto, el saber, el conocer y esa la parte importante del anticuario que todos los días ve uno cosas diferentes”, refirió.

Piezas de porcelana, plata, relojes, marfiles, tapetes, alfombras, mobiliario, cristal, pintura, escultura y militaría, piezas del siglo XVI, y hasta algunos objetos de las culturas clásicas como Roma y Egipto, hay en este lugar.

Rodeado de pinturas de caballos y hasta de sillas para dicho animal, Morton, egresado de la Universidad Anáhuac Norte en Administración de Empresas, cuenta que existen dos modalidades para hacerse llegar de las obras que subastan y venden.

“Como casa de subastas, no compramos nada, solo cobramos una comisión de la venta que es lo justo para el vendedor, y de esta forma, la gente viene, trae sus piezas, damos las valuaciones o estimados y se incluye en subasta.

“Y el anticuario, lo que hace es tener contactos y buscar una época; se compra directamente con el vendedor y hay que tener buen ojo para comprar lo mejor y barato”, indicó Morton para quien lo que más se vende hoy, no es arte ni pintura colonial, sino moderno y contemporáneo.

“Hace 20 años se vendía bien y ahora lo hace mejor la parte de arte moderno y contemporáneo, pero siempre hay un roto para un descocido. Es falso que (los anticuarios) estén en crisis, es un buen negocio. Si se compra bien y se tienen las piezas adecuados, siempre habrá un buen comprador”, concluyó.

NTX/NTX/MBH

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.