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Salvador Elizondo fue un autor con una obra multifacética

28 Mar 2018
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(Semblanza)

 

México, 28 Mar (Notimex).- Salvador Elizondo fue el autor inclasificable, que ahondó en el cuento, novela, teatro, poesía, autobiografía, entre otros géneros, y es recordado a 12 años de su deceso, ocurrido el 29 de marzo del 2006.

Nació el 19 de diciembre de 1932, en la Ciudad de México; hijo de Salvador Elizondo Pani, diplomático y productor de cine, se cuenta que desde muy joven tuvo contacto con el cine y la literatura.

Estudió artes plásticas en la Ciudad de México y literatura en las universidades de Ottawa, Cambridge, La Sorbona, Peruggia y la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); fue fundador de las revistas "S.NOB" y “NuevoCine".

Creada en 1962, la revista S.NOB publicó siete números, en los que mediante secciones fijas y un tono humorístico integraban cuentos, fragmentos de novelas, ensayos, notas chuscas, reseñas de libros y criticas de cine, artículos sobre música y músicos, collages, caricaturas, entre otros.

En la dirección editorial trabajó al lado de Juan García Ponce y Emilio García Riera, para así integrar un equipo de colaboradores encabezado por Jorge Ibargüengoitia, Tomás Segovia, José de la Colina, Juan Vicente Melo, Alejandro Jodorowski y Leonora Carrington.

Para el narrador Antonio Ortuño, la publicación era una “especie de coctel de mala leche y bellas artes”, lo cual funcionó “como un escupitajo contra el tedio cultural de los años 60, dominados por el discurso ultranacionalista y el más huero panfletarismo político”.

Su obra ficcional, conformada por “Farafeub o la crónica de un instante”, novela de 1965 con la que obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia, se completa con libros como “Narda o el verano”, de 1996; “El hipogeo secreto”, de 1968; “El retrato de Zoe y otras mentiras”, de 1969; “El grafógrafo”, de 1972; “Camera lucida”, de 1983, y “Elsinore: un cuaderno”, de 1988.

Desde que apareció “Farafeub”, apunta el escritor Daniel Sada, Elizondo proyectaría una idea de escritura que “pondría relieve la subjetividad de la vida interior, ya con la convicción de que las aficiones ocultas, así como el sueño, la memoria, la crueldad, el éxtasis y la fantasía propias eran superiores al mundo exterior”.

En 1965 desarrollaría el filme experimental “Apocalipsis 1900”, con una duración de 25 minutos se proyectó una sola vez en el IFAL, para posteriormente ser archivada en el estudio del escritor por más de 40 años; para 2007, Gerardo Villegas la rescataría para el documental “El extraño experimento del profesor Elizondo”.

“Diarios. 1945-1985” es el tomo editado por el Fondo de Cultura Económica en el que, a través del prólogo de la fotógrafa Paulina Lavista, su esposa durante 37 años, Salvador Elizondo trazó sus principales obsesiones e intereses humanos, culturales e históricos.

Sin sufrimiento y rodeado por su familia, murió en su casa, el 29 de marzo de 2006, en la Ciudad de México, según dio fe su esposa Paulina Lavista.

NTX/MGA/LMC

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.