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Vincent van Gogh uno de los grandes artistas del postimpresionismo

29 Mar 2018
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México, 29 Mar (Notimex).- Considerado uno de los más grandes artistas postimpresionistas, el pintor neerlandés Vincent van Gogh fue el más influyente en el arte a fines del siglo XIX y principios del XX, por su utilización de colores llamativos, pinceladas enfáticas y contornos.

Hace 165 años, un 30 de marzo de 1853, nació en Groot-Zundert, Holanda. Considerado por muchos como el máximo exponente del postimpresionismo, fue amigo de artistas de la época como Émile Bernard, Toulouse-Lautrec y Paul Gauguin, con quien tuvo una relación muy estrecha.

Su madre lo enseñó a pintar y a fabricar sus propios colorantes, pero su primer contacto con el arte lo tuvo a los 17 años cuando fue aprendiz en la galería de arte “Goupil”, en La Haya, Holanda.

A sus 20 años se enamoró de Eugenié Loyer, hija de la dueña del lugar donde vivía, tiempo después de su prima Kee Stricker y posteriormente de una mujer con sífilis llamada Clasina Hoornik.

De acuerdo con el portal vangoghgallery.com, Van Gogh se quedó en Bélgica a estudiar el arte, dedicado para dar felicidad creando belleza.

Las obras de este periodo temprano en Holanda son pinturas de género muy iluminadas y de tonos sombríos, donde destaca “Los comedores de papas” (1885).

Experimentó con técnicas de la época influido por el arte japonés y los impresionistas Pisarro y Georges Seurat. Entre sus obras más conocidas se encuentran “La noche estrellada” (1889), “Los girasoles” (1888) y “Terraza del café de la Place du Forum en Arles por la noche” (1888).

Tuvo una estrecha relación con su hermano menor Theo, quien siempre estuvo pendiente de él y murió seis meses después del pintor. A la fecha se han publicado más de 700 cartas de Van Gogh para su hermano.

En 1888, en una de las tantas peleas con Paul Gauguin, Van Gogh se cortó la oreja derecha al sentir remordimiento por amenazarlo con una navaja. Después le regaló la oreja a una prostituta de Francia.

Ese febrero de ese mismo año se trasladó a la localidad de Arlés, en el sur de Francia. Su estancia de poco más de un año en este lugar se tradujo en unos 200 lienzos.

“La habitación de Van Gogh en Arlés” (1888) es uno de los más célebres. Representa el dormitorio del pintor, tema que trató en varias ocasiones con el deseo de expresar la idea de un "completo descanso" a través únicamente del uso de colores claros y empastados.

“Noche estrellada” (1888), una obra donde las ondulaciones sacuden una visionaria representación del cielo y un reflejo de una abrumadora angustia interior, le valió al artista ser considerado un genio precursor del expresionismo.

Estuvo internado en el manicomio de Saint-Rémy y durante sus periodos de lucidez se le permitió pintar. Esta situación se prolongó hasta mayo de 1890 y produjo unas 150 pinturas de fresco colorido.

El portal “biografiasyvidas.com” describe que en mayo de 1890 se trasladó a París para visitar a su hermano Theo. Por consejo de éste viajó a Auvers-sur-Oise, donde fue sometido a un tratamiento homeopático por el doctor y pintor aficionado Paul-Ferdinand Gachet.

En este pequeño pueblo retrató el paisaje y sus habitantes, intentando captar su espíritu. Su estilo evolucionó formalmente hacia una pintura más expresiva y lírica, de formas imprecisas y colores más brillantes.

Después de terminar el cuadro “Cuervos sobre el trigal” (1890), se disparó en el estómago. Se arrastró hasta su casa y murió dos días después, el 29 de julio de 1890, en brazos de su hermano, a la edad de 37 años.

"Yo arriesgué mi vida por mi trabajo, y mi razón siempre fue menoscabada": estas son las palabras de Vincent en su última carta encontrada en su bolsillo el día de su muerte.

El sitio “todoincluidolarevista.com” detalla que realizó aproximadamente cerca de 2 mil 160 obras en total, de las cuales 860 son óleos y mil 300 son acuarelas, dibujos y bocetos, entre otros más.

El 2 de junio de 1973 fue inaugurado en Ámsterdam el Museo Vincent van Gogh.

NTX/AGZ/ACJ

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.