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Bancos centrales andan de 'puntitas', sin molestar a los mercados

15 Dic 2017
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Esta semana, los bancos centrales de todo el mundo endurecieron su postura en materia de política monetaria, pero apenas repercutió en los mercados financieros.

Con cuidado, los bancos centrales intentan llevarse el ponche sin interrumpir la fiesta.

Guiándose por los aumentos de tasas de interés de la Reserva Federal y el Banco Popular de China (PBOC, por sus siglas en inglés), los bancos centrales de todo el mundo endurecieron su postura en materia de política monetaria esta semana

Sin embargo, los movimientos estuvieron tan bien comunicados o fueron tan diminutos -y las referencias a futuras medidas fueron tan cautelosas- que apenas si repercutieron en los mercados financieros.

“Le tienen pánico a molestar a los mercados”, dijo Paul Mortimer-Lee, economista jefe de mercados de BNP Paribas. Por eso, “todos están abandonando muy lentamente las configuraciones de emergencia” en lo que hace a la política monetaria.

El resultado probable de esta táctica pausadaotro año más de crecimiento mundial sincronizado en 2018. En efecto, tanto la Fed como el Banco Central Europeo revisaron y elevaron los pronósticos de crecimiento de sus respectivas economías para el año que viene pese a haber insinuado que achicarían lentamente el estímulo que están proveyendo.

“A la economía mundial le está yendo bien”, dijo la presidenta de la Fed, Janet Yellen, a los periodistas el miércoles, después que el banco central de Estados Unidos elevó las tasas de interés por tercera vez este año. “Estamos en una expansión sincronizada. Es la primera vez en muchos años que vemos esto”.

SORPRESA

La mayoría de los inversores preveía el aumento de la Fed, mientras que la medida tomada por el PBOC el jueves fue una sorpresa. Pero fue tan pequeña -sólo cinco puntos básicos- que los mercados se la tomaron con calma.

El jueves, el banco central de México elevó su tasa de interés de referencia por primera vez desde junio, al aumentar el costo del crédito 25 puntos básicos, a 7.25 por ciento, en una votación dividida donde un miembro del directorio votó subirla 50 puntos básicos.

Pese al crecimiento mundial, los principales bancos centrales avanzan lentamente para achicar el estímulo porque la inflación sigue apagada o por debajo de su meta.

Los banqueros centrales del mundo también se cuidan de no adelantarse demasiado a sus colegas en el ajuste de la política por temor a que esto genere un efecto búmeran en su contra al estimular un alza abrupta de sus monedas, lo cual enfriaría el crecimiento económico y la inflación.

RIESGOS

La generosidad monetaria global hace aumentar lentamente la inflación, pero aceleró los precios de los activos. Los mercados de acciones del mundo cotizan a sus niveles más altos en años.

Sin embargo, las autoridades minimizaron los temores a que se estén formando burbujas de precios de activos capaces de amenazar el sistema financiero y la economía. “Cuando analizamos otros indicadores de riesgos para la estabilidad financiera, no titila ninguna luz roja, ni siquiera naranja”, dijo Yellen.

“Los bancos centrales, que vienen inyectando dinero en el sistema hace unos diez años, van a ir retirándolo”, dijo Iain Stealey, gerente de cartera de renta fija de JPMorgan Asset Management, en entrevista con Bloomberg Television el jueves. “Van a comenzar despacio, muy gradualmente, pero será todo un cambio de discurso”.
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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.