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FMI recorta pronóstico de crecimiento para México en 2019 y 2020

09 Abr 2019
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El Fondo Monetario Internacional (FMI) recortó este martes los pronósticos de crecimiento para México en 2019 y 2020.

Estima que este 2019 y en 2020 el Producto Interno Bruto (PIB) de México crecerá 1.6 por ciento y 1.9 por ciento, respectivamente, comparado con el 2 por ciento de 2018.

“En México, ahora se pronostica que el crecimiento se mantendrá por debajo del 2 por ciento en 2019-20, una reducción cercana al 1 punto porcentual para ambos años con respecto a octubre. Estos cambios, en parte, reflejan cambios en las percepciones sobre la dirección de las políticas en la nueva administración del país”, señaló en el informe Perspectivas Económicas Globales, presentado a la víspera del inicio de sus Reuniones de Primavera 2019 en Washington.

Las nuevas proyecciones son 0.5 y 0.3 puntos porcentuales debajo de lo estimado en la actualización hecha en enero (2.1 por ciento para 2019 y y 2.3 por ciento para 2020) y 0.9 y 0.8 puntos porcentuales inferiores a los pronósticos publicados en octubre del año pasado; son las más conservadoras entre los organismos internacionales.

La causa del ajuste, según la economista jefe del FMI, Gita Gopinath, es la incertidumbre política que, consideran, continuará pesando en el crecimiento del país, esto por el impacto que tiene sobre la inversión nacional y extranjera.

“Sobre todo la incertidumbre de política continuará siendo un factor importante en el futuro en cuanto a las perspectivas de crecimiento de México”, detalló.

Los motivos por lo que el organismos recortó las proyecciones para México fueron básicamente dos.

“Hemos revisado a la baja el crecimiento en relación al pronóstico de enero y octubre por una combinación de factores. La política monetaria se ha tornado más restrictiva de lo que se esperaba antes. En segundo lugar, debido a las incertidumbres políticas relacionadas al nuevo gobierno y eso tiene repercusiones sobre la inversión”, destacó..

La incertidumbre se erige como un factor importante tanto a nivel interno como internacional en las perspectivas de México, apuntó Gian Maria Milesi-Ferretti, director adjunto del departamento de Análisis del FMI, pero también reconoció que las tensiones comerciales con el vecino del norte, han hecho lo suyo.

“México también ha sido afectado en el último par de años por las tensiones comerciales con Estados Unidos, el acuerdo comercial todavía no se ha ratificado y eso resultó en presiones sobre el tipo de cambio y en una política monetaria más restrictiva y esos factores que han frenado el crecimiento económico”, expuso.

La semana pasada, el Banco Mundial ajustó su pronóstico del crecimiento del PIB de México en 2019 y 2020 a 1.7 y 2 por ciento, respectivamente, esto atribuido a “las preocupaciones de los mercados por las señales un tanto contradictorias con respecto al curso futuro de la política monetaria".

Respecto a otras variables económicas, el FMI explicó en el informe que la inflación anual en México en 2019 será de 3.8 por ciento y bajará a 3.1 por ciento en 2020. En tanto, estimó que la tasa de desempleo repunte a 3.5 por ciento y 3.6 por ciento, respectivamente, desde el 3.3 por ciento en 2018.

No retrasar las reformas estructurales

En México, donde los diferenciales soberanos se han ampliado significativamente desde octubre, “es esencial evitar el retraso de las reformas estructurales necesarias, ya que esto crearía una incertidumbre adicional perjudicial para la inversión privada y el crecimiento del empleo”, advirtió el FMI en su informe Perspectivas Económicas Mundiales de abril.

Entre las recomendaciones de políticas necesarias para nuestro país, el organismo indicó que mantener el plan de consolidación fiscal a medio plazo y posiblemente apuntar a una reducción aún mayor del déficit, estabilizaría la deuda pública, elevaría la confianza y crearía espacio tanto para responder a los choques como para acomodar las necesidades de gasto relacionadas con el envejecimiento.

“Siempre que la inflación siga siendo moderada y las expectativas estén bien ancladas, la política monetaria puede mantenerse acomodaticia con un margen para reducir las tasas si es necesario”, precisó en el documento.

 

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.