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Se tenía que decir… La fama de López Obrador. Por: Santiago Cárdenas. Destacado

13 Ene 2020
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Los gobiernos anteriores tuvieron varios signos de distinción. De esa forma, los presidentes terminaron sus sexenios con famas distintas: Gustavo Díaz Ordaz tiene fama de represor, José López Portillo de corrupto, Miguel de la Madrid de gris, Carlos Salinas de Gortari de corrupto y maquiavélico, de Zedillo se habla poco y no mal; Fox tiene fama de tonto, Calderón de alcohólico, y Peña de corrupto.

 

Sólo el tiempo determinará la fama con la que el presidente Andrés Manuel López Obrador dejará la Presidencia. Para tristeza de todos sus seguidores, la fama popular de los presidentes nunca será buena, y ningún mandatario deja el poder para ser elogiado. Todos los mandatarios mexicanos reciben apodos, famas públicas que no siempre son ciertas, y juicios populares en función de algunos de los hechos ocurridos en el sexenio respectivo.

 

El gobierno de López Obrador se ha esforzado por blindarle la fama al presidente, de tal forma que se ha querido mostrar una figura inteligente, culta, con determinación a acabar con la corrupción, con la intención genuina de mejorar la situación de los más desprotegidos y de ser incorruptible.

 

Sin embargo, cada día aparecen evidencias que contradicen los esfuerzos gubernamentales sobre la figura del presidente, y en ese momento adular a López Obrador se convierte en uno de los deportes favoritos de varios integrantes de su gabinete. Tratar de quedar bien con el mandatario mediante adulaciones es práctica común entre miembros de su gabinete, legisladores o simples integrantes de la mal llamada 4T.

 

Con sus adulaciones buscan atraer miradas, mostrarse dispuestos a enfrentar a los adversarios para defender al mandatario de los feroces ataques de la derecha (nótese el sarcasmo), o simplemente usarlas como recurso para distraer la atención de los problemas verdaderamente importantes que no están siendo atendidos por el Gobierno de México.

 

Lo que dejan de ver sus aduladores es que el presidente López Obrador es un gran propagandista que no requiere de esos recursos tan bajos y básicos. López Obrador tiene una gran capacidad de comunicación que ejerce todos los días en sus conferencias de prensa mañaneras, y que son el ejercicio real que le ha permitido mantener niveles altos de aceptación entre una población dividida.

 

En anteriores ocasiones hemos afirmado que no es lo mismo ser popular que ser eficaz o apto para gobernar. Ser popular no equivale a tener la capacidad intelectual que se requiere para dirigir un país tan complejo como México. Ser popular no basta para dar solución a los graves problemas que atraviesa el país, y que requieren de inteligencia, cultura, determinación e intención real de acabar con estos problemas.

 

Ahora, con todo el aparato del Estado a su favor, López Obrador puede maniobrar para aminorar los golpes a su popularidad. Después de 2024 no sabemos qué ocurrirá, y si quien le releve en el gobierno esté dispuesto a maniobrar para mantenerle una imagen y una fama.

 

El tiempo, sólo el tiempo, permitirá determinar cuál será la fama de López Obrador, si ésta le favorece o no, o si se ajusta a la realidad o no.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.