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Desde San Lázaro. Se queda sola Gordillo. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

14 Ene 2020
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Elba Esther Gordillo tenía picaporte, derecho a entrar al despacho presidencial, en Palacio Nacional al inicio del actual sexenio, empero, la relación con el presidente López Obrador, Esteban Moctezuma, titular de la SEP y Olga Sánchez Cordero, de Segob, se ha ido desgastando a lo largo de los últimos meses, a grado tal de cerrarse ella misma la puerta para recuperar al Snte, se habla que se concentró mejor en su aspiración de tener bajo su égida un partido político, por ello,  con su yerno, Fernando González y su nieto, René Fujwara, pretende convertir  a la agrupación Redes Sociales Progresistas en un instituto político.

El periplo en esta aventura rumbo al registro oficial, todavía enfrentará varios escollos, entre ellos que muchos de sus adeptos han dado su aval a otras organizaciones que pretenden lo mismo, por lo que la nulidad de esos apoyos será un hecho.

Después de salir de prisión, rumiando su venganza y el deseo de recuperar  lo que ella considera como suyo, Elba Esther decidió recobrar el control del Snte a toda costa, merced a  que, por un  lado, contaba con el beneplácito desde las alturas y por otro, que no había ninguna identificación o comunión de propósitos del nuevo gobierno con Alfonso Cepeda Salas, líder del sindicato de maestros, sin embargo, el tiempo, el apoyo del magisterio a la 4T y los múltiples acercamientos entre el presidente y la dirigencia sindical abonaron para que se revertiera esa percepción.

En el ADN de la maestra está el capricho porque prevalezca su voluntad, por encima de los intereses del actual régimen y de la misma gobernabilidad al pretender trastocar la unidad y la operación del sindicato que más agremiados tiene en América Latina.

Legalmente no existe ninguna posibilidad de que ella conquiste la presidencia del SNTE y ninguna otra posición en virtud de que no cumple con los requisitos que señalan los estatutos, vamos, ni siquiera pagó en tiempo y forma sus cuotas sindicales.

Además, de acuerdo al Reglamento para la Elección de Directivas Seccionales, acorde a la nueva legislación laboral, los procesos de renovación de los dirigentes del gremio magisterial, deben realizarse mediante voto secreto, personal e intransferible entre sus miembros

El magisterio le dio un portazo en pleno rostro a la otrora poderosa lideresa,  al reiterar que a partir del próximo mes iniciarán la renovación de ocho secciones sindicales con la autorización del Tribunal Federal de Conciliación y Arbitraje y en este año se renovarán 30 secciones sindicales más, rumbo al 2024, en donde Alfonso Cepeda dejará el cargo como secretario General.

De los tiempos en que Gordillo manejaba a su antojo al sindicato de maestros, no queda nadie de sus esbirros en puestos de dirección y los nuevos cuadros de líderes seccionales definitivamente no comulgan con la idea de que retornen los cacicazgos.

Se quedó sola la maestra y los pocos aliados que tenía, se han ido alejando de ella por tres factores; la obnubilación por la venganza y el poder; por caprichosa y autoritaria y porque las “estrellas ya no iluminan su firmamento”.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.