Contáctanos: 5546 8746
Síguenos en:
Fecha:

Se tenía que decir… La venta del avión presidencial siempre ha sido una mentira. Por: Santiago Cárdenas. Destacado

15 Ene 2020
282 veces

La venta del avión presidencial Boeing 787 Dreamliner “José María Morelos y Pavón”, que fue adquirido por el entonces presidente Felipe Calderón, aunque quien le dio uso fue el presidente Enrique Peña Nieto, se encamina al fracaso previsto, y el gobierno de Andrés Manuel López Obrador empieza a tomar acciones para justificar el fiasco.

 

Oficialmente, el gobierno de México anunció que el avión regresa a México luego de permanecer más de un año en un hangar de Victorville, California. El 3 de diciembre de 2018 la aeronave salió del país con la promesa presidencial de que sería vendido. En distintas ocasiones, López Obrador aseguró que había varios postores y que la nave generaba mucho interés entre los supuestos interesados en comprarla.

 

El tiempo demostró que todo fue un engaño. El avión presidencial no se ha vendido, y el gobierno de México decidió regresarlo a México para continuar con un supuesto proceso de venta, ahora en una subasta. Es decir, la mentira continúa.

 

El presidente aseguró que en poco más de un año de permanecer detenido en California, el avión presidencial sin usarse generó gastos por más de 30 millones de pesos. si el avión se hubiera usado, los gastos durante un año habrían ascendido a 32 millones de pesos; es decir, cuesta lo mismo tenerlo detenido en un hangar que usarlo en giras presidenciales. La diferencia estriba en que el presidente López Obrador ha usado aviones comerciales para él y su comitiva durante un año, y ese gasto se podría haber evitado. Tan sólo en el primer trimestre de gobierno de López Obrador, las giras de trabajo del mandatario generaron gastos por 281 mil 566 pesos.

 

En realidad, el tema de la venta del avión presidencial siempre fue un engaño. El gobierno de México sabía de antemano que la aeronave no podría ser vendida. Las modificaciones realizadas al avión para adaptarla precisamente como un transporte presidencial hacen que no sea de interés para particulares. En la mentira, el director de Banobras, Jorge Mendoza, informó en junio pasado que había ¡36! postores de 13 países interesados en adquirir el avión. Si 36 postores se han echado para atrás, la lógica más básica indicaría que algo falla, que algo está mal, y por lo mismo no habrá venta.

 

El gobierno siempre supo que no se podría vender. La postura de López Obrador respecto de la aeronave es más ideológica que práctica. No se trata de un asunto de dinero o de despilfarro, sino de no usar un avión que fue comprado por su odiado rival político, Felipe Calderón, a quien señala como responsable de todo lo malo que hay en el país.

 

El avión presidencial debió usarse en esta administración. Nadie le habría reprochado a López Obrador su uso, tomando en cuenta que al mandatario en turno le permite desplazarse por el país sin necesidad de ocupar vuelos comerciales. Ideología y propaganda por delante, López Obrador decidió no hacerlo, y en esa decisión se llevó por delante muchos millones de pesos que se justificarán con el lugar común: “no puede haber gobierno rico, con pueblo pobre”, una más de sus frases que reflejan su pobre vocabulario, y su limitada capacidad intelectual.

 

Valora este artículo
(0 votos)

El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.