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Desde San Lázaro. La sobremesa en palacio nacional. Por: Alejo Sánchez Cano. Destacado

16 Ene 2020
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Después de la comida con el presidente López Obrador, a los gobernadores y la jefa de gobierno de la CDMX les quedaron varias cosas muy claras, la primera es que todo el entramado jurídico con las respectivas reglas de operación del INSABI, fue de una irresponsabilidad mayúscula del Congreso por lo que tardará un tiempo para que este nuevo organismo se encargue del cuidado y atención de la salud de los sectores más vulnerables de la sociedad, por lo que el Seguro Popular seguirá operando en algunas de la entidades. De hecho, ya se prepara en la cámara de diputados federal, por parte de todos los partidos políticos, emprender los ajustes legislativos necesarios para que funcione a cabalidad.

Segundo; en el tema de la seguridad pública no hay avances significativos mientras no se destinen mayores recursos presupuestales y se carezca de una estrategia de seguridad con objetivos en la recuperación de territorios que están en manos del hampa, y que esta, la estrategia, esté articulada entre los tres poderes de la Unión y los tres niveles de gobierno.

Los nuevos lineamientos que aprobó la Conago que normarán las mesas de seguridad en las entidades del país, señalan que no será obligatoria la presencia de los gobernadores, no serán forzosamente “mañaneras”, ni se llevarán a cabo en las zonas militares de los Estados e incluso podrá prescindirse de los superdelegados.

Este es el resultado del balconeo que se hizo en Palacio Nacional a los gobernadores “incumplidos” lo que, sin duda, causó gran malestar entre ellos, y por eso se determinó por  ambas partes, terminar la diferencia con estos nuevos lineamientos.

Anteponer la neutralidad política en materia de seguridad pública al hacer prevalecer la unidad, el respeto y el trabajo conjunto, fue una línea discursiva expresada por Silvano Aureoles, gobernador de Michoacán,  que fue bien recibida.

Desde luego, el ambiente de la comida con el presidente fue cordial y respetuoso, “fue una convivencia plagada de cordialidad, nada de temas de gobierno a decir del gobernador priista de Sinaloa, Quirino Ordaz,  aunque prevalece el recelo, decimos nosotros,  por parte de los mandatarios estatales, particularmente del PAN, MC, PRD y el gobernador independiente de Nuevo León.

El frente de gobernadores azules ahora lo comanda Martín Orozco, gobernador de Aguascalientes y por la belicosidad mostrada en affaire contra el gobierno federal, habrá otros capítulos fuertes sobre los desencuentros con el gobierno de la 4T.

Las croquetas de pejelagarto servidas en la comida, aplacaron el ánimo de los belicosos y tal grado que la plática central versó sobre el béisbol y algunos chistoretes que relajaron el ambiente.

Se habla que en la comida hubo reclamos de gobernadores, lo cual es una absoluta mentira, ya que durante la degustación del menú tabasqueño, las cosas estaban más que tranquilas.

Veremos que tanto sirvió la comida cumbre para limar las asperezas, seguramente no de mucho, ya que la ruta política electoral rumbo al 2021 ya empezó y por ello toda estará contaminado por las aspiraciones políticas y de poder de los protagonistas y partidos políticos.

Así que mientras el presidente tiene muy clara la ruta rumbo al 21, después,  la revocación de mandato y la elección presidencial del 2024, los gobernadores solo atisban su horizonte local, aunque algunos ya ven posibilidades de seguir en la refriega política con nuevos proyectos políticos de mayor envergadura.

 

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.