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Desde San Lázaro. No pasa la ley Banxico, ni la iniciativa eléctrica del Presidente. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

05 Feb 2021
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El presidente sufrirá dos reveses desde el Congreso, el primero ya se está cocinando en torno a congelar la iniciativa aprobada en el senado con respecto a la ley Banxico y el segundo, la iniciativa preferente sobre cambios a la Ley de la Industria Eléctrica, no pasará no solo por ser inconstitucional, sino porque atenta contra los principios fundamentales del T-MEC, al tiempo de dar un salto al pasado al promover el uso de combustibles fósiles y dejar a un lado las energías limpias, además de pretender sacar de la generación eléctrica al sector privado que ha logrado abaratar los costos del fluido eléctrico.

Mientras en el mundo la energía eléctrica cada vez le cuesta menos a su población, debido a las grandes inversiones que se han realizado en los últimos años en plantas de energías limpias, que generan energía eléctrica a menor precio, en México se prepara una reforma a la Industria Eléctrica con el “pretexto” de salvar a CFE, pero con un claro objetivo de utilizar carbón y combustóleo, para hacer negocios millonarios para unos cuantos.

En días pasados, los avances tecnológicos y las condiciones climáticas existentes, sorprendieron al mundo ya que en España, debido al libre mercado energético y la alta presencia de energías limpias, la electricidad está a punto de ser gratuita, ya que tuvo un desplome en su costo del 98.5% pasando de 94.99 a 1.42 euros el megavatio hora, lo cual demuestra la llegada de una verdadera transición energética y los beneficios directos a la población.

Vayamos por partes, la reforma a Banxico fue sacada de la agenda legislativa por Morena, después de enfrentar el rechazo del Banco de México, del sector bancario y de los expertos en torno a permitir que el Banco Central recibiera dólares en efectivo, abriendo con ello, entre otras puertas, la posibilidad de que los criminales pudieran blanquear sus capitales.

En este asunto el presidente dio marcha atrás a una recomendación de su amigo el magnate de la televisora del Ajusco y con ello logró frenar un problema que incluso hubiera tenido repercusiones internacionales.

Ahora, con la iniciativa presidencial en torno a modificar la Ley Eléctrica, ocurrirá lo mismo, no solo porque afecta la perspectiva de crecimiento de la CFE y del país de cara el uso de energías renovables, sino que, también daña la relación comercial con nuestros vecinos del norte y con el resto del orbe, todo por el escozor que causa en AMLO y Bartlett la participación de la IP en la cogeneración de electricidad.

Por si esto no fuera poco, uno de sus aliados políticos, el partido Verde pintó su raya en torno a la iniciativa preferencial al rechazarla contundentemente al manifestar que tendría efectos negativos como; una afectación al crecimiento y participación de nuevas fuentes de generación de energía limpia y renovable, otra el principio de progresividad ambiental, al facilitar la generación de energía a través de fuentes contaminantes.

Una generación más cara de la energía, cuyo costo se trasladará a la tarifa que paga la gente, o a los contribuyentes si se establecen subsidios de gobierno a las tarifas de la energía.

La incertidumbre para la inversión por la adopción de criterios técnicos discrecionales, en un país que necesita crecimiento económico, generación de empleo y de energía, y que ha adquirido compromisos en tratados internacionales.

Restricciones súbitas a los productores para el acceso a la red de transmisión y distribución para la energía que producen, perdiéndose grandes inversiones ya realizadas.

Limitaciones a instrumentos para captar financiamiento para el desarrollo de proyectos nuevos de generación de energía por parte de la iniciativa privada.

La posible inconstitucionalidad de la iniciativa por limitar la participación en la industria eléctrica.

Dicen los Verdes que la industria eléctrica nacional debe tener como objetivo final generar bienestar a la gente para que cuente con energía eléctrica regular, confiable, económica y limpia.  Con esta reforma pasaríamos de una política de fomento e incentivos a la inversión y desarrollo para alcanzar este objetivo, a una política de restricción, incertidumbre, asimetría y discriminación en los participantes del sector que nos alejará más del objetivo.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.