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Desde San Lázaro. Salvó la campana a Sánchez Cordero. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

09 Feb 2021
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A quien no le cayó como anillo al dedo el contagio de coronavirus del presidente Andrés Manuel López Obrador es a Olga Sánchez Cordero, la secretaria de Gobernación que sustituyó al mandatario en las conferencias de prensa mañaneras.

 

Precisamente en los días en que la titular de Gobernación llevaba a cabo esta encomienda, la Fiscalía General de la República detuvo en Acapulco al exgobernador de Puebla, Mario Marín, mejor conocido como el góber precioso, quien se encontraba prófugo desde abril de 2019. Ese año, la titular del Primer Tribunal Unitario Vigésimo Séptimo Circuito, María Elena Suárez, libró una orden de aprehensión en contra de Mario Marín por su presunta responsabilidad en el delito de tortura en agravio de la periodista Lydia Cacho.

 

El delito fue cometido en diciembre de 2005, cuando la periodista fue detenida en Quintana Roo y trasladada vía terrestre a Puebla. En ese momento, a Cacho se le acusó de los delitos de difamación y calumnias, tras la publicación de su libro “Los demonios del Edén”, y en el trayecto a Puebla fue torturada psicológicamente por los agentes que la trasladaron, quienes amagaban con abusar sexualmente de ella, de acuerdo con la versión que ha sostenido la periodista.

 

Tras la detención de Mario Marín, Lydia Cacho señaló contundente que la actual secretaria de Gobernación es “responsable de haber detenido la justicia durante 15 años para miles y miles de víctimas en México, y tiene una deuda con el país, una deuda moral y jurídica”. Además, agregó que “Olga Sánchez Cordero fue la ministra que nos traicionó”. Ella, dijo, “fue parte de una complicidad desde la Suprema Corte que impidió que casos similares fueran llevados ante la justicia y se convirtieran en precedentes jurídicos para México”.

 

Cuando este asunto estalló, la secretaria de Gobernación dejó de sentirse “cómoda” en las conferencias de prensa mañaneras, como lo había expresado en días anteriores. El tema le incomodó visiblemente y la sacó del balance que había mantenido.

 

La titular de la Segob también mintió cuando afirmó que Lydia Cacho no había pisado la cárcel en Puebla. La propia periodista aclaró en Twitter que sí estuvo en la cárcel en Puebla, y reprochó a la exministra que no hubiera pedido para ella un juicio justo en aquella ocasión, como ahora lo pide para Mario Marín.

 

A nadie más que a Sánchez Cordero le urgía el retorno del presidente a las mañaneras, no por lo que significa la recuperación del mandatario de una enfermedad que ha matado a más de 165 mil mexicanos desde marzo de 2020, sino porque así evitó su exposición a más preguntas sobre el tema de Lydia Cacho por parte de los pocos periodistas que asisten a Palacio Nacional todas las mañanas.

 

La detención de Mario Marín ocurrió en muy mal momento para la secretaria de Gobernación. El recuerdo de su actuación en la Corte para atender ese tema no le sienta bien, y seguramente requerirá que el presidente abogue por ella en público en alguna de las mañaneras, o que la Vocería de la Presidencia haga algo para minimizar lo mal parada que quedó después de las declaraciones de Lydia Cacho.

 

Para la secretaria de Gobernación, la reaparición del presidente en las mañaneras fue providencial. De hecho, esperaría que una vez librada de tener que encabezar las conferencias mañaneras, su participación como ministra en el caso de Lydia Cacho quede en el olvido.

 

El asunto de Mario Marín tiene tantas aristas y una de ellas pega en varios de sus excolaboradores, quienes por cierto ahora son miembros relevantes del gobierno de la 4T.  Veremos en qué termina este otro ominoso asunto que quema a quien lo toque.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.