Contáctanos: 5546 8746
Síguenos en:
Fecha:

Arte elaborado con materiales no convencionales. Por: Minette Argüello. Destacado

09 Feb 2021
1080 veces

La creatividad consiste en ver oportunidades donde otros no ven nada.

Hablar sobre la dialéctica de una obra de arte implica también entender el material del que esta elaborada, pues este pasaba desapercibido hasta el momento en que el espectador lee la cedula que acompaña a la obra, aunado a la generalización de los materiales en función de la técnica de la obra. Es a partir de ciertos exponentes del arte moderno y contemporáneo que comienza a evidenciarse un quiebre con los cánones de los materiales utilizados, con lo que comienzan a captar cada vez más la atención del espectador, aunque en las artes decorativas muchos artistas se adelantaron a utilizar materiales no convencionales mucho antes de que los artistas modernos y contemporáneos creyeran que estaban innovando.

Antes de hablar sobre materiales no convencionales, vale la pena preguntarse ¿Cuáles son los materiales propios del arte?

La palabra convencional puede evocarnos a la palabra “costumbre”, que en términos de arte puede entenderse como un acto que atiende a las normas precedentes mayoritariamente observadas.

Un material destinado a una obra de arte, así como las técnicas y procedimientos utilizados para su tratamiento se legitiman por medio de la estética que aportan a la obra, el mercado y la crítica en función al impacto social de la obra, cuya elaboración quedo formalizada a través de cánones establecidos que se han mantenido a través del tiempo. Es así que históricamente se establecieron asociaciones específicas entre el material y la obra de arte. Ejemplos de estas asociaciones pueden ser los siguientes:

Pintura – colores al óleo o acrílico, pinceles, caballete, bastidor, espátulas.

Escultura – Arcilla, piedra, madera, estiques, cinceles, martillos.

Tales asociaciones se consolidaron culturalmente conformando nuestra percepción de las imágenes que evoca nuestra mente al pensar en arte.

Es muy curiosa la intención de trabajar con materiales no convencionales, pues interfiere con la expectativa social de lo que estamos acostumbrados a ver en una obra en función al material preestablecido por la tradición, cuestionando a los cánones establecidos en cuanto técnicas y procedimientos, es decir una negación de estos, lo que pone en duda la legitimidad de la obra artística como tal, lo que nos lleva al gran dogma en el arte moderno y contemporáneo al preguntarnos ¿la obra que estoy apreciando es arte o no?

La alteración de alguno o varios de los elementos de los cánones establecidos genera rupturas en las condiciones habituales de la realización de la obra, la cual puede considerarse no convencional al implicar la utilización de materiales que por tradición y costumbre no estaban destinados para la producción artística.

Lo interesante en esta inquietud de explorar las posibilidades de crear obras de arte con materiales no convencionales recae en la creatividad del artista para desafiar a las técnicas habituales dando una oportunidad a materiales que nos parecen ordinarios y monótonos, transformándolos en obras que nos despiertan una nueva “experiencia estética” y abren nuestra mente a otra manera de apreciar a los materiales.

Cada vez es más común conocer trabajos realizados con materiales reciclables o encontrados en la naturaleza y muchos espectadores comparten el asombro de ver como fue aprovechada y transformada esa materia con la que se desafió la tradición para generar nuevos métodos contemporáneos en arte.

En cuanto al arte decorativo que fue elaborado con materiales inusuales, nos deja constancia de que la experimentación y descontextualización de los materiales no es algo nuevo, si no que siglos atrás muchas culturas aprovecharon las cualidades de los materiales para enriqueces la estética de sus ornamentaciones y que, al apreciarlos, nos siguen generando una gran variedad de sensaciones y asombro por lo desconcertante que puede ser el material. Ejemplo de ello es el uso de restos óseos para la elaboración del osario de la iglesia gótica de Sedlec en republica Checa. S. XV.

Otra particularidad de los materiales no convencionales es el tiempo de vida que pueden aportar en la obra, la cual puede ser muy efímera al estar elaborada de materiales perecederos como alimentos, por lo que solo queda como antecedente el registro fotográfico de la obra.

Los siguientes ejemplos que seleccione dan noción de interesantes oportunidades para aprovechar las cualidades de diversos materiales.

Caballo, escultura elaborada soldando chatarra metálica, obra del escultor Francisco Romero Ruiz.
Heartfelt, escultura elaborada con bloques de lego por Nathan Sawaya.
Escultura elaborada con lápices de colores por Molly Gambardella.
Esculturas a base de rollos de periódico elaboradas por Chie Hitotsuyama.
Imagen elaborada a base de cinta adherible por el artista holandés Max Zorn.
Imagen construida con piedras de playa por Stefano Furlani.
Peter Paul, escultura elaborada con chicles por Maurizio Savini.
Monalisa recreada con cubos Rubik por el artista francés Invader.
Imagen elaborada con cabello por artista hindu Midhun.
Escudo de armas hecho con huesos humanos en la iglesia gótica de Sedlec en republica Checa, claro ejemplo de utilización de restos ocios como opción para ornamentación en el S. XV. Obra de Francis Rint.
Valora este artículo
(2 votos)

El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.