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Desde San Lázaro. La cámara de diputados secuestrada por AMLO. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

10 Feb 2021
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La cámara de diputados está tomada por AMLO y ello será más evidente en los dos últimos periodos de sesiones que le restan y en donde se terminará de aprobar la agenda legislativa del presidente que busca afianzar a una presidencia imperial sin organismos independientes, sin contrapesos y además contar con los recursos presupuestarios para fondear las tres obras insignia del sexenio, los fondos suficientes para aceitar toda la maquinaria electoral que incluye los siervos de la nación y los beneficiarios de los programas político asistenciales.

Claro, en el camino habrá más ocurrencias presidenciales que requieren la aprobación legislativa como la malograda ley Banxico o la ley eléctrica y desde luego regular por decirlo de forma elegante, el uso de las redes sociales, esas que de benditas pasaron a ser un auténtico dolor de muelas para el actual régimen.

Sabe AMLO que lo que no se aprobé en la LXIV legislatura, después con la nueva composición de la cámara de diputados a partir del resultado de las elecciones intermedias, será imposible hacerlo con los nuevos diputados sobre todo si Morena y aliados pierden la mayoría en la cámara baja.

Están muchas cosas en juego con la nueva composición que tendría la cámara de diputados a partir del 1 de septiembre de este año, por eso el presidente Andrés Manuel López Obrador echará toda la leña al asador para que no se quede nada relevante en la congeladora legislativa con la LXIV legislatura.

Así que mientras los diputados que buscan la reelección están distraídos y los demás enfrascados en las campañas políticas, vienen varios albazos legislativos que borrarán por ejemplo al INAI del mapa de la transparencia y rendición de cuentas, además de cercenar la libertad de expresión con la censura en las redes sociales.

Tienen casi 7 meses para bordar todo el entramado jurídico que permita a AMLO permanecer en el poder incluso después del 2024, por ello la tensión en Palacio Nacional está al rojo vivo.

Saben que el tiempo está encima para asegurar mantener la mayoría en la cámara de diputados, por ello la prioridad máxima es ganar la elección intermedia.

Por supuesto hablamos sólo de la cámara baja porque va a cambiar su composición, pero la cámara de senadores lleva la batuta en la construcción de todo el nuevo marco legislativo que requiere el presidente para consolidar la hegemonía de su proyecto político más allá de las fronteras sexenales.

Ricardo Monreal será la pieza más relevante del tablero de ajedrez, tanto para controlar al poder legislativo, como para impedir que no haya sorpresas que ponga en riesgo el proyecto hegemónico del presidente de México.

La agenda legislativa que tiene Morena en los dos últimos periodos de sesiones son las Reformas en materia administrativa, outsourcing, reducción de presupuesto a partidos políticos, la nueva Ley Orgánica de la Fiscalía General de la República, al sistema integral de justicia penal para jóvenes, a la Ley de Disciplina Financiera de los Estados y Municipios, la conclusión del trámite de la Ley de Educación Superior, la creación de la Ley de Economía Circular y la Ley de Remuneraciones de los Servidores Públicos.

Desde San Lázaro, la Diputada Federal del PRD, Mónica Almeida acusó que mientras la mayoría en la Cámara de Diputados no deje de obedecer ciegamente las órdenes que llegan de Palacio Nacional y generen un criterio propio será imposible impulsar de fondo a México, por ello es necesario que se consolide un poder legislativo que permita la entrada a propuestas clave, en vez de ponerlas en el congelador.

CONDOLENCIAS

Que descanse en paz el amigo Fernando Macias, quien más allá de los puestos de comunicador que ostentó, se granjeó amistades por su bonhomía y lealtad.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.