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La abstracción geométrica: Contemplar la belleza en sus formas más básicas. Por: Minette Argüello. Destacado

04 May 2021
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El impacto de la aparición del cubismo fue el impulsor para la gestación de un movimiento entre los años 1911-1912, movimiento en el que prolifera la creación de obras de arte no figurativas en las que se exploran las posibilidades de las formas geométricas más elementales: círculos, cuadrados, rectángulos, líneas rectas y arcos. Revalorando la importancia de los principios del orden geométrico a través de la abstracción geométrica en la producción plástica.

Los cubistas George Braque y Pablo Picasso creían que una pintura estaba incompleta si no refería por lo menos al mundo de los objetos y las formas más básicas y aunque el pintor ruso Wassilly Kandinsky es considerado un principal precursor de los maestros abstractos, junto con los maestros Malevich y Mondrian como impulsores de la abstracción geométrica, podemos encontrar influencias de este movimiento en las antiguas culturas que utilizaron la geometría como expresión artística y decorativa como lo fue en el arte islámico, griego y romano, a través de sus cerámicas y mosaicos.

Varios artistas transitaron en la exploración del cubismo a través de sus obras, fijando su interés en la exploración de la geometría, cayendo en la cuenta de que la estética transmitida por la geometría en sus formas más simples en suficiente por sí misma.

La belleza de la forma no recae únicamente en la belleza de las figuras vivas o sus imitaciones en la plástica, si no a las rectas y curvas formadas a partir de ellas, construidas a través de las herramientas de dibujo técnico: regla, escuadras, compas, etcétera. Estas líneas y formas no son bellas por ninguna razón o propósito en especial, como suele pasar con otras cosas, si no que son simplemente bellas por su misma naturaleza y dan placer por si mismas, completamente libres de los caprichos de los juicios estéticos. Ejemplo de ello lo encontramos en la escritura y la caligrafía.

La abstracción geométrica se ha inclinado a soñar con un ambiente utópico para el hombre moderno creado en la imagen de su arte, ahora la vemos utilizada como referente en los campos de la arquitectura, diseño de interiores, muebles, tipografía. Claro ejemplo de ello lo notamos en el Art Deco que es una bella dignificación de la simpleza de las formas geométricas para generar inquietantes experiencias visuales.

Posterior mente los exponentes sobre este estilo aspirarían a una mayor complejidad de diseños relacionándose con modelos matemáticos o jugando con interpretaciones mas biomorfas (estructuras artificiales de aspecto orgánico). Aun podemos encontrar obras que aluden a esta racionalización de la forma que se funden con las nuevas propuestas del arte contemporáneo.

Algunos de sus representantes más destacados:

Discos de Newton, Frank Kupka, óleo sobre lienzo, 1912.
Rectángulo azul sobre barra purpura, Kasimir Malevich, óleo sobre lienzo, 1915.
Aire, fuego, Auguste Herbin, óleo sobre lienzo, 1944.
Composición A Artista, Piet Mondrian, óleo sobre tela, 1923.
Grandes volúmenes, Jean Hélion, óleo sobre lienzo, 1935.
Hacia arriba, Wassily Kandinsky, óleo sobre cartón, 1929.
Pélagos, Barbara Hepworth, madera con color y cordeles, 1946.
Columna desarrollable, Antoine Pevsner, cobre amarillo y bronce, 1942.
Ejemplos de patrones de decoración en el Art Deco.
Patrones de decoración de mezquita islámica.
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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.