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Desde San Lázaro. Se pudre el fut profesional, ante la complacencia del Gobierno. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

02 Feb 2023
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Desde San Lázaro. Se pudre el fut profesional, ante la complacencia del Gobierno. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://twitter.com/FMF

Después del fracaso de la selección mexicana de fut en la gesta mundialista de Qatar, algunos ingenuos creyeron que el “ramalazo” había sido de tal envergadura que haría reaccionar a los dueños de los clubes de fútbol profesional, sin embargo, eso no sucedió, al contrario, prefieren mantener las cosas, igual, para asegurarse grandes ganancias económicas, sin tener que desembolsar los recursos necesarios para impulsar el surgimiento de nuevos jugadores nacionales.

El manejo del fútbol profesional requiere necesariamente la intervención del gobierno federal, porque el impacto social que tiene este deporte es descomunal, a tal nivel que,  incluso, puede  provocar la irritación generalizada que atente contra la gobernabilidad del país.

Trastocar el humor social en momentos en que la inflación, la crisis económica y la inseguridad pública alcanzan niveles alarmantes, es muy peligroso.

No basta que el SAT les apriete las tuercas a los propietarios de los clubes, sino debe tener el gobierno una participación muy activa para contener las ávidas ansías de ganancias, por encima de los intereses de la gente y de los aficionados en particular. 

El próximo mundial del 2026,  se celebrará en Estados Unidos, México y Canadá y con ello diremos que prácticamente se estará jugando de local, por lo que la frontera de llegar a un quinto partido es corta ante la posibilidad de disputar la final y por ello, es menester que las cosas se hagan bien desde ahora, no obstante que falten cuatro años para su realización.

Esto no lo han entendido los dueños de los clubes que pretenden tener resultados diferentes, haciendo lo mismo, darle atole con dedo a la afición, para que ellos sigan matando a la gallina de los huevos de oro.

En momentos que el cambio generacional de los jugadores seleccionados  no se ha dado, se requiere invertir en las fuerzas básicas y en abrirles espacios en las alineaciones de los equipos de la primera división, por encima de tanto jugador extranjero que bloquean esas plazas, sin embargo, los dueños prefieren mantener a los extranjeros, porque no pueden venderlos a los precios que los adquirieron y sobre todo, porque la gestación de nuevas promesas es muy caro y requiere paciencia, visores y resultados.

En las potencias mundiales, la inversión económica que hacen los equipos top del ranking mundial es muy relevante, además claro, de contratar a los mejores futbolistas del planeta, en contraparte, en México hacen los contrario, invierten en jugadores extranjeros de mala calidad y con ello impiden el debut de las eventuales promeses mexicanas.

Los cambios anunciados por Yon de Luisa y Mikel Arreola, son para engañabobos ya que ni siquiera están completamente aprobados por sus patrones y aunque estuvieran, no sirven de nada para garantizar el éxito en el próximo mundial.

Para empezar deben renunciar estos dos personajes para dar paso a auténticos profesionales del balompié que no tengan compromiso con ningún grupo empresarial.

También el gobierno federal debe tener representantes en el comité de selecciones nacionales, al tiempo de incorporar a ex entrenadores del seleccionado y jugadores mexicanos inactivos que dieron fama a este deporte.

Se debe impulsar una bolsa económica de 200 millones de dólares para fomentar las fuerzas básicas con torneos nacionales para niños, adolescentes y jóvenes, desde luego, de ambos sexos, ya que el fut femenil merece el mismo trato que el varonil.

A unos días de que se conozca el nombre del nuevo entrenador, deben establecerse metas a corto, mediano y largo plazo, ya que, verbigracia, con el “Tata” Martino lo dejaron hacer de las suyas, no obstante a haber perdido tres finales ante Estados Unidos.

Todas las cadenas de valor que rodean al fútbol profesional generan miles de empleos y divisas, sin embargo, se pusieron en riesgo después del fracaso en Qatar, por ello, decimos que, aunque es un negocio privado, el gobierno no debe ser omiso ante las implicaciones sociales y económicas que tiene esta actividad.

Ahora sí que el balón no solo está en la cancha de los propietarios de los clubes, sino en el gobierno del presidente López Obrador, quien debe intervenir para poner orden en el fútbol profesional.

Los cambios anunciados como la eliminación del  repechaje o el surgimiento de los torneos largos, pero con liguillas (sic), son, por decirlo de forma decente,  tonterías, eso sí,  si van a quitar la multipropiedad de equipos está bien, así como retomar el ascenso y descenso, pero el reducir  el límite de extranjeros a 7, es una vacilada.

Si AMLO no interviene le dejará una bomba de tiempo al próximo presidente de México, de eso no cabe  la menor duda.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.