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Como veo, doy. Ley Malena, un paso más contra el feminicidio. Por: Jorge Luis Galicia Palacios Destacado

13 Feb 2023
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Como veo, doy. Ley Malena, un paso más contra el feminicidio. Por: Jorge Luis Galicia Palacios Imagen tomada de: https://twitter.com/FuenteMarce
  • Ley Malena, un paso más contra el feminicidio
  • En 2022, más de 50 agresiones con ácido u otro químico

De que faltan muchas acciones y leyes en la lucha contra el delito de feminicidio, no hay duda, sobre todo cuando día a día nos enteramos que las cifras en este tipo de delitos no decrecen y eso da una idea de que en las estrategias para combatir este tipo de delitos algo está fallando, lo cual también es cierto, pero cuando nos enteramos que desde diversas ópticas el poder legislativo está tomando cartas en el asunto lo único que nos queda es pedir que el proceso para confeccionar esas leyes sea más expedito para que las familias de las víctimas en algún momento tengan un remanso de paz en sus vidas y de alguna manera tengan el cobijo de la justicia que en algunos casos tarda años en llegar y a veces nunca llega.

A fines del mes de enero pasado, en el Congreso de la Ciudad de México, la diputada Marcela Fuerte (Morena) presentó una iniciativa de Ley que de inmediato se identificó como la “ley Malena”, misma que pretende reformar, derogar y adicionar diferentes disposiciones en la Ley de Acceso a las Mujeres a una Vida Libre de Violencia de la Ciudad de México y al Código Penal local.

Entre otros objetivos que se persiguen con dicha iniciativa está el de tipificar los ataques con ácidos y otras sustancias químicas o corrosivas, como un delito en el Código Penal, ya que este tipo de agresiones no se contempla como un delito de violencia de género hacia la mujer y únicamente se encuentra tipificado como lesiones.

En términos generales la iniciativa habla de que se reconozca la necesidad de ampliar el marco normativo encaminado a la tipificación de conductas de violencia, ponderando la salvaguarda de los derechos de las mujeres por acciones perpetuadas contra estas, creando un tipo penal autónomo que tenga como objetivo sancionar los actos cometidos en contra de las mujeres en razón de su género, puesto que no únicamente se deben penalizar las conductas que culminan con su muerte, como lo es el feminicidio, sino también aquellas que provocan alteraciones en su salud y daños permanentes a su integridad.

También propone que la Secretaría de Salud lleve un registro y se remita a las autoridades competentes la información sobre las personas atendidas en caso de lesiones causadas por sustancias descritas. Y quien cometa este delito enfrentará una pena de 8 a 12 años de prisión y una multa, además de los posibles agravantes del delito.

En caso de que la agresión entorpezca o debilite permanentemente una extremidad o cualquier otro órgano, se aumentará un tercio de la pena, por lo que puede llegar hasta 18 años, según la gravedad de las lesiones.

De manera relevante, se plantea que este tipo de agresiones sean considerados como un intento de feminicidio cuando el ataque con ácido: Provoquen resección parcial o total en las mamas; alteración en el aparato genital, en las funciones de reproducción sexual o atente contra el ejercicio de la autonomía sexual, cause alguna deformidad o daño físico permanente en algún órgano interno, externo o ambos; provoque daños en extremidades; entorpezca, debilite u ocasione la pérdida parcial o total del oído, vista, habla; incapacidad permanente para trabajar, y en estos supuestos la pena será de 12 a 30 años.

LAS CARTAS HABLAN.- De acuerdo al texto propuesto por la diputada local de la CDMX, Marcela Fuerte, se define a la “violencia ácida” como  aquella que pretenda causar daño físico irreversible que lastime, altere y/o cause alguna discapacidad, mediante la acción de arrojar ácido, álcalis, sustancias químicas, corrosivas, cáusticas, irritantes, tóxicas, inflamables, líquidos a altas temperaturas o cualquier otra sustancia que pueda provocar o no lesiones en órganos internos, externos o ambos.

Este tipo de violencia implica una alta carga simbólica toda vez que la finalidad es causar de forma deliberada y permanente dolor, sufrimiento y humillación a la mujer, además de causar daño físico, psicológico y emocional irreparable e irreversible, es decir, dejar una marca permanente en ella.

VA MI RESTO.- Hablar de la Ley Malena, significa remitirnos al nombre  de María Elena Ríos, quien fue víctima de un ataque con ácido en septiembre de 2019, cometido en el Estado de Oaxaca, y lamentablemente, como ella misma lo reconoce, no es la única mujer que en México ha atravesado por una situación similar, ya que tan solo en el año 2022, más de cincuenta mujeres en el país fueron atacadas con algún tipo de ácido o químico.

Por todo lo anterior, este espacio se une a la propuesta conocida como “Ley Malena”, al tiempo que invocamos que dicha propuesta se inserte en las consideraciones que el año pasado presentó en el Senado de la República la legisladora Olga Sánchez Cordero en el sentido de buscar una homologación del tipo penal del feminicidio, pues hay 33 maneras de juzgar -en el ámbito federal y en las 32 entidades de la República-, sin modificar el artículo 73 constitucional.

De igual manera unimos nuestra petición a quienes desde diversos foros solicitan que las políticas públicas contra el feminicidio se apliquen con la urgencia que ameritan y que en este caso el legislativo tome decisiones rápidas para parar de tajo este tipo de delitos, y hasta ahí porque como veo doy.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.