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Desde San Lázaro. El legado: Pemex en bancarrota. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

13 Feb 2023
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Desde San Lázaro. El legado: Pemex en bancarrota. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://twitter.com/Pemex

Se compromete cada vez más la viabilidad de Pemex hacia el futuro. Su deterioro financiero avanza  en proporción a los pasivos que tiene, la falta de mantenimiento, la opacidad en su manejo, el desplome de la producción y su poca rentabilidad aun en tiempos de grandes utilidades para las petroleras en el mundo.

El manejo del sector energético por parte del presidente López Obrador y sus dos escuderos, Octavio Romero y Manuel Bartlett, ha sido desastroso, tanto por su visión estatista que ha orillado al freno de inversiones privadas en el sector, como su escaso entendimiento sobre el manejo de las energías limpias en el mundo.

Mientras que las grandes economías viran hacia las energías sustentables, Pemex y CFE se mantienen consumiendo carbón y combustóleo, al tiempo de derrochar los recursos públicos en la construcción de la refinería de Dos Bocas que, no obstante, haber sido inaugurada en julio, a la fecha no refina nada y el costo de construcción y operación se sigue incrementando.

El retorno de inversión  de esta planta, no cubre el gasto erogado y menos justificará el monto de los recursos gastados.

Considerada como un pozo sin fondo, el propio gobierno ha reconocido un sobrecosto multimillonario.

De 8 mil millones de dólares, se incrementó a 12 mil millones de dólares.

Ahora, de acuerdo a cálculos conservadores, se habla de 18 mil millones de dólares, sin embargo, esto todavía no está confirmado.

A la fecha, es un misterio cuanto realmente será el costo final de la refinería, ya que faltan los gasoductos, las plantas sulfuradoras y de hidrógeno, entre otras obras de gran envergadura que permitan refinar,  producir y distribuir las gasolinas.

Dicen que cuando ya esté totalmente terminada, Dos Bocas tendrá capacidad de refinar 340 mil barriles diarios, aunque el presidente acotó que serán para este año la mitad, pero a decir verdad, la planta no está en condiciones para operar sin contratiempos en este año.

Ante el anunció que habrá en el zócalo un acto masivo en próximo 21 de marzo, día de la expropiación petrolera, para festejar la defensa de la soberanía energética, diremos que en diciembre pasado, Petróleos Mexicanos tuvo la peor producción de su historia al reportar un millón 576 mil barriles diarios, la cifra más baja desde que se tiene registro estadístico en 984.

La meta que presumía Octavio Romero de producir 2 millones 321 mil barriles diarios al cierre del 2022, ha sido otra mentira del “director Pinocho” aunada a la falacia de que México logrará la autosuficiencia en gasolinas.

La visión retrógrada del presidente por pretender regresar al pasado a Pemex, en donde está vetada la inversión privada, ha sido un yerro mayúsculo ya que impidió el descubrimiento  de nuevos yacimientos, principalmente en aguas profundas y, en general, de mejorar los índices de producción.

La falta de competencia, derivada de la actual política energética, no permite a la petrolera elevar su producción, por lo que este año y el próximo seguirá en declive.

Con pocos socios privados y restringida la inversión de este sector, no hay posibilidades del rescate de Pemex.

La venta de bonos para pagar próximos vencimientos de la deuda y su servicio, ha sido con un interés de  10.375 por ciento anual, niveles que ninguna empresa pública o privada del sector paga en estos momentos.

La deuda contratada ha endeudado aún más a las generaciones futuras.

La colocación de 2.000 millones de dólares en bonos de deuda a una tasa de rendimiento de 10.375%, representa el doble de la tasa  que ofrece un bono soberano mexicano y aun con este interés, la demanda no ha sido como se esperaba y lo más grave es que, ante  próximos vencimientos, obligará a colocar más bonos con rendimientos más altos.

El rescate de Pemex que ha hecho el gobierno de AMLO, en cuanto a estabilizar sus finanzas públicas, es un cómo aplicar un analgésico a un enfermo terminal y lo más grave es que se contaminan las arcas nacionales.

No solo las grandes calificadoras están pendientes de lo que ocurra con Pemex y la CFE, sino que las economías más desarrolladas del mundo, las tienen bajo la lupa,  ya que cualquier incumplimiento en las fechas de pago o más aun el colapso en la producción, en un nuevo efecto “Tequila”, comprometerá los frágiles economías mundiales, quienes viven un adverso escenario mundial por la invasión rusa a Ucrania y la inflación.

En cualquiera empresa cuando los pasivos son mayores a los activos circulantes y lo que produce va a la baja y muy pronto los productos que ofrece no los querrán los clientes por obsoletos,  estamos hablando de la quiebra, bueno, pues exactamente es de lo que le está ocurriendo a la otrora poderosa paraestatal.

Somos dueños del petróleo con AMLO y las gasolinas están más caras que nunca.    

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.