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Desde San Lázaro. ASF en punto de quiebre. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

27 Ene 2026
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Desde San Lázaro. ASF en punto de quiebre. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/ASF_Mexico

En política, como en la vida institucional, hay ciclos que se agotan aun cuando sus protagonistas insistan en prolongarlos. Ese parece ser el caso de David Colmenares Páramo al frente de la Auditoría Superior de la Federación (ASF), un cargo al que llegó en 2018 y que hoy pretende conservar ya sea mediante la reelección o a través de la imposición de alguno de sus subalternos. Sin embargo, en el círculo del poder oficialista el mensaje es claro: su tiempo está contado.

En San Lázaro crece la percepción de que la ASF no solo se estancó, sino que perdió capacidad técnica, autoridad moral y eficacia como órgano clave del sistema nacional anticorrupción. La acumulación de expedientes sin resolver, la lentitud en los procedimientos sancionatorios y la ausencia de consecuencias visibles frente a irregularidades detectadas han erosionado la credibilidad de una institución que debería ser pilar del combate a la impunidad.

No se trata únicamente de un desgaste personal. Lo que está en juego es el modelo mismo de fiscalización superior. La insistencia de Colmenares en reelegirse —lo que abriría la puerta a una permanencia de hasta 16 años— ha encendido focos rojos incluso dentro de Morena, donde se advierte que la prolongación de mandatos en órganos autónomos suele derivar en concentración de poder, redes internas de protección y captura institucional

En ese contexto destaca la postura del diputado federal  Alfonso Ramírez Cuéllar, uno de los hombres más cercanos a la presidenta de la República y figura con peso específico en la bancada morenista. Ramírez Cuéllar ha sido enfático: es necesario relevar al auditor, airear el cargo y rediseñar de fondo el funcionamiento de la ASF. No como ajuste cosmético, sino como una reforma estructural que fortalezca los controles anticorrupción y agilice los mecanismos correctivos.

El legislador ha advertido, sin rodeos, que la Auditoría presenta una degradación estructural. A su juicio —compartido por otros diputados— la fiscalización llega tarde, mal y, en muchos casos, nunca llega a sanción. La consecuencia es un mensaje devastador para la rendición de cuentas: auditar sin castigar equivale a normalizar la impunidad.

Por eso no sorprende que en la Cámara de Diputados ya se hable de un relevo inminente. En la tercera semana del febrero, la Comisión de Vigilancia de la ASF lanzará la convocatoria para elegir a quien encabece el órgano fiscalizador, un proceso que deberá concluir a más tardar en marzo. Aunque formalmente Colmenares puede competir, su margen político es cada vez más estrecho.

El desgaste no proviene solo de desde la oposición. Dentro del propio oficialismo se cuestiona la falta de resultados contundentes y la opacidad en decisiones internas, como destituciones sin explicación y reacomodos que han debilitado áreas estratégicas de auditoría forense y de cumplimiento financiero. A ello se suman señalamientos de presuntos desvíos que no han tenido seguimiento eficaz, lo que alimenta la narrativa de una ASF reactiva y complaciente.

En los corrillos legislativos ya circulan nombres de posibles aspirantes, tanto internos como externos, lo que confirma que el relevo dejó de ser una hipótesis para convertirse en escenario probable. Pero más allá de los perfiles, el debate de fondo es otro: ¿seguirá la ASF operando como una oficina que produce informes voluminosos pero inocuos, o se transformará en una institución capaz de incomodar al poder y cerrar el paso a la corrupción?

Claudia Sheinbaum lo sabe: sin una fiscalización fuerte, cualquier discurso anticorrupción queda incompleto. De ahí que el relevo en la Auditoría Superior de la Federación no sea un simple cambio administrativo, sino una decisión política de alto calado.

Desde San Lázaro, la señal es inequívoca. El ciclo de David Colmenares se acerca a su fin. Y con él, la oportunidad —quizá la última en mucho tiempo— de reconstruir una ASF a la altura de las exigencias ciudadanas y del momento histórico que vive el país.

El cedazo está dejando pasar a la siguiente etapa de la cuarta transformación a cercanos de la doctora y por ende, al desplazamiento de perfiles que no le son leales y tampoco eficientes, tal es el caso de Colmenares quien debería entender que los tiempos no le favorecen y por lo tanto, convertirse en un factor de unidad e institucionalidad en el relevo en la dirección general de la ASF.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.